El buque oceanográfico RV Falkor Too había vuelto a ocupar el centro de la escena en el Atlántico Sur con una agenda científica inusual por ambición y por método: explorar ambientes profundos del Mar Argentino asociados a filtraciones frías (emanaciones de gases y fluidos, con fuerte presencia de metano) y documentar, con tecnología de alta resolución, los ecosistemas quimiosintéticos que prosperaban donde la luz no alcanzaba.
La travesía quedó enmarcada como un nuevo capítulo tras la campaña Talud Continental IV, cuya divulgación masiva había demostrado que el interés por el mar profundo ya no era un nicho académico. Esta vez, el foco había estado puesto en una pregunta concreta —y estratégica—: cómo se organizaba la vida bentónica abisal alrededor de “parches” activos de gas, en escalas que podían variar desde cientos de metros hasta pocos centímetros.
Un “mapa” del fondo para entender lo que no se veía
La misión científica, identificada como “Vida en los extremos”, reunió un equipo interdisciplinario de alrededor de 25 especialistas argentinos e internacionales, con participación de UBA y CONICET y soporte del Schmidt Ocean Institute. La dirección recayó en la investigadora María Emilia Bravo, y la articulación internacional se había robustecido con perfiles de referencia global en ecología de profundidades, entre ellos la especialista y Doctora Lisa A. Levin, Profesora Distinguida de Oceanografía Biológica y Ecología Marina en el
Instituto Scripps de Oceanografía en los Estados Unidos, con proyección y reconocida fama mundial por su preparación y estudios en la materia.
En términos operativos, la campaña había sido diseñada como una combinación de, mapeo acústico del fondo -batimetría- (para ubicar estructuras, cañones y zonas de emisión); muestreos de agua, sedimentos, rocas y material biológico; análisis orientados a procesos físicos, químicos y biológicos; y un componente transversal de divulgación, transmisiones en vivo y datos abiertos.
El metano y el hidrógeno escapaban por grietas del fondo marino y formaban paisajes efímeros capaces de sostener ecosistemas adaptados a la quimiosíntesis (obtención de energía a partir de reacciones químicas). Sin embargo, sólo una fracción de esos gases alcanzaba la superficie, el metano era consumido con rapidez por microbios y animales, lo que alimentaba comunidades quimiosintéticas de alta singularidad.
María Emilia Bravo quien estaba al frente de un equipo internacional —con participación de universidades y museos argentinos— cuyo objetivo central fue descubrir nuevas filtraciones frías y explorar comunidades bentónicas profundas poco estudiadas frente a la costa argentina. Con un enfoque interdisciplinario, el grupo buscó caracterizar biodiversidad y hábitats, evaluar cómo microbios y animales viven y se reproducen en condiciones extremas, y medir cantidad y tipo de microplásticos presentes en esos ambientes. Los datos obtenidos quedaron planteados como línea de base para la gestión de recursos y pesquerías y para monitorear impactos del cambio climático.
Para una audiencia ligada al comportamiento de los océanos y su biodiversidad, el punto no menor había sido el enfoque “de precisión”. Se buscó detectar microhábitats activos, caracterizar su dinámica y vincularla con biodiversidad, tramas tróficas y vulnerabilidad ambiental.
SuBastian: El ojo y la mano del hombre en el mar profundo
El diferencial tecnológico tuvo nombre propio; el ROV SuBastian, un vehículo operado remotamente capaz de descender hasta 4.500 metros. Con ese sistema, la expedición había podido registrar el lecho marino en alta definición y, sobre todo, tomar muestras con control fino, condición indispensable para estudiar comunidades que se organizaban en mosaicos extremadamente localizados.
En ese marco, una tercera inmersión reportada en un nuevo esquema de transmisión conjunta entre CONICET y el Schmidt Ocean Institute había mostrado un dato de alto impacto divulgativo: a 321 metros de profundidad, frente al sector Viedma–Rawson, el equipo había documentado fondos con abundancia de anémonas, corales y ofiuras en cañones del Mar Patagónico. Más allá del atractivo visual, el registro había funcionado como evidencia de algo operativo: cuando la tecnología “encuentra” el parche correcto (entorno), el ecosistema aparece con densidad y estructura; incluso en imágenes lamentables, también se dio muestra cabal de vestigios del hombre, dónde material plástico y de aluminio, mostraban envases de agua mineral y bebidas carbohidratadas.

