Con la llegada de Semana Santa, el pescado vuelve a ganar protagonismo en la mesa de los argentinos. En Mar del Plata, principal puerto pesquero del país, el aumento de la demanda ya se hace sentir en pescaderías y puntos de venta, aunque este año el escenario aparece atravesado por dos factores decisivos, la fuerte suba de precios en el final de la cadena industrial y los costos de la energía que han distorsionado al punto de la inviabilidad económica de la actividad primaria extractiva.
Como ocurre cada año, la tradición de evitar carnes rojas impulsa el consumo de productos de mar, con un pico marcado en los días previos a hoy, Viernes Santo. En el mercado local, la merluza continúa liderando las preferencias por su precio relativo y versatilidad, acompañada por el filet, el calamar —clave para rabas— y especies como corvina, pescadilla y abadejo.
Sin embargo, desde el sector advierten que el comportamiento del consumidor cambió. La demanda crece, pero con compras más medidas, priorizando opciones más económicas y reduciendo el volumen en especies de mayor valor.
Uno de los puntos que más preocupa en esta Semana Santa es el nivel de precios. Según distintos relevamientos, el pescado acumuló aumentos muy por encima de la inflación en los últimos años, con subas que superan el 700% en tres años, mientras el consumo se mantiene en niveles históricamente bajos.
En el análisis más reciente, el mayor incremento interanual corresponde al calamar, con una suba del 58%, impulsada en gran parte por la fuerte demanda internacional, especialmente desde China y Europa, que presiona los valores en el mercado interno. Le siguen el filet de merluza, con un aumento del 27%, los empanados de pescado con un 15% y productos como el kanikama con subas más moderadas.
Pero el dato más significativo aparece en la cadena de comercialización. De acuerdo con informes sectoriales, el kilo de merluza fresca puede tener un valor algo mas firme en el muelle, subir a unos $8.000 en el circuito mayorista y alcanzar en pescaderías precios promedio de $ 18.000.
Esta diferencia implica que el precio puede multiplicarse hasta ocho veces entre el origen y el consumidor final, con un incremento cercano a 10 veces su valor en muelle, lo que refleja una fuerte distorsión a lo largo de la cadena comercial más que en el valor del recurso en sí, pero aclarando que en El no se encuentran ponderados los descartes (piel, esqueleto, cabeza, cola y visceras).
La presión impositiva a lo largo de toda la cadena, el costo de la energía y la mano de obra, desde el muelle hasta el mostrador, se consolidó como uno de los factores de mayor gravitación sobre la estructura de costos del pescado, agravada además por tasas municipales y tributos provinciales que profundizan el peso fiscal en cada tramo de comercialización. En ese esquema, el precio final al consumidor terminó ordenando en sentido inverso toda la cadena de valor, lo que el mercado interno puede pagar define, hacia atrás, los márgenes de cada actor, y el segmento primario pesquero junto a las plantas de procesado y manufactura son los que absorben con mayor crudeza ese desajuste.
Allí comienza a verificarse la paralización obligada de embarcaciones y la disminución del empleo en plantas procesadoras legales, mientras crecen las que estan al margen de la normativa; empujada por un incremento desproporcionado de los costos operativos que desarticula cualquier ecuación mínima de sostenibilidad. A un lado, un consumo interno retraído, limitado por ingresos que ya no acompañan el valor del pescado en góndola; al otro, una macroeconomía que puede exhibir indicadores de orden, pero que no logra traducirse en capacidad real de compra para amplios sectores de la sociedad.
En ese cruce, el pescado conserva su condición de alimento necesario, pero pierde accesibilidad en la mesa cotidiana. El resultado es una tensión que se descarga sobre ambos extremos del sistema: el consumidor carece de presupuesto suficiente para convalidar el precio, mientras las unidades de menor porte, que abastecen el mercado doméstico, operan bajo un cuadro de quebranto operativo. Entre ambos polos, la cadena de valor arrastra desde hace años un deterioro estructural que hoy alcanza un punto de extrema fragilidad.
Si bien Semana Santa genera un repunte estacional, muy puntual en la actividad comercial, desde el sector pesquero coinciden en que este aumento no alcanza para revertir la baja estructural en el consumo de pescado en Argentina.
La restricción del poder adquisitivo terminó por fijar un límite en el mercado interno, el consumidor ya no convalida un precio capaz de sostener niveles razonables de rentabilidad a lo largo de toda la cadena. En esa compresión, el impacto más severo recae sobre la empresa pesquera de menor escala y sobre la flota fresquera, que comenzó a frenar la zarpada de buques ante una ecuación operativa cada vez más inviable.
Consultado un armador, capitán e histórico pescador de la banquina chica, la respuesta llegó con la crudeza de quien ya no encuentra margen para disimular el desgaste; “Así como está esto, nos fundimos todos; peor de lo que ya veníamos. Con lo que traigo en bodega apenas alcanzo a cubrir el gasoil. ¿A dónde fuimos a parar?. Que nos digan, de una vez, hacia dónde nos quieren empujar, porque de este modo no se puede vivir. Somos siete hombres a bordo, algunos con mas de 16 años acá mismo. Trabajamos como lo hicimos toda la vida, hace cuarenta años. Llegamos a viejos con la cintura y la columna destruidas. ¿Ese esfuerzo no vale nada? ¿Para qué trabajamos, entonces, si ya ni siquiera alcanza para llevar algo a casa y sostener a la familia? Después de cuarenta años en el agua, ¿qué esperan que haga? ¿Que me quede sentado, esperando que el Padre Eterno se apiade de mí?”.
La frase cayó seca, dura y terminal, siquiera hubo mas preguntas; con ese tono sin rodeos que en el muelle se reconoce enseguida, la voz de un viejo lobo de mar al límite, atravesado por la fatiga, la impotencia y la certeza de que el oficio al que le entregó la vida ya no le devuelve ni sustento ni horizonte ni esperanza. Su destino es incierto.
Hacia adelante, el desafío excede la coyuntura inmediata; ya es en vano instalar una discusión de fondo para mejorar la accesibilidad del pescado y consolidar un consumo más estable durante todo el año; hoy la distorsión de costos es tan alta y grave, que el primer eslabón, el de la captura; y el segundo, el de la industria del procesado, están al borde de la parálisis o de la quiebra.
Mientras tanto, el consumidor, no le alcanza a pagar un precio que pueda hacer viable, sustentable la ecuación, con lo cual esta Semana Santa, puede ser el límite de la zarpada para varios eslabones de la industria pesquera, y no solamente de barcos. Sin rentabilidad, cualquier actividad tiene sentencia final.





