Con una contundencia pocas veces vista en la historia reciente del sector, la totalidad de las empresas que conforman la flota congeladora tangonera argentina y mixta resolvió, por consenso unánime y sin fisuras, mantener amarrados sus buques hasta tanto el Sindicato de Obreros Marítimos Unidos (SOMU) acepte una reducción del 30% en los valores de referencia que determinan los salarios de producción.
La decisión, adoptada este miércoles en el marco de la Seafood Expo Global Barcelona 2025, durante una reunión cumbre que congregó a 38 representantes de empresas del sector, marca un hecho histórico en la búsqueda de condiciones que permitan restablecer la rentabilidad de la actividad. Por primera vez en años, desde armadores particulares hasta conglomerados pesqueros, acordaron unánimemente que no están dadas las condiciones económicas para iniciar la zafra de langostino natural y salvaje en aguas nacionales, al menos el segmento que representan; el congelador.



Sitio de la reunión Barcelona 2025 mientras se elaboran estrategias sobre el futuro de la pesca argentina
Un mensaje claro: sin reducción, no hay temporada
La premisa es tan clara como firme: sin rebaja salarial, no hay pesca. El sector empresarial ratificó su postura, previamente consensuada, de no zarpar mientras persista el esquema actual de costos, que arroja márgenes operativos negativos. Se reiteró que los costos laborales representan hasta el 60% del total productivo por embarcación y marea, lo que torna inviable la operatoria bajo los convenios actuales, cuyas bases de cálculo datan de hace más de dos décadas.
En este contexto, las empresas han decidido no participar de una eventual prospección de langostino en aguas nacionales dentro de la Zona de Veda Permanente de Juveniles de Merluza (ZVPJM), medida que dejaría a la autoridad de aplicación sin el soporte técnico indispensable para considerar la apertura de la pesquería, salvo, como en el año 20202, las prospecciones las hagan los buques fresqueros (que también han manifestado su «no participación» en la pesquería). De hecho, la pesca ya se encuentra habilitada desde el 17 de marzo aguas afuera de la ZVPJM, pero más de un centenar de buques permanecen sin alistar.
La actividad paralizada: ¿una temporada perdida?
Con mayo prácticamente descartado, la posibilidad de una temporada en junio, julio, o incluso de una zafra completa en 2025, pende ahora de una sola decisión: la del SOMU, daría la impresión. Las tripulaciones se encuentran inactivas desde el 19 de septiembre de 2024, fecha en la que se cerró la última temporada de pesca de langostino en aguas nacionales. Si no se alcanza un acuerdo en el corto plazo, seguirán amarradas en el muelle con el deterioro que eso implica.
Lo que dejó la «Reunión de Barcelona» es tan alarmante como ilustrativo: es menos oneroso mantener los barcos amarrados, que sacarlos a pescar. La rentabilidad de la flota congeladora está agotada, y el sistema vigente, de no modificarse, amenaza con condenar a la parálisis definitiva a una de las ramas más dinámicas de la industria pesquera argentina que otrora aportó la mitad de los volúmenes de exportaciones.
La propuesta de reducción sobre los valores de producción será presentada en los próximos días ante el Ministerio de Trabajo. Será el punto de partida para abrir una mesa formal de discusión que permita renegociar los términos del Convenio Colectivo de Trabajo. La unidad alcanzada por las empresas otorga a esta solicitud una legitimidad inusitada, consolidando una voz única frente a gremios y autoridades.
En juego: más que una temporada
La paralización del sector langostinero en Argentina no puede atribuirse únicamente a un conflicto sindical o a la coyuntura económica. Detrás de la inactividad de más de un centenar de buques se encuentra una cadena de errores estratégicos, desarticulación estructural y una alarmante falta de visión del negocio por parte de los principales actores de la industria, además de una pésima anticipación de un escenario que, desde el impulso de la Ley de Bases y el DNU 70/2023 a fines de diciembre de 2023, se sabia cual era el escenario frente al sector.
Rígidas estructuras de empresas que en momentos inflacionarios han crecido al estrellado haciendo creer que eran los Lee Iacocca del sumun empresario, no han sabido dar paso a una nueva generación de liderazgo que profesionalice la actividad, CEOs desconectados del negocio real que, -no es el precio ni el valor de la especie- sino la negociación con el Estado nacional y algunos ministros, para persuadir que la pesca se trata de un negocio, una marca mundial lograda con años de trayectoria, incluso para el Estado, y una red de intermediarios sin rumbo; han transformado a una de las principales actividades exportadoras del país en un organismo desorientado, sin rumbo.
Lo que hoy paraliza al langostino argentino no es una huelga ni un lock out, ni un contexto económico general desfavorable. Es, en esencia, una cadena de errores, desidia y falta de visión de empresas, actuales CEOs sin calle ni muelle, y una capa de intermediarios más ocupados en sobrevivir política y económicamente que en construir futuro comercial, han dejado al sector funcionando como un tábano sin cabeza: desorientado, errático y a punto de desplomarse.
La ausencia de conducción estratégica ha llevado al sector a un punto de inflexión. Lo que alguna vez fue una industria modelo con fuerte presencia internacional y potencial de crecimiento sostenido, hoy se ve arrastrada por decisiones cortoplacistas, improvisaciones comerciales y negociaciones laborales descoordinadas. La falta de una narrativa clara y una postura coherente ante el Estado y los sindicatos, ha generado un entorno de desconfianza, parálisis y falta de credibilidad, justo en el momento en que el mercado global demanda estabilidad y profesionalismo.
