Durante años, el océano funcionó para la pesca como un “sistema operativo” relativamente estable: variaba, pero dentro de márgenes que la industria aprendió a leer. Esa estabilidad práctica se está erosionando. No porque el mar esté simplemente más cálido —eso es la línea de base—, sino porque está aumentando la frecuencia de episodios que empujan al ecosistema fuera de su rango habitual: olas de calor marinas más intensas y persistentes, cambios químicos que ocurren en simultáneo, y reordenamientos de productividad que mueven —literalmente— el negocio.
El punto no es solo ecológico. Es económico y logístico. Si el pescado cambia de lugar, la flota cambia de combustible; si el reclutamiento falla, cambia el riesgo financiero; si los picos térmicos se combinan con acidez alta y menos alimento en la base de la red trófica, cambia la resiliencia del sistema completo. Y lo que antes parecía “mala temporada” empieza a parecerse a una nueva normalidad hecha de discontinuidades.
La evidencia más influyente de los últimos años coincide en una idea: los extremos están pesando más que la tendencia lenta. Un trabajo ya clásico de Cheung y colegas demostró que, cuando se incorporan olas de calor marinas (Marine Heatwaves, MHW) a los modelos, el efecto proyectado sobre la biomasa y la biogeografía de stocks puede ser “al menos cuatro veces” más rápido y de mayor magnitud que el impacto estimado solo con el calentamiento medio de escala decádica, y además anticipa una duplicación del nivel de impacto hacia 2050 respecto de evaluaciones centradas únicamente en el cambio de largo plazo. Ese resultado cambió la conversación: el problema ya no es únicamente hacia dónde se corre la curva, sino cuántas veces el sistema se sale de la curva.
La revisión de Capotondi et al. (2024) ordena ese territorio en expansión, repasa avances sobre características, drivers y predictibilidad de MHW, y las coloca como fenómeno con capacidad de reestructurar ecosistemas y economías, planteando un desafío directo a la gestión que sigue pensándose en promedios históricos. Para la pesca salvaje, eso se traduce en una necesidad técnica concreta, monitoreo operativo de extremos, pronósticos y “gatillos” de manejo que activen ajustes cuando la oceanografía cruza umbrales, no cuando la estadística anual ya cerró.
El costado global del problema no se limita a la biología. FAO, en su radiografía más amplia del sector, reportó que la producción mundial de pesca y acuicultura alcanzó un récord en 2022: 223,2 millones de toneladas (185,4 millones de toneladas de animales acuáticos y 37,8 millones de toneladas de algas), 4,4% más que en 2020. Es un número que suele leerse como fortaleza productiva, pero también como exposición, a mayor escala y dependencia, mayor sensibilidad a cambios bruscos en disponibilidad, distribución y costos.
En paralelo, la misma FAO difundió proyecciones del ensamble FishMIP que apuntan a caídas de más del 10% en biomasa explotable hacia mitad de siglo en muchas regiones bajo escenarios de altas emisiones. La combinación de ambas lecturas es incómoda: un sistema que produce mucho puede, al mismo tiempo, volverse menos predecible justo cuando más actores dependen de él.
Si el calentamiento extremo es el golpe, el “golpe compuesto” es el riesgo sistémico. Rodrigues y colegas (2025) pusieron nombre y geografía a un fenómeno que hasta hace poco parecía teórico: eventos triples en el Atlántico ecuatorial y el Atlántico Sur, definidos como la coincidencia de ola de calor marina, alta acidez y baja clorofila (un proxy de menor productividad). Con datos observacionales y reanálisis, muestran que la frecuencia y la intensidad de estos eventos, bajo una línea de base fija, aumentaron de forma marcada en las últimas dos décadas, con picos en los años más recientes. Para la pesca esto importa por mecánica elemental: el calor acelera el estrés fisiológico y modifica distribución; la acidez altera procesos químicos y puede golpear etapas sensibles de la cadena trófica; la baja clorofila sugiere menos “energía” entrando al sistema. No es suma: es sinergia.
