Cada 2 de abril, la Argentina detiene su marcha para recordar el inicio de la Guerra de Malvinas y rendir homenaje a quienes defendieron la soberanía en el Atlántico Sur. Aquel día de 1982 marcó el comienzo de un conflicto que dejó 649 combatientes caídos y una herida que aún atraviesa a toda la sociedad, dentro y fuera de las islas.
Pero la guerra no se libró únicamente en los frentes militares. También tuvo un capítulo menos visibilizado, silencioso y profundamente valiente: el de los hombres y mujeres del mar, muchos de ellos trabajadores de la pesca, que sin uniforme ni entrenamiento bélico respondieron cuando la Patria los necesitó.
Semanas después del desembarco en Puerto Argentino, el conflicto escalaba y el Atlántico Sur se convertía en un escenario estratégico. En ese contexto, el Estado convocó al sector pesquero para cumplir tareas muy puntuales de avistaje temprano de unidades militares en el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur.
Buques civiles fueron incorporados para realizar misiones de búsqueda y rescate (SAR), avistamiento de embarcaciones y apoyo logístico. Tripulaciones enteras, acostumbradas a la faena, pasaron a navegar en un contexto de guerra, sin defensa ante posibles ataques y con información limitada sobre lo que ocurría.
Entre las embarcaciones que participaron se recuerdan nombres como Capitán Cánepa, Constanza, Invierno, María Alejandra, Mar Azul, Usurbil, Ceibo y el emblemático Narwal. Detrás de cada uno, historias de compromiso y coraje que todavía resuenan en la gran familia pesquera.
El buque pesquero congelador Narwal se convirtió en uno de los símbolos más fuertes del aporte civil durante la guerra. Mientras realizaba tareas de inteligencia electrónica, visual y de comunicaciones, fue atacado por fuerzas británicas.
En ese episodio perdió la vida el contramaestre Omar Alberto Rupp, cuyo nombre permanece ligado a la memoria colectiva del sector. Cada año, en Mar del Plata, su historia vuelve a contarse en el acto que se realiza en la plaza que lleva el nombre del buque.
El ataque al Narwal expuso con crudeza el riesgo que enfrentaban estas tripulaciones civiles. No eran combatientes en sentido estricto, pero estaban allí, cumpliendo una misión en medio de un conflicto armado, en condiciones de absoluta vulnerabilidad.
La guerra de Malvinas fue una experiencia límite para toda una generación. Militares, conscriptos y también civiles formaron parte de una misma historia atravesada por el sacrificio y la incertidumbre.
En el caso del sector pesquero, la participación no fue marginal. Las empresas y cámaras de la época pusieron sus buques a disposición, y los trabajadores aceptaron embarcarse en misiones para las que no habían sido preparados, impulsados por un sentido de pertenencia y responsabilidad difícil de dimensionar.
Muchos de esos protagonistas no figuran en los registros más conocidos. Sin embargo, su aporte fue real y determinante. Fueron, y son, parte de la memoria viva del mar argentino.
Más allá de las discusiones políticas que rodearon al conflicto, el 2 de abril sigue siendo una fecha de encuentro con la historia. Un momento para recordar a los caídos, acompañar a los veteranos y reconocer a todos los que, desde distintos lugares, formaron parte de aquel episodio.
En ciudades portuarias como Mar del Plata, el vínculo entre Malvinas y el mar es aún más profundo. La pesca, como actividad ligada al Atlántico Sur, también guarda en su historia el eco de aquellos días.
En esa misma línea, la pesca expresa una dimensión que excede su naturaleza estrictamente comercial. Cada buque que navega y opera en el mar argentino constituye también una presencia efectiva en espacios remotos, una observación permanente sobre lo que ocurre en aguas donde la distancia, el clima y la vastedad vuelven más complejo todo control. Allí, en esa rutina silenciosa de trabajo, la actividad pesquera también proyecta soberanía: sostiene presencia, amplía la mirada del país sobre su territorio marítimo y funciona, muchas veces, como una avanzada in situ ante cualquier novedad, movimiento o incidente en los límites más australes y alejados de la República Argentina.
Esa dimensión también quedó expuesta en tiempos de paz. Un ejemplo elocuente se registró en la madrugada del 24 de abril de 2020, cuando los buques pesqueros Beagle I, Don Pedro y Stella Maris I advirtieron a la autoridad marítima, mediante extensos reportes GFH, sobre movimientos irregulares de pesqueros extranjeros en aguas argentinas. A partir de esa alerta, se desplegó una intervención que derivó luego en la captura, infracción y sanción de los buques pesqueros extranjeros Lu Rong Yuan Yu 668, Hong Pu 16 y Calvao, por vulnerar la ZEEA en operaciones de pesca.
Aquel episodio otorgó visibilidad pública a una operatoria que durante años se desarrolló en la penumbra del borde marítimo nacional. En esa secuencia, además, cobró especial relieve el testimonio del capitán del BP Beagle I, Pablo Isasa, quien en contacto con PESCARE en tiempo real, se difundió con precisión la sucesión de hechos que volvió a poner en primer plano el problema de la pesca ilegal en la opinión pública hasta estos días. Quedando expuesto así la importancia de cada buque pesquero en el mar argentino como alerta temprana de forma presencial para contribuir con la defensa de la Nación y sus espacios marítimos.
A más de cuatro décadas, el reclamo por la soberanía de las Islas Malvinas continúa vigente. Y con él, la necesidad de mantener viva la memoria de quienes estuvieron allí.
Porque en 1982, cuando la guerra irrumpió en la vida del país, los hombres de la pesca también respondieron. Sin uniforme, pero con el mismo compromiso. Sin certezas, pero con una convicción que aún hoy emociona.
Honor y memoria para todos ellos.






