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    Petróleo & Gas

    YPF proyecta incorporar un buque plataforma: el plan del GNL que muda el mapa energético argentino

    AntonellaPor Antonella16 de febrero de 20269 Minutos
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    Un buque planta flotante, contratos de largo plazo y un avance decisivo en 2026: la estrategia es transformar gas en dólares, con el Golfo San Matías y la provincia de Rio Negro, como nueva frontera industrial. Un buque de 400 metros de eslora y 80 de manga.
    Imagen de portada Plataforma Prelude-Shell
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    El anuncio que más ruido hizo —“el buque más grande del mundo”— funciona como una imagen poderosa, pero también como una síntesis de la magnitud de la apuesta, convertir una porción de la costa atlántica rionegrina en un polo exportador de gas natural licuado.

    Según la descripción pública que circula en torno al proyecto, se trata de una unidad de escala excepcional —en algunas referencias, del orden de los 400 metros de eslora y 80 de manga, presentada como el mayor buque industrial que operaría en aguas argentinas— pensada para operar como fábrica flotante (sin propulsión), más que como nave tradicional autónoma.

    En ese encuadre, Horacio Daniel Marín, presidente y CEO de YPF, colocó el eje donde importa; según declaraciones, “ no es un metanero, es licuefacción en el mar, un buque muy grande que se incorporará como nexo entre el gas argentino y el mundo ”. La tecnología que está detrás del impacto comunicacional se conoce como FLNG (Floating Liquefied Natural Gas), es una unidad flotante que recibe gas ya tratado, lo enfrían hasta licuarlo (-160°C) y lo cargan para exportarlo por barco con una reducción de 600 veces su volumen gaseoso. ¿Realidad o expresión de deseos?.

    La costa deja de ser solo un punto de embarque y pasa a ser parte de un eslabón más de una cadena industrial integrada que une yacimiento, transporte, tratamiento, licuefacción y logística marítima con destino mundial.

    El dato central, además, es geográfico y político, esa infraestructura se proyecta sobre el Golfo San Matías, en la provincia de Río Negro. No es un detalle menor, supone mover hacia el Atlántico un negocio históricamente atado a la disponibilidad de puertos, permisos, servicios, obras e infraestructura en tierra y reglas de juego estables. Parte de esa estabilización se busca anclar en acuerdos provinciales y en el andamiaje nacional de incentivos a grandes inversiones.

    El giro estratégico que se comunicó en estas horas es la formalización del marco con socios internacionales. Marín explicó que la petrolera firmó, junto con Eni y XRG, un “Acuerdo de Desarrollo Conjunto” (JDA) para avanzar con Argentina LNG. Ese instrumento ordena la hoja de ruta técnica y financiera, habilita el pasaje a ingeniería y estructura el frente comercial, la conversación con potenciales compradores (offtakers) y la arquitectura de financiamiento. En otras palabras, es el puente entre el power point y la obra.

    En términos de capacidad, el consorcio presentó un objetivo claro para esta etapa, dos unidades FLNG de 6 millones de toneladas por año (6 MTPA) cada una, para llegar a 12 MTPA hacia 2030, con horizonte de expansión a 18 MTPA. Ese número explica por qué el discurso insiste en “posición global”, no se trata de exportar “remanentes” de GNL, sino de entrar en la liga de proveedores relevantes y de peso a nivel mundial, con volumen suficiente como para firmar contratos largos y atraer deuda de proyecto.

    El corazón económico del plan es simple y, por eso mismo, difícil, monetizar Vaca Muerta. La formación no convencional puede producir gas a gran escala, pero el verdadero salto de valor aparece cuando ese gas se transforma en un commodity global que se vende por mar, a distintos mercados, con contratos multianuales. Allí, el “gigante anclado” deja de ser una postal y se convierte en una pieza de estrategia nacional, una máquina de intermediación y procesado. Una máquina de exportación.

    Por eso el cronograma es tan determinante como la ingeniería. Marín remarcó el objetivo de alcanzar la Decisión Final de Inversión (FID) en la segunda mitad de este 2026. En proyectos de esta magnitud, el FID es el punto de no retorno, fija compromisos con proveedores, habilita el cierre financiero y consolida los contratos que sostienen la repago de la inversión. Sin FID, todo es expectativa; con FID, empieza la economía real del proyecto.

    La magnitud de la apuesta se expresa en el orden de las cifras que se repiten como marco, inversiones cercanas a US$ 30.000 millones para el desarrollo integral, con estimaciones complementarias que ubican parte de la infraestructura en una banda similar. Y el retorno que se busca instalar en el debate público es macroeconómico, de acuerdo con proyecciones difundidas en la cobertura del programa, la exportación de GNL podría sumar del orden de US$ 15.000 a 20.000 millones anuales desde el inicio de la próxima década, en un país donde la restricción externa es, históricamente, un límite estructural.

    Ahora bien: ¿qué significa “incorporar el buque más grande del mundo” en clave argentina, más allá del título? Significa, primero, externalizar una parte crítica de la infraestructura industrial, en lugar de construir una mega planta onshore desde cero, se apalanca la modalidad flotante para ganar velocidad relativa y modularidad. Significa, segundo, redefinir el eje logístico, el gas debe viajar desde Neuquén hasta la costa, y luego integrarse con operaciones portuarias y marítimas de precisión. Y significa, tercero, cambiar el lenguaje del riesgo, lo que antes era “gas para consumo interno y picos estacionales” se vuelve “gas para contratos internacionales”, donde la confiabilidad operativa y la estabilidad regulatoria pasan a ser condiciones de precio. Y por ultimo, con esta mega industria flotante, se evita el ingreso a puerto de buques con calado restringido a los 50 pies para arriba, lo que con el régimen de mareas y el tipo de costa sería ilógico pensar y desarrollar en esa posibilidad.