La discusión deja de ser abstracta cuando se le pone contabilidad. Yañez-Arenas et al. (2025) hicieron una evaluación empírica global sobre 2.088 pesquerías marinas entre 1985 y 2022, buscando qué pasa en años con alta actividad de MHW. El resultado es difícil de ignorar: cerca del 15% de los casos evaluados mostró declives estadísticamente significativos en producción durante o después de años de MHW intensas; identifican 322 pesquerías con reducciones sustanciales. Además, estiman pérdidas acumuladas desde 1985 superiores a 5,6 millones de toneladas y USD 8 mil millones, con cerca del 40% de esas pérdidas concentradas en 2013–2022 cuando aún no había conciencia asumida de la sociedad. Es decir: los extremos ya tienen firma económica medible, y una parte relevante del daño se aceleró en la última década.
En este contexto, el debate sobre “ganadores y perdedores” no se reduce a un mapa de colores; es una reingeniería espacial de la actividad. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), en su Sexto Informe de Evaluación —la revisión más completa de miles de estudios sobre impactos y adaptación—, los ecosistemas marinos y las pesquerías ya muestran señales consistentes de redistribución de especies y cambios en productividad, con riesgos crecientes para capturas, ingresos y seguridad alimentaria en varias regiones; resume que el movimiento de stocks está desplazando actividades de pesca comercial y artesanal hacia los polos, modificando y diversificando cosechas (harvests) y generando impactos medibles sobre industrias y pérdidas económicas asociadas a cambios impulsados por el clima.
Y aunque los detalles cuantitativos varían según especie y región, el Special Report on the Ocean and Cryosphere (SROCC) es explícito en la dirección del riesgo alimentario: proyecta disminuciones en capturas potenciales en áreas tropicales (alta confianza), con implicancias para la seguridad alimentaria en regiones de baja latitud, especialmente bajo escenarios de altas emisiones. La lectura operativa es clara: donde el sistema ya opera cerca de límites térmicos, hay menos margen para absorber extremos; donde el sistema se vuelve apto por calentamiento moderado, pueden aparecer oportunidades, pero acompañadas por volatilidad y conflictos de gobernanza.
Bajando la escala al Atlántico Sudoccidental, el Mar Argentino ofrece un ejemplo útil de cómo la física del océano se convierte en “infraestructura” para la pesca. Franco et al. (2022) documentan el calentamiento de aguas de plataforma argentina y un desplazamiento hacia el sudoeste del Frente del Talud (Patagonian Shelf Break Front). Los frentes no son detalles de manual: organizan clorofila, agregación de presas y rutas de depredadores; son la geometría que vuelve más o menos probable encontrar biomasa en ciertos corredores. Cuando el frente se corre, se corre el mapa de eficiencias: dónde conviene buscar, cuánto cuesta llegar, qué captura incidental aumenta, qué puerto se vuelve más o menos competitivo.
De ahí que el problema, para la pesca comercial salvaje, no sea solamente “cómo responde un stock”, sino cómo responde un sistema completo de decisiones bajo incertidumbre. Los estudios de referencia coinciden en que la adaptación ya no puede limitarse a ajustar cuotas una vez por año: requiere herramientas para operar con clima y océano como variables activas. El propio IPCC destaca el valor de sistemas de alerta temprana, pronósticos estacionales y manejo climático-adaptativo como parte de un paquete de respuestas que, combinado con mitigación, reduce impactos; y también advierte que eliminar la sobrepesca mejora la capacidad de adaptación futura de las pesquerías.
En términos periodísticos, la historia es que el océano no está “cambiando de humor”; está cambiando de dinámica. Y cuando el nuevo patrón son los shocks —olas de calor, eventos triples, frentes que se desplazan—, la pesca que insiste en operar como si el promedio anual fuera la realidad termina administrando sorpresas. La ciencia ya está cuantificando el costo de esas sorpresas. La pregunta es si la gestión y el negocio van a moverse con la misma velocidad, porque no basta con decir, el clima está raro.
