Ecuador consolidó en 2025 al camarón como su principal producto de exportación, con ventas externas por US$ 8.400 millones y un crecimiento interanual del 20%. Por primera vez, el crustáceo de cultivo superó al petróleo como motor de divisas, marcando un punto de inflexión en la matriz productiva del país andino.
El desempeño se apoyó en el fuerte posicionamiento internacional del camarón vannamei, producido en sistemas de acuicultura intensiva que permiten grandes volúmenes, estabilidad en la oferta y costos competitivos. China concentró el 48% de las compras, mientras que Estados Unidos absorbió entre el 22% y el 23%, consolidando una estructura comercial diversificada y sostenida donde se destaca también, el resto del sudeste asiático y Europa.
En paralelo, Ecuador cerró 2025 con exportaciones no petroleras por más de US$ 29.400 millones, con una balanza positiva de US$ 5.032 millones, en gran medida explicada por el empuje del sector camaronero.
El crecimiento del vannamei no es un dato aislado para la región. En Argentina, donde el langostino salvaje y natural continúa siendo el principal producto pesquero de exportación —con ingresos por US$ 867 millones en 2025—, la expansión ecuatoriana incide directamente sobre la formación de precios y la dinámica comercial.
A diferencia del modelo argentino, basado en una pesquería extractiva de recurso salvaje con fuerte regulación biológica y destacada administración, Ecuador sostiene una producción acuícola de gran escala, con capacidad de ajustar volúmenes de manera más flexible frente a la demanda global. Esa previsibilidad productiva y el volumen constante generan presión competitiva, especialmente en mercados sensibles al precio como Estados Unidos y ciertos segmentos de la Unión Europea.
El vannamei, de menor tamaño promedio y costo unitario más bajo, compite en góndola con presentaciones de langostino argentino, obligando a este último a diferenciarse por calidad, origen y sostenibilidad. En contextos de retracción de consumo o ajustes en cadenas de distribución, la oferta ecuatoriana suele ganar terreno por precio y continuidad de abastecimiento.

La consolidación del camarón de cultivo como principal exportación ecuatoriana refleja una transformación estructural del mercado mundial de crustáceos. La escala alcanzada por la acuicultura permite sostener crecimiento aun en escenarios internacionales volátiles, algo más complejo para pesquerías sujetas a variaciones biológicas y cuotas de captura.
Para Argentina, el desafío no pasa únicamente por el volumen, sino por la estrategia comercial y el posicionamiento. El langostino salvaje mantiene ventajas comparativas en sabor, textura y percepción de calidad premium, pero enfrenta una competencia cada vez más intensa en segmentos intermedios.
Las proyecciones ecuatorianas anticipan un crecimiento adicional cercano al 5% en 2026 si se mantienen las condiciones de mercado. De concretarse, la expansión del vannamei continuará influyendo sobre los precios internacionales y sobre las estrategias exportadoras de países productores de crustáceos.
En ese contexto, el avance de la acuicultura latinoamericana no solo redefine el comercio global, sino que obliga a la pesca argentina a profundizar su diferenciación y competitividad en un mercado donde el precio y la escala pesan cada vez más.