Uno de los síntomas más elocuentes de este deterioro es la contradicción entre lo que algunos representantes empresariales declaran públicamente y lo que efectivamente ofrecen en las actas firmadas ante la Secretaría de Trabajo. Mientras se insiste en los discursos sobre la necesidad de revisar el Convenio Colectivo de Trabajo, en los documentos oficiales se propone una recomposición salarial mensual del 1%, sin definir si es sobre los básicos o sobre el total del convenio. Esta ambigüedad, lejos de acercar posiciones, agrava las tensiones y debilita la credibilidad de los interlocutores empresariales. Parece que cuando el Estado cerró puertas por la baja de DEX y DUE, ahora la carga se la transfiere al personal embarcado. El problema de fondo es otro. Con los valores actuales que tomó el mercado mundial en demanda y precios, y las variables económicas argentinas, el negocio es inviable. Es como pretender lograr rentabilidad garantizando el precio del combustible a cero. Algo utópico, sin sentido, desgastante pero sobre todo perdiendo el unico bien que no es recuperable, el tiempo.
La falta de soluciones concretas impacta de lleno en la sustentabilidad de la actividad. Diversas cámaras del sector, como CAPECA y CAPIP, han expuesto con números precisos que, en las condiciones actuales, salir a pescar implica asumir pérdidas operativas insostenibles. Y si bien la decisión formal de salir o no salir está hoy en manos del SOMU, muchos trabajadores ya han expresado su disposición a comenzar la temporada, conscientes de que la inacción prolongada puede dejar a muchas empresas fuera del negocio en menos de un año.
La gravedad del momento no se limita al plano económico. Lo que está en juego es el posicionamiento internacional de un producto que tardó décadas en ganarse un lugar destacado en los mercados más exigentes del mundo. La marca “langostino salvaje argentino” o la de cada empresa representa mucho más que una etiqueta: es sinónimo de calidad, pesca responsable, trazabilidad, origen y pertenencia que hoy se tira pro el trancanil. Esa reputación, construida con esfuerzo sostenido, se ve amenazada por una conducción sectorial incapaz de resguardar lo más valioso: la confianza de los clientes internacionales a través de una verdadera negociación con las autoridades que tienen un sesgado conocimiento de la actividad. En la agresión mutua, no se logran cambios y parece que el sector busca transferir un problema cuya solución no esta afuera, sino adentro.
Mientras tanto, países como Ecuador capitalizan cada oportunidad. En ferias internacionales como la Seafood Expo Global Barcelona 2025 el langostino Vannamei se presenta con estándares impecables: stands modernos, brokers activos, acuerdos cerrados en tiempo real y un mensaje claro de competitividad y apertura. Argentina, en cambio, se autoexcluye del mapa, resignando mercados que luego serán casi imposibles de recuperar, encerrados -tipo cónclave- en una sala para no terminar definiendo nada. Las soluciones no aparecen, el tiempo pasa y el mercado en contra de la idea de no pescar en el norte, el langostino siquiera vario un centavo su precio o la condicion de demanda. Moraleja, el mundo puede vivir sin el langostino salvaje y natural, mientras todo el complejo pesquero y manufacturero de la especie; no.
El sector dispone de una ventaja biológica indiscutible: un caladero sano, estable y con capacidad para abastecer una demanda global creciente que hoy no esta ni espera. Sin embargo, esa fortaleza natural resulta inútil si el recurso no se extrae, no se procesa y no se comercializa. Cada semana de inacción representa una oportunidad perdida. Y cada mercado que no se atiende hoy, será ocupado por otro proveedor mañana.
La falta de dirección es alarmante. La actividad parece conducirse por inercia, sin plan comercial, sin vocación política, con la sola unidad de no hacer nada, sin autocrítica y sin liderazgo efectivo. No se sabe qué hacer. Las decisiones empresariales, en muchos casos, siguen guiadas por viejos esquemas que ya no responden a la lógica de la economía global. El sector necesita una refundación urgente de su gobernanza interna: con nuevas generaciones empresarias, profesionalismo en las mesas de negociación, y un enfoque estratégico que privilegie la sustentabilidad económica y comercial por sobre las tensiones internas.
Argentina está a punto de perder una de sus mayores ventajas competitivas en el comercio de alimentos. Si el mercado internacional del langostino se pierde, será por responsabilidad directa de quienes, teniendo el producto, los medios y la oportunidad, decidieron transferir el problema, en cambio de solucionarlo. A veces, la figura del piquete termina siendo la más efectiva, se terminaron los tiempos de las política correcta. El campo logró destronar la 125 cuando se movilizó sin partidismo en sus filas. Hoy el campo tiene representación parlamentaria. La tibieza jamás condujo a buen puerto en ultima instancia.
El mundo no espera. Y el precio de la inacción será mucho más alto que cualquier ajuste salarial o renegociación contractual. Será, en los hechos, el retroceso de una actividad que debería ser insignia nacional, y que hoy se diluye por la torpeza de sus propios dirigentes.
Una nueva etapa es posible. Pero requiere madurez, honestidad y la firme decisión y convicción de volver a las fuentes, donde la historia y el trabajo vaya por encima de ciertas incongruencias entre lo que se dice y lo que formalmente se propone en el escenario adecuado. Sin eso, lo único que zarpará serán las buenas intenciones mientras el destino es más cercano a las piedras que a mares calmos y navegables. El tiempo dirá.






