El calendario impone, cada año, una misma coreografía sobre la flota fresquera argentina. Las fiestas navideñas y el cambio de año funcionan, en la práctica, como un receso operativo: se interrumpe la secuencia de mareas, se acomodan tripulaciones, se completan mantenimientos menores y el sistema se concede una pausa breve. Pero esa pausa tiene una consecuencia mecánica que el sector conoce bien y que, aun así, vuelve a tensionar la logística: entre las últimas horas del 1 de enero y el 12 de enero, la mayoría de los fresqueros vuelve al mar casi al unísono. Y cuando la flota retorna, lo hace del mismo modo: en bloque, concentrando arribos y descargas en una ventana estrecha que pone a prueba la capacidad de absorción de muelles, estiba, plantas, frío, transporte y negociación comercial.
En Mar del Plata, ese “reingreso masivo” se traduce en una escena reconocible: amarras ocupadas, radios con tráfico intenso, turnos encadenados y un muelle que adquiere un pulso febril. La particularidad de este inicio de enero es que, aun con un sobreingreso generalizado y puntual, el puerto logró sostener la operatoria con un nivel de normalidad destacable. La dinámica fue exigente, sí, pero organizada. El sistema respondió como un engranaje que, en momentos críticos, encuentra coordinación entre actores que no siempre comparten intereses, pero que dependen de una misma premisa: que el pescado se mueva, rápido y bien, para que el negocio no se degrade en demoras, merma de calidad o costos improductivos.
En ese marco, entre el viernes pasado y el lunes, una serie de veinte buques de variada escala y segmento completó su primera marea de pesca del año. La mayoría arribó con esfuerzos dirigidos a merluza del stock sur, con operaciones realizadas en dos patrones bien definidos: algunos trabajaron sobre el límite de la ZVPJM hacia el norte, prácticamente al filo del paralelo 42°S; otros buscaron más al este, fuera de la ZVPJM, combinando el intento por merluza con la exploración del calamar, que en esta época tiende a “pedir profundidad” y a desplegarse hacia el noreste.
El dato comercial más elocuente no estuvo en el volumen ofrecido sino en la conducta del mercado frente a ese volumen. La merluza volvió a ocupar el centro de la escena y, con ella, un comportamiento de compradores que llamó la atención por su capacidad de absorción. En apenas tres días operativos —entre viernes y lunes— se descargó un flujo que rondó los 43.500 cajones, y ese volumen fue “limpiado” por la demanda de manera corrida, sin mayores sobresaltos y sin el tipo de congestión comercial que suele aparecer cuando la oferta se acumula.
Conviene precisar el matiz: no se verificó una presión compradora en términos de puja ascendente o urgencia; lo que se observó fue algo distinto y, para el orden del negocio, igual de relevante: una demanda con espalda logística y capacidad de procesamiento que absorbió todo lo ofrecido sin que la negociación se descompusiera. Los plazos y modalidades de cierre, según coinciden operadores del circuito, continúan bajo esquemas semejantes a los de 2025: mercado relativamente saneado, con disciplina selectiva para evitar rechazos, y con el telón de fondo de un mecanismo aún sensible de postergaciones o reprogramaciones de pago, que el sector sigue administrando como parte del “costo financiero” implícito de la cadena.
El segundo eje de esta primera ventana de mareas fue el calamar. En términos de captura, no desplazó a la merluza, pero sí aportó un dato cualitativo: apareció calamar de buen calibre, mayormente bien trabajado a bordo, y con una demanda algo más activa que la esperable para un inicio de temporada que suele ser más errático. La caracterización de “atípica” que circula en muelle no responde a un golpe de volumen, sino a la combinación de tamaño y orientación del esfuerzo, que pareciera haber encontrado temprano un producto comercialmente defendible.
En paralelo, la operatoria portuaria ofreció una señal que no es menor para la competitividad: dos buques poteros que optaron por descargar en Mar del Plata —el Fu Yuan Yu 7666 y el Chokyo Marú 18— no demoraron más de 24 horas en muelle. Ese registro, que en cualquier puerto es una credencial, aquí funcionó como confirmación de una ventaja comparativa: sincronismo operativo, coordinación entre servicios y una cultura de trabajo donde el ingreso, la descarga, el despacho y la zarpada se alinean con una lógica de eficiencia que el sector necesita para sostener rentabilidades cada vez más discutidas.
La expectativa inmediata refuerza esa tendencia. Para las próximas horas se aguarda el ingreso de los poteros Arbumasa XXVII, Taisei Marú y Nanina, que habrían decidido utilizar el puerto marplatense por una combinación pragmática de variables: eficiencia, tiempos y costos más competitivos que los vigentes en algunos puertos patagónicos. En un escenario donde cada hora cuenta y cada costo se acumula, esa elección opera como termómetro: cuando el sistema funciona, el tráfico lo premia.
Así, el arranque de enero deja, al menos, dos conclusiones operativas. La primera: el receso de fin de año, aunque inevitable, seguirá concentrando mareas y retornos en una ventana que exige planificación y elasticidad del puerto, porque el “todos juntos” no es un episodio excepcional sino una regularidad del calendario. La segunda: la merluza reafirma su condición de columna vertebral de la actividad fresquera, y cuando el mercado logra absorber casi 45 mil cajones en tres días sin fricción mayor, lo que se está observando no es solo demanda, sino capacidad de organización de toda la cadena. En esa frontera —donde logística, negociación y calidad se juegan en simultáneo— se define buena parte del año.






