Durante catorce días amarrada en la Base Naval Mar del Plata, la fragata ARA “Libertad” volvió a cumplir su rol más profundo, ser puente entre la Armada y la sociedad, una hermandad que se extiende entre el mar y el continente en una misma sensación de la Argentina grande y soñada, en una ciudad que respira Atlántico y donde la tradición marinera es identidad.
Con un Noreste firme —por momentos sostenido en 22 nudos— y ya sin práctico a bordo, la fragata, ganada la rada exterior norte, abrió su velamen y, en gesto de despedida, navegó hasta Punta Piedras (Waikiki). Allí, tras una virada por avante y a babor, tomó definitivamente el rumbo hacia el puerto de Buenos Aires, no sin antes regalar —ya entrada la noche marplatense— una imagen de rara belleza, las luces tendidas a lo largo de la jarcia, como un hilo luminoso sobre el mar oscuro, convirtieron la partida en una postal de memoria, júbilo y emociones contrapuestas. Porque la “Libertad” no es solo una nave escuela, es un navío íntimo, entrañable, sorprendentemente cercano al corazón de todos los argentinos.
La despedida rumbo a Puerto de Buenos Aires cerró una estadía intensa, con casi 50.000 visitantes y una escena que, en pleno verano, volvió a ordenar el paisaje; filas largas, familias enteras, curiosidad genuina, emoción contenida y el sonido persistente de un buque escuela que no “pasa”, sino que deja huella en cada puerto de su derrotero.
La zarpada, seguida desde la costa y desde la propia base, fue acompañada por el Área Naval Atlántica a través de su jefe y titular de la Base Naval Mar del Plata, el Contralmirante Fernando Enrique Pérez Kühn, junto a su plana mayor. No fue un mero protocolo, en el marco del centenario de la base, el movimiento del buque —lento, firme, implacable— funcionó como síntesis de época. Una unidad emblemática que sale del muelle reordena símbolos, trayectoria e historia naval en su derrotero.
El comandante del buque escuela, CN Jorge Gabriel Cáceres, trazó el balance con una frase breve y contundente: “un éxito”. Detrás de esas dos palabras se apilan capas de sentido; apertura institucional, vínculo con la comunidad, orgullo federal y una dimensión que a veces queda fuera del radar cotidiano, la “Libertad” es, en cada recalada, una embajadora itinerante que hace visible algo difícil de explicar en titulares, el mar argentino como territorio vivido, custodiado y trabajado.

La visita en Mar del Plata tuvo, además, un hecho que excede la anécdota y entra en el terreno del prestigio internacional. A bordo se exhibió el trofeo “Boston Teapot”, una distinción de altísimo nivel obtenida por décima vez por la fragata, reconocimiento asociado a una de las competencias náuticas más exigentes del mundo. El premio —que evalúa el desempeño estrictamente a vela, la planificación de la derrota y el trabajo coordinado de tripulaciones en formación— fue entregado en la ciudad de Burdeos, Francia durante la conferencia internacional 2026 de Sail Training International. En términos técnicos, distingue al buque que logra la mayor distancia navegada exclusivamente a vela en 124 horas consecutivas. En términos culturales, resume una idea fuerza, Argentina sigue siendo competitiva en excelencia marinera cuando el estándar es global.
La partida desde Mar del Plata también marcó el reinicio del calendario operativo 2026, fue la primera navegación del año y parte del adiestramiento previo al 54° Viaje de Instrucción, el tramo donde se templa el oficio y se transmiten, sin discursos, los códigos de la mar. Formar marinos no es solo enseñar maniobras; es entrenar criterio, disciplina, convivencia y toma de decisiones bajo presión.
En paralelo, la ciudad pudo asomarse a otra pieza clave del tablero marítimo: el ARA “Bouchard”, dependiente de la División Patrullado Marítimo, abrió también sus cubiertas durante las jornadas. La coexistencia de ambas presencias —la fragata formadora y el patrullero de vigilancia— dejó un mensaje completo, tradición y control del mar no compiten; se complementan. Uno construye vocaciones y representa al país ante el mundo; el otro sostiene capacidades concretas para el control y la vigilancia de los espacios marítimos argentinos.
Mar del Plata y un nutrido componente turístico en toda la costa marplatense desde Santa Clara del Mar hasta Los Acantilados, despidió a la “Libertad” como se despide a lo propio: con una mezcla de alegría y nostalgia. Porque cuando este buque de esta magnitud y a vela zarpa, no solo se aleja un casco blanco con jarcia y velamen; se retira, por un instante, una parte visible del relato nacional e histórico en el mar. Y eso —en tiempos donde casi todo se vuelve virtual, fugaz y mecánico— sigue teniendo un peso emocional que ninguna estadística termina de explicar.