De la costa argentina al Uruguay: El mismo buque, otra frontera científica
Del 13 de noviembre al 3 de diciembre, Uruguay quedó constituido como plataforma operativa de una campaña oceanográfica internacional orientada a rastrear, en ambientes del Atlántico Sudoccidental, microorganismos vinculados al origen de la vida compleja.
Un consorcio de investigadores de Europa, Norteamérica, Asia y América Latina desarrolló un programa centrado en las arqueas Asgard —y, en particular, en linajes emparentados con las denominadas Loki—, considerados piezas críticas para comprender el pasaje evolutivo hacia las células eucariotas, base biológica de animales, plantas, hongos y numerosos microorganismos.
La campaña, titulada “Buscando a nuestros ancestros microbianos”, combinó secuenciación genética en tiempo real, documentación visual mediante robot submarino y registros acústicos de alta sensibilidad. El objetivo no se limitó a la curiosidad evolutiva: el diseño integró conocimiento fundamental con insumos aplicables a conservación marina, al aportar indicadores sobre biodiversidad microbiana y estado ambiental.
El Falkor Too retornó así a la región tras una salida previa, ampliamente seguida por el público, aunque con un enfoque distinto: esta vez, el protagonismo científico recayó en microbios invisibles a simple vista, pero dominantes en abundancia y determinantes para la estabilidad del océano.
La dotación científica estuvo compuesta por 26 especialistas de instituciones académicas de primer orden —incluidas universidades estadounidenses y europeas y la Universidad de la República— bajo coordinación de Brett Baker, Alyson Santoro, Valerie De Anda y Cecilia Alonso. Desde Uruguay, Alonso aportó el anclaje local desde la ecología microbiana marina, disciplina que utiliza comunidades microscópicas como sensores biológicos de procesos clave del mar.
El programa se apoyó en un marco simple y contundente: el “árbol de la vida” se organiza en tres dominios —bacterias, arqueas y eucariotas— y la transición hacia la complejidad celular se habría desencadenado por una asociación íntima entre una arquea y una bacteria. Las Asgard, por su parentesco con los eucariotas, se volvieron una vía privilegiada para reconstruir ese episodio fundacional.
En términos operativos, se ejecutaron muestreos de agua, sedimentos y células vivas para realizar análisis genómicos y reconstrucciones de información genética en el momento, con la expectativa de encontrar co-ocurrencia de arqueas y bacterias asociadas, un dato potencialmente decisivo para comprender mecanismos de simbiosis y evolución.

Por qué el punto de partida fue Uruguay. Objetivos
La elección del área uruguaya respondió a evidencia acumulada: el país sostuvo el SAMO (South Atlantic Microbial Observatory), el principal observatorio microbiano marino nacional, localizado en el área marina protegida de Laguna de Rocha. Este dispositivo, iniciado en 2014 y con monitoreo sistemático desde 2018, integró una red regional y ya había detectado señales compatibles con Loki en más de una oportunidad, convirtiendo el corredor costero–talud en un objetivo de alto rendimiento científico.
Además de la búsqueda de Asgard, la campaña amplió su alcance a componentes directamente conectados con gestión y conservación:
- caracterización de la diversidad planctónica (bacterioplancton, fitoplancton y zooplancton), base de la red trófica;
- evaluación del rol microbiano en los ciclos del carbono y del oxígeno, con implicancias climáticas y biogeoquímicas;
- uso de comunidades microbianas como indicadores de calidad ambiental, rastreando contaminantes asociados a actividad humana;
- medición de parámetros físico-químicos de agua y sedimentos para interpretar procesos naturales y presiones antrópicas.
La expedición también contempló el registro de fauna visible y documentación con el ROV SuBastian, mientras que las estaciones de trabajo se definieron para atravesar áreas prioritarias de conservación señaladas por la autoridad ambiental uruguaya, con el propósito explícito de generar evidencia útil para futuras áreas marinas protegidas.
Lo que quedó instalado
La narrativa que había dejado esta plataforma científica llamada Falkor Too no se había apoyado únicamente en imágenes: se había sostenido en un cambio de época. Ciencia con transmisión en vivo, datos abiertos, sensores y robótica de profundidad habían convertido a los fondos del Mar Argentino —durante décadas, “cartografía en blanco”— en un territorio de observación sistemática.
Y para el ecosistema marítimo-productivo (pesca, logística, construcción y servicios navales), el mensaje había sido concreto: conocer el fondo ya no era sólo un acto científico; también era una condición para gestionar mejor un mar cada vez más presionado, donde clima, contaminación y actividad humana empezaban a encontrarse con la última frontera: la profundidad.






