La investigación fue publicada en la revista científica Marine and Fishery Sciences, editada por el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP), y fue elaborada por Otto Wöhler, Patricia Martínez, Gonzalo Troccoli, Germán Lukaszewicz y Emiliano Di Marco.
La pesquería de merluza negra (Dissostichus eleginoides) en el Atlántico Sudoccidental comenzó a desarrollarse a mediados de la década de 1980 y rápidamente se convirtió en una actividad de alto valor económico dentro de las pesquerías australes. Sin embargo, hacia fines de los años noventa comenzó a detectarse una situación preocupante: una proporción muy elevada de las capturas estaba compuesta por ejemplares juveniles.
En algunos casos, especialmente en la flota de arrastre, cerca del 90 % de los individuos capturados correspondía a peces inmaduros, es decir, ejemplares que todavía no habían alcanzado la talla de madurez reproductiva.
Dado que la merluza negra es una especie de crecimiento lento y maduración tardía, esta situación representaba un riesgo directo para la sostenibilidad del recurso y para la estabilidad futura de la pesquería.
El trabajo científico explica que la solución al problema surgió a partir de comprender una característica biológica fundamental de la especie: su distribución por profundidad.
Los ejemplares juveniles se concentran principalmente en aguas relativamente más someras, generalmente entre 600 y 800 metros, mientras que los individuos adultos habitan zonas mucho más profundas, que pueden superar los 2.500 metros.
A partir de este conocimiento, las autoridades pesqueras argentinas adoptaron una medida de manejo que resultó decisiva: establecer profundidades mínimas para la pesca dirigida a la especie. De esta manera se limitó el acceso de la flota a las áreas donde predominaban los juveniles y se orientó el esfuerzo pesquero hacia la fracción adulta del stock.
Según el estudio, esta estrategia resultó particularmente efectiva porque no implicaba modificaciones costosas en las artes de pesca ni cambios operativos significativos para la flota, lo que facilitó su adopción y su control.
La regulación de la profundidad de pesca fue acompañada por otras medidas de ordenamiento que reforzaron la protección de los ejemplares juveniles. Entre ellas se incluyeron límites para la proporción de juveniles permitida en las capturas, la definición de tallas mínimas asociadas a la madurez sexual y la creación de un área específica de protección para juveniles en zonas donde la especie presenta altas concentraciones.

Además, se establecieron mecanismos de control de desembarques y espacios de trabajo conjunto entre científicos, autoridades y representantes del sector pesquero para monitorear la evolución de la pesquería.
Este enfoque permitió desarrollar un sistema de manejo basado en evidencia científica y en la cooperación entre los distintos actores vinculados a la actividad.
Los efectos de estas medidas comenzaron a observarse en pocos años. La proporción de ejemplares juveniles en las capturas disminuyó de manera progresiva y se estabilizó en niveles considerablemente más bajos que los registrados a comienzos de los años 2000.
De acuerdo con el análisis presentado en el trabajo, durante los últimos quince años la fracción de juveniles en las capturas de la flota argentina se mantuvo en promedio en torno al 12,2 % anual, muy por debajo de los valores observados en otras pesquerías de la especie.
El estudio también compara la situación del Mar Argentino con otras pesquerías en distintas regiones del mundo. En varios casos, incluyendo áreas administradas por la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCAMLR), la proporción de juveniles en las capturas puede ubicarse entre 30 % y 50 % del total anual.

En ese contexto, los autores destacan que el modelo argentino constituye uno de los ejemplos más claros de cómo la combinación de conocimiento científico, regulación pesquera y cooperación institucional puede contribuir a mejorar la sostenibilidad de una pesquería de alto valor comercial; un atributo más del caladero argentino, la administración y el esfuerzo privado por lograr un tridente con beneficios directos a la sostenibilidad de la especie, que en definitiva se traduce con la sustentabilidad de las empresas involucradas en la captura de este producto de altísimo valor comercial.
La experiencia demuestra que proteger a los ejemplares juveniles no solo permite preservar la capacidad reproductiva del stock, sino también mejorar el rendimiento económico de la pesquería al favorecer la captura de individuos de mayor tamaño y valor.