    En ese punto aparece la aclaración técnica que conviene no perder la frase “más grande del mundo” mencionada por el presidente de YPF, suele operar como retórica de impacto. Lo verificable —y lo que miran compradores, bancos y aseguradoras— es la capacidad instalada (MTPA), el número de unidades, el cronograma de ingeniería (FEED), la estructura contractual y la señal política del FID. El tamaño, aun cuando impresione, importa como consecuencia de esa escala, no como fin en sí mismo.

    Unidad industrial comparativa el FNLG Prelude de Shell

    En el vocabulario de la energía global, Prelude no es un “barco” en el sentido tradicional. Es la materialización más acabada de un concepto: una unidad FLNG (Floating Liquefied Natural Gas), es decir, una planta de GNL en el mar que concentra en una sola plataforma flotante el circuito completo de valor—producción, tratamiento, licuefacción, almacenamiento y carga—para transformar gas offshore en exportaciones. Ese es, precisamente, el corazón estratégico del FLNG: llevar la industria al yacimiento, evitando (o reduciendo) la dependencia de mega-obras costeras, ductos extensos y plantas onshore que requieren años de permisos, ingeniería civil y conflictividad territorial.

    Desde el punto de vista físico, Prelude se construyó para operar en un umbral de escala que excede lo habitual incluso en la ingeniería naval de hidrocarburos. Sus dimensiones reportadas por la propia compañía son 488 metros de eslora y 74 metros de manga, lo que explica por qué se la cita de manera recurrente como una de las mayores estructuras flotantes de su tipo. Esa escala está asociada a la capacidad de alojar módulos de proceso criogénico, servicios industriales, almacenamiento a bordo y logística de carga, todo dentro de una arquitectura diseñada para operar en condiciones offshore sostenidas. En operación, el diseño contempla una dotación permanente de personal—en rangos mencionados públicamente—del orden de 120 a 140 personas, reflejo del carácter industrial y continuo de la instalación.

    La dimensión económica aparece en la capacidad de producción: el diseño de Prelude apunta a generar, por año, aproximadamente 3,6 millones de toneladas de LNG (GNL), además de 1,3 millones de toneladas de condensados y 0,4 millones de toneladas de LPG (GLP) para exportación. La lectura correcta de estas cifras es sistémica: Prelude no está pensada solo para “hacer GNL”, sino para capturar el valor integral del yacimiento mediante un mix de productos que maximiza retorno y flexibilidad comercial. En términos de mercado, esa combinación permite diversificar ingresos y atender distintos destinos y ventanas de demanda, con contratos y cargamentos que responden a necesidades diferentes.

    En cuanto a su localización operativa, Prelude opera en la cuenca Browse (Browse Basin), mar adentro del noroeste de Australia, en el entorno del campo Prelude, aproximadamente 475 kilómetros al norte-noreste de Broome, en Western Australia. El dato geográfico es clave porque explica, por sí solo, la racionalidad FLNG: en áreas remotas, con grandes distancias a costa y complejidad ambiental, la idea de “instalar la planta en el mar” puede volverse más competitiva que reproducir el modelo clásico de infraestructura terrestre.

    Esa condición de “plataforma fija” en el mar se sostiene con ingeniería específica. Prelude no funciona como un buque que entra y sale: queda amarrada mediante un sistema turret mooring (torreta de amarre) que le permite girar y orientarse con viento y oleaje (weathervaning) mientras permanece anclada al fondo marino. Esta capacidad no es un detalle técnico menor; es uno de los atributos que habilitan operación continua con seguridad, reduciendo tensiones estructurales y optimizando el comportamiento frente a condiciones ambientales cambiantes. El desarrollo de la torreta y el sistema de amarre fue atribuido públicamente a SBM Offshore, una referencia en infraestructura offshore de alta complejidad.

    A nivel societario, Prelude es un esquema de joint venture, además de Shell como operador, participan INPEX, KOGAS y CPC Corporation, Taiwan (en documentación regulatoria también aparece la sigla OPIC asociada a ese interés).

    La cronología, finalmente, permite medir el paso del concepto a la realidad. INPEX detalla que la Decisión Final de Inversión (FID) se tomó en mayo de 2011; que la producción comenzó en diciembre de 2018; y que las primeras exportaciones incluyeron condensado en marzo de 2019 y el primer cargamento de LNG en junio de 2019. Esa secuencia confirma una regla dura del GNL: incluso con capacidad técnica y sponsors globales, la transición desde FID a exportación efectiva exige años, disciplina contractual y ejecución sin fisuras.

    En síntesis, Prelude es el ejemplo más claro de cómo el FLNG transforma un límite geográfico en ventaja industrial. Es un modelo operativo que convirtió mar abierto en planta exportadora, y que por eso hoy se invoca cada vez que un país pretende acelerar su ingreso a la liga del GNL sin depender por completo de la infraestructura onshore. La enseñanza central es que, en el mundo FLNG, la verdadera “grandeza” no se mide por el impacto del adjetivo, sino por la combinación verificable de capacidad, continuidad operativa, ingeniería de amarre, estructura societaria y cierre financiero que permita pasar del anuncio al primer cargamento.

    La estrategia, en síntesis, tiene un hilo conductor claro, transformar recursos en exportaciones sostenidas, construir un esquema sustentable con socios y contratos, y usar el Atlántico como plataforma para que la Argentina juegue un rol más grande en el mercado global de GNL. El “gigante” del Golfo San Matías es, al final, el emblema físico de esa ambición, una industria flotante que busca convertir gas en divisas, previsibilidad y peso geopolítico en la agenda energética.

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