La banquina chica volvió a parecerse, por un rato, a esa postal que los marplatenses creían reservada para otra época. Entre cajones apilados, redes húmedas, voces de muelle y la imagen de turistas y visitantes que le dieron un escenario de gala a la llegada de las tradicionales lanchas amarillas, la escena de descarga quedó rodeada por un detalle inusual, turistas y visitantes se detenían a mirar, a preguntar y a fotografiar, como si el trabajo cotidiano —el de los tripulantes y el personal de muelle— hubiera recuperado de golpe el brillo de los años más intensos de la pesca costera. Ayer, en ese mismo borde histórico donde se forjaron rederos y pescadores legendarios, se descargaron más de 120 cajones de atún barrilete.
no cualquiera logra dominar a uno de los peces más activos, veloces e inteligentes del Atlántico Sur. Se trata de un túnido migratorio (Katsuwonus pelamis), reconocido a nivel internacional como “skipjack tuna”, asociado a aguas tropicales y subtropicales, ecuatorianas principalmente y con presencia vinculada a isotérmicas más cálidas.


El dato no es menor por volumen, pero sobre todo por significado. En Mar del Plata, cuando aparece un recurso “raro” para el patrón habitual de la rada, suele ser la flota más tradicional —las lanchas amarillas y los costeros menores— la que primero lo detecta y lo capitaliza. No por azar, sino por método: su contacto cercano con el caladero, la lectura fina del mar y la flexibilidad para apuntar a especies que, por ventana biológica o por oportunidades del mercado, pueden valer más que lo habitual. En esa lógica se explica que, junto a las capturas clásicas, estas embarcaciones mantengan la atención sobre el bonito, el pez limón y otras especies de paso que, “a primera vista”, parecen ajenas a la rutina del puerto pero terminan ofreciendo sorpresas.
La captura de barrilete refuerza esa idea: La FAO describe a la especie como epipelágica y oceánica, con adultos distribuidos aproximadamente dentro de la isoterma de 15 °C (rango de recurrencia en torno a 14,7–30 °C), un dato clave para comprender por qué su aparición cerca de la costa bonaerense despierta interés.
En esa misma línea, la oceanografía regional viene registrando señales consistentes de calentamiento en el frente costero marplatense, con trabajos del INIDEP que describen incrementos de temperatura y la coexistencia —en los períodos más cálidos— de especies subtropicales y tropicales en el área, un proceso compatible con la llamada “tropicalización” de comunidades de peces. Bajo esa lectura, el barrilete funciona como un indicador biológico, un visitante de aguas más templadas que encuentra condiciones propicias, sea por temperatura, por dinámica de corrientes o por disponibilidad de alimento.
El episodio, además, tiene nombres propios en la banquina. Entre las lanchas que marcaron presencia y capturas, aparece la Siempre Sara Madre, una de las embarcaciones emblemáticas de la rada marplatense. “Tato” Caridi, referente de la pesca costera y voz habitual cuando se busca entender el pulso real del muelle menor; consultado por este medio, un hombre de mar con décadas a bordo sintetizó la rareza sin sobre actuar, “hacía más de 30 años que no veía este pescado por acá. Antes era común alguna albacora —túnido de aleta amarilla—, bonitos que todavía hay pero muy poco frecuente, pero este atún nos llamó la atención. Seguramente con la corriente del norte lo acercó en busca de anchoíta, porque estos se mueven por comida”. El razonamiento encaja con el comportamiento típico de los túnidos, que siguen cardúmenes pelágicos como parte de su cadena trófica y responden con rapidez a cambios de disponibilidad.
La escena del día tuvo, como telón de fondo, esa mezcla particular de esfuerzo y celebración que solo se da cuando el mar devuelve una señal positiva. “Tengo más años en el mar que en tierra. Cuando vi que el mar hervía, enseguida hicimos la cala”, relató el mismo pescador, con la crudeza de oficio que no necesita adornos. Y dejó planteada la pregunta que sobrevuela cada descarga inesperada, el precio. “Veremos qué pasa mañana con el precio; me imagino que alguna conservera y quienes se dedican a este tipo de pescado, casi gourmet —como le llaman ahora—, pueda tener buen precio. Los muchachos a bordo se lo merecen…”.
En lanchas donde el sacrificio se mide en cada movimiento del reducido espacio que cuenta la embarcación y comodidades mínimas, un cajón distinto es, también, una recompensa simbólica.
Este evento, inusual, inédito en los últimos 30 años, deja algo más que cajones en la banquina y miles de fotos capturadas por turistas incrédulos por lo que ven; deja un mensaje vivo. Confirma que la banquina chica e histórica de Mar del Plata, ese COLISEO DE LA PESCA, no es solo un lugar, sino una escuela transmitida en silencio, de generación en generación, donde los viejos pescadores sembraron una forma de mirar el mar que todavía germina. En cada lance certero hay una herencia invisible, el consejo que quedó dicho a medias, con el ejemplo y la mirada de quienes tenían pocas palabras pero mucho por transmitir, la maniobra aprendida a fuerza de temporales, golpes, el respeto por una señal mínima en la superficie, la paciencia de esperar el momento oportuno. No es fortuito, saben como, donde y cuando calar. No está en los manuales ni en la Escuela Nacional de Pesca.
Por eso, aun en pleno siglo XXI, cuando la industrialización y la tecnificación de embarcaciones mayores empujan capturas y buques sofisticados con toneladas de especies a granel, hay una sabiduría que se impone sin alzar la voz, la del que siente el mar como propio. Esa sabiduría no se compra ni se instala con tecnología; se gana con años, con frío, con noches largas y con la humildad de saber que el mar manda también en aquellos seres que la sangre sabe salada. Y cuando la banquina chica habla, cada tanto, vuelve a ser noticia, no es solo por la especie inesperada sino porque respira, late y devuelve —en el rostro de su gente— la emoción intacta de quienes palpan el mar con el corazón y la pasión que llevan en su alma. Ayer, el cielo volvió a festejar, mientras hoy, ya es un nuevo día como tantos otros.






