Cada 26 de enero se conmemora el Día Mundial del Pescador, una fecha que invita a reconocer el trabajo de quienes, desde hace siglos, encuentran en el mar una forma de vida, sustento y transmisión de saberes. Más allá de la efeméride, la jornada permite visibilizar un oficio esencial para la alimentación global y para la identidad productiva de numerosas comunidades costeras.
En puertos como Mar del Plata y a lo largo de la extensa costa patagónica, la figura del pescador forma parte del paisaje cotidiano. Antes de que amanezca, cuando el cielo todavía conserva los tonos de la noche y el aire salino anticipa la jornada, comienzan los movimientos en muelles y banquinas. Allí se pone en marcha una rutina que combina experiencia, resistencia física y una relación profunda con el mar.
Las manos curtidas por la sal y el sol son una postal repetida entre generaciones. En ellas se condensan años de jornadas extensas, maniobras exigentes y una convivencia permanente con un entorno imprevisible. Cada marca es testimonio de un oficio que exige disciplina, adaptación y una entrega constante.
La pesca no es solo una actividad económica: es también un saber heredado. En las lanchas de madera, en los relatos transmitidos entre padres e hijos, se conservan técnicas para interpretar el clima, leer el comportamiento del viento, respetar los tiempos del mar y cuidar los recursos. Ese conocimiento empírico, construido durante décadas, sigue siendo un pilar para la actividad.
En Mar del Plata y en numerosos puertos del país, generaciones enteras han hecho de la pesca su identidad, fortaleciendo una cadena productiva que integra trabajadores, industrias, logística y comercio, y que impacta directamente en las economías regionales.
A escala global, la pesca aporta cerca del 17% de la proteína animal que consume la población mundial y sostiene a millones de familias vinculadas directa o indirectamente a la actividad. Desde la pesca artesanal y ribereña hasta las flotas comerciales de altura, el sector cumple un rol estratégico en la seguridad alimentaria y en el desarrollo económico.
El Día Mundial del Pescador reconoce tanto a quienes encuentran en la pesca una actividad recreativa como a los trabajadores que enfrentan condiciones climáticas adversas, largas campañas y exigencias físicas permanentes para garantizar el abastecimiento de alimentos.
El pescador no suele ocupar los primeros planos, pero su tarea conecta el esfuerzo diario con la mesa de miles de hogares. En cada captura hay horas de trabajo silencioso, planificación, riesgo y conocimiento acumulado. La fecha invita no solo a homenajear la vocación, sino también a reflexionar sobre la importancia de cuidar los recursos, fortalecer las condiciones laborales y sostener una actividad que forma parte de la historia productiva y cultural del país.
Mar del Plata, el COLISEO DE LA PESCA en el Día del Pescador
En Mar del Plata, hablar del pescador es hablar del origen humano del puerto. No del puerto como infraestructura, sino del puerto como comunidad. Porque antes de que el hormigón ordenara escolleras y dársenas, hubo hombres que llegaron con el cuerpo a salvo y el alma fatigada, buscando paz, trabajo y un lugar donde volver a empezar después del castigo irracional de las guerras europeas. En el barrio Puerto se consolidó una de las comunidades pesqueras más densas y decisivas del país, con fuerte impronta inmigrante —en particular italiana—, que no sólo se integró: construyó identidad, oficio y trama social alrededor de la banquina.
Esa gesta se entiende mejor cuando se mira el tiempo largo. La obra portuaria comenzó a inicios del siglo XX, con construcción desde 1911, avances condicionados por el contexto internacional y sectores habilitados oficialmente a partir de 1922; el puerto terminaría de consolidarse en los años siguientes, cuando la dársena y la banquina se volvieron destino natural de quienes antes trabajaban más al reparo de la costa. No fue solo un cambio de geografía: fue el nacimiento de una cultura marítima que convirtió la pesca en modo de vida, no en simple ocupación.
Aquellos viejos pescadores —muchos de ellos llegados con lo puesto y una memoria pesada— no “salían a trabajar”: salían a conversar con el mar. Aprendieron a leer el viento como se lee un gesto; a anticipar el estado de la mar por el olor del aire y la textura de la rompiente; a reconocer hábitos de especie por señales mínimas, cuando todavía no mandaban las pantallas ni la electrónica. Era una ciencia hecha de paciencia y de intemperie: interacción de variables aprendida a fuerza de repetición, pérdidas y aciertos, con una brújula íntima que se llamaba experiencia. Esa escuela —nacida en madera, sal y silencio— sigue viva en la banquina y en las lanchas tradicionales que formaron capitanes, templaron tripulaciones y enseñaron, generación tras generación, que el mar no se negocia: se respeta.

En la imagen vemos a los exponentes de la vieja guardia de pescadores que, desde la niñez, alcanzaron en su trayectoria la mayor distinción como Capitanes de Pesca y viejos Lobos de Mar. Oscar “el loco” Sayago, junto a su amigo Juan “Yuane” Taranto.

En la siguiente, a Francisco Saverio «el negro» Romano. Muy poco más por agregar… Está todo dicho.






