En el puerto de Mar del Plata, las entidades que agrupan a los prestadores de servicios de estibaje y descarga acercaron a esta redacción el anuncio de una actualización tarifaria del 11,5% sobre los valores vigentes. La última modificación había sido aplicada el 1° de agosto de 2025, con vigencia hasta el 31 de diciembre. La comunicación —canalizada a través de cooperativas de trabajo y acercada a cámaras empresarias— abre un nuevo cuadro de discusión, no por el porcentaje en sí, sino por cómo impacta en una operatoria que ya está estructuralmente segmentada por flota, oficios y destino del producto.
Adelantando que efectivamente el costo de vida medido por IPC desde el periodo agosto a la fecha se modificó sustancialmente, principalmente en el rubro de alimentación, vestimenta y servicios, además del impacto en las arcas familiares hacia fines de febrero de la puesta en marcha de un nuevo ciclo escolar.
La actualización presentada por las entidades que nuclean al personal de la descarga introduce escenarios disímiles dentro de un mismo muelle. La actividad pesquera no se rige por una única ecuación, el esquema de costos y rentabilidades se estratifica de manera inevitable según tipo de buque, tiempos de amarre, modalidad de procesamiento y capacidad de capturar especies de mayor valor.
En ese mosaico operativo, un incremento uniforme se vuelve, en los hechos, asimétrico, para algunos segmentos es absorbible y sin preocupación; para otros, es un golpe directo a la rentabilidad.
En el sector congelador merlucero, especialmente cuando cuenta con la disponibilidad del calamar como vector de valor, la recomposición puede acompañarse por el mayor margen económico. Allí, la actualización se integra a un negocio que, con demanda y precios firmes, tiene herramientas para amortiguar el aumento.
El sector potero, donde cada día —incluso cada hora— en muelle tiene un costo de oportunidad cuantificable, un día más o menos puede equivaler a hasta 40 toneladas de captura. En ese contexto, el servicio de descarga y alistamiento funciona como un factor crítico de continuidad operativa.
La evidencia reciente lo ilustró con precisión este fin de semana, el potero Fu Yuan Yu 7666 ingresó, descargó, realizó suministro de combustible y víveres, y volvió a zona de pesca en el mismo día, subrayando una eficiencia laboral que el empresariado puede discutir en términos de costo, pero difícilmente pueda negar en términos de resultado. Ese estándar operativo, además, marca una diferencia comparativa frente a otros puertos del litoral marítimo argentino que, ofreciendo servicios equivalentes, exhiben menor eficiencia y mayores tiempos de permanencia.
El foco más sensible aparece en el sector merlucero fresquero, y con mayor crudeza en el segmento de fresqueros de altura. Allí, los números “cambian de tono”, el peso de cada insumo y cada servicio se vuelve sustantivo, tangible y acumulativo. En este estrato, la rentabilidad no admite licencias, cada erogación se audita en la práctica con la calculadora, porque el incremento de costos rara vez logra trasladarse, con la misma velocidad, al precio de lo capturado que es fijado por el ámbito formador de precios en el circuito internacional.
Por eso, el malestar que asoma en una franja de la flota fresquera de altura marplatense no es retórico es el reflejo de costos que siguen sumándose en un esquema donde la traslación a valores de venta es limitada, tardía.
A esa tensión se suma un elemento estructural, la disgregación de criterios dentro del propio entramado productivo. Cuando el segmento menos ajustado —el que dispone de mayor espalda o mejores condiciones de captura— termina teniendo incidencia directa en ámbitos donde se discuten y firman convenios y condiciones de prestación (CCT y servicios), la fractura se vuelve inevitable.
No se trata de una disputa abstracta entre “a favor” o “en contra”, sino de una diferencia material: hay especies, oficios y modalidades que pueden sostener una recomposición sin comprometer su viabilidad; y hay segmentos que, sin el “rebusque”, hoy del calamar, otras veces del langostino, y con menor capacidad operativa, sienten el impacto como una carga onerosa que empuja la balanza hacia un umbral casi deficitario.
En síntesis, el 11,5% anunciado instala un debate que excede el porcentaje, pone en evidencia que la operatoria portuaria de Mar del Plata funciona sobre un sistema de rentabilidades no homogéneas, donde el mismo aumento puede ser un ajuste administrable y hasta insignificante en las planillas financieras para unos y un factor de estrés crítico para otros.
En ese escenario, la clave no está en negar la recomposición, sino en asumir lo que el muelle ya muestra todos los días: la actividad es eficiente, sí; pero también es heterogénea, y cualquier actualización tarifaria, si pretende ser sostenible, debe reconocer esa realidad con precisión y sin eufemismos.