El caladero argentino goza de salud. Un mar inmensamente rico
En un escenario internacional donde los extremos ganan peso y la incertidumbre se vuelve estructural, el caladero argentino aparece como una excepción: conserva un cuadro de salud relativo frente a caídas observadas en otras regiones, y esa diferencia se vuelve cada vez más visible. Las 821.000 toneladas que se descargaron durante el ejercicio 2025, no deja de ser paradigmático. Si bien el recurso esta y estuvo siempre, el futuro se condiciona con su administración.
La explicación no es únicamente biológica. Se apoya en una administración orientada a la sostenibilidad presente y futura, que buscó un equilibrio realista entre sostenibilidad y máxima extracción posible cuando cada especie transita sus ventanas críticas (en particular, fases finales de adultez, donde la presión mal calibrada compromete reclutamiento y reproducción).
Esa administración tiene actores y mecanismos concretos, el Consejo Federal Pesquero (CFP), el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) y el esfuerzo privado para sostener un esquema de reglas que limita volúmenes, define épocas y acota zonas de pesca. Y, sobre todo, incorpora una lógica operativa que se parece a lo que la literatura reclama para el nuevo océano, gatillos de manejo.

Una mar inmensamente rico que todos debemos cuidar. Pesca de cornalito desde la Escollera Norte Mar del Plata AGO25
Muchas veces, en plena operatoria, desde el INIDEP se enciende una “luz amarilla” y, de manera automática, la conducción política asume el costo de actuar, corta capturas para privilegiar la tasa de escape y evitar comprometer el futuro de las especies. Calamar, langostino e incluso abadejo son ejemplos donde ese enfoque preventivo se materializó en decisiones concretas.
Y en este sentido, justamente el lunes pasado, en el marco de su visita maratónica a la ciudad de Mar del Plata —con una agenda comprimida hasta el límite—, y antes de iniciar su derrotero de reuniones en CEPA y en la Asociación de Capitanes, compartimos un desayuno con el actual subsecretario de recursos acuáticos y pesca —y, en su carácter, además, de presidente del Consejo Federal Pesquero— Juan Antonio López Cazorla.
No fue una conversación para la tribuna: fue una de esas instancias distendidas, lejos del libreto, donde la política pública se revela sin el maquillaje de las frases hechas. Y aun allí, su rutina se impuso como telón de fondo: llamadas constantes —todos los días, de 06:30 a 23:00— que atiende a costa de restarle tiempo y dedicación a su familia, mientras sostiene desde hace dos años una gestión tan demandante como ininterrumpida.
Precisamente allí nos dijo que su norte, coincidente con el artículo 1° de la Ley Federal de Pesca 24.922, es sostener una idea tan exigente como pocas: “máximo desarrollo compatible con el aprovechamiento racional de los recursos vivos marinos”. Y la explicó sin rodeos. Su vocación —casi obstinación nos permitimos decir— es generar mayor volumen de capturas y permitir que las empresas funcionen en el marco de la libertad que se impulsa desde diciembre de 20223, sin el pie de un Estado opresor, pero con una condición que, en su relato, no admite matices, » es el máximo rigor sobre la sostenibilidad de cada especie, pero no la pesca olímpica, aclaremos«, sentenció.
Esa convicción, añadió, no se sostiene con consignas sino con información y decisiones a tiempo. Por eso subrayó el trabajo permanente con el INIDEP, que permite consultar en tiempo real el monitoreo continuo de la biomasa del caladero. En una época en que el mar ya no concede el lujo de la demora, su planteo se resumió en una frase que quedó flotando como criterio de época: producir más, sí; pero solo si la ciencia permite hacerlo sin hipotecar el futuro.
En síntesis, el diferencial argentino no radica en estar fuera del problema, sino en tomar decisiones antes de que el cierre estadístico anual “cuente” el daño: una administración pensada para sostener el recurso, aun cuando eso implique pagar costos políticos en el corto plazo para proteger productividad, estabilidad, sostenibilidad y un margen de previsibilidad y sustentabilidad para las empresas del sector orientada en dos claros pilares, la administración de la maxima extraccion posible generadora de divisas y trabajo genuino; pero sin comprometer el futuro del sector en materia de biomasa del caladero argentino. Único en el mundo, que crece desde el 2015, cuando otros han desaparecido.






