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    Mar del Plata. Un puerto que hizo ciudad, hace 113 años

    PescarePor Pescare24 de febrero de 20267 Minutos
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    De enclave de abrigo y pesca a sistema productivo, turístico y exportador, la historia portuaria de Mar del Plata condensa un siglo de trabajo, transformación técnica y memoria obrera
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    La historia del puerto de Mar del Plata comenzó antes de la fundación oficial de la ciudad. En sus primeros tiempos se lo conocía como Puerto de Laguna de los Padres, y ya entonces su actividad insinuaba el papel decisivo que tendría en la economía regional y en la identidad social del sudeste bonaerense.

    El 24 de febrero de 1913 quedó inscripto como fecha fundacional de su infraestructura moderna; ese día se inauguraron las primeras obras y se colocó la piedra fundamental. En la dársena de pescadores se montó un muelle de mampostería y bloques de 70 metros, fondeado a -5 metros, y se ejecutó el talud norte, con 200 metros revestidos en piedra con juntas tomadas. A la vez, se levantaron terraplenes generales con material extraído de canteras utilizadas para abastecer la propia obra. Ese núcleo inicial marcó el pasaje de un punto de abrigo costero a una estructura portuaria con proyección permanente.

    La inauguración oficial llegó en 1924, consolidando un proceso que ya estaba en marcha. Con el paso de las décadas, el crecimiento del movimiento de mercaderías volvió insuficiente la capacidad instalada. Hacia 1945, el volumen operativo exigía una ampliación de escala. En ese contexto, autoridades nacionales y provinciales impulsaron nuevas zonas portuarias y una renovación integral del equipamiento de manipuleo y almacenaje, con modernización de grúas y maquinaria.

    La conexión ferroviaria directa a la red nacional, la construcción de elevadores de granos en el sector oeste y las obras de dragado modificaron de manera estructural el perfil del puerto. La combinación entre logística terrestre, infraestructura de acopio y mejora de accesos náuticos duplicó la capacidad operativa y abrió su condición de puerto de ultramar.

    En 1950, durante la presidencia de Juan Domingo Perón, se inauguró el complejo portuario-industrial y las instalaciones frigoríficas. Esa etapa amplificó el movimiento de carnes y se completó con la incorporación de cargadores laterales y nuevas grúas, reforzando un esquema de tráfico más intenso y tecnificado.

    En paralelo, la política de fomento a la industria pesquera nacional produjo un salto contundente. Las capturas de la flota costera pasaron de 18.203 toneladas en 1947 a 59.127 en 1954. Ese crecimiento transformó al puerto de una terminal secundaria en el principal puerto pesquero de Sudamérica durante la década de 1950.

    Los primeros grandes constructores del puerto fueron, antes que nadie, sus hombres y mujeres llegados desde lejos. Italianos, españoles, portugueses y belgas trajeron en las manos el oficio, en la espalda el sacrificio y en el pecho una convicción luminosa: en ese mar generoso podía levantarse el porvenir de sus familias. Con trabajo, disciplina y una esperanza compartida, tejieron una comunidad de una solidez extraordinaria, capaz de empujar obras y emprendimientos de una escala inmensa para su tiempo, cuando el esfuerzo cotidiano constituía la materia central del desarrollo.

    Los recibió un paisaje austero y valiente: casillas bajas de chapa y madera de pinotea, levantadas con recursos mínimos sobre suelos muchas veces ganados al relleno, entre tosca y piedra. Allí empezó a tomar forma una geografía que luego sería identidad: la avenida Cincuentenario —más tarde Juan B. Justo—, 12 de Octubre y Magallanes, arterias tempranas por donde, en cada madrugada helada, avanzaban los pescadores rumbo a la histórica banquina. Ese trayecto, repetido en silencio durante años, modeló una cultura de trabajo que hizo escuela en la ciudad.

    Por esas calles pasaron capitanes memorables, pescadores de pura cepa y hombres de visión, convencidos de que la perseverancia era el único camino hacia el crecimiento familiar. En ese ecosistema de equilibrio y ayuda mutua, hasta Bastiano y doña Carmela, desde su almacén–en Posadas entre El Cano y 12 de Octubre, sostenían a las familias con una libreta de fiado que atravesaba la temporada. La anchoíta o el magrú cerraban cuentas, ordenaban deudas y devolvían impulso a una ciudad en la que el puerto llegó a representar en las décadas de oro, más del 53% del PBI local, con una gravitación decisiva sobre la vida económica y social.

    Entonces, el crédito era la palabra empeñada y una hoja de papel escrita a lápiz, con grafías imperfectas y valor absoluto. Todos participaban del mismo entramado productivo: quien acercaba materiales para las primeras casas de ladrillo, quien financiaba una pared, quien vendía herramientas, y también quienes abastecían a los carpinteros de ribera con formones, sargentos y martillos. Con golpes precisos, paciencia y oficio, aquellos talleres fueron forrando las primeras lanchas, embarcaciones nacidas de la necesidad y del talento, varias de las cuales todavía hoy siguen navegando como testimonio vivo de una época. El puerto creció con infraestructura, pero su verdadera arquitectura fue humana.

    Décadas más tarde, el Decreto 3572/99 creó el Ente de Derecho Público No Estatal “Consorcio Portuario Regional de Mar del Plata”, con competencia sobre la zona portuaria y su área de influencia. El cambio institucional introdujo un nuevo esquema de gestión, con mayor capacidad de administración local y una lógica de operación más próxima a las demandas reales del puerto moderno.

    Junto con esa evolución administrativa, la vida cotidiana del puerto fue dejando una memoria material y humana que explica su singularidad. Durante años convivieron la operatoria pesquera, el movimiento de cargas, los silos, el ferrocarril interno, las pescaderías en la banquina, los espacios gastronómicos y una circulación abierta que integraba al puerto con la ciudad. Mar del Plata desarrolló una rareza portuaria de alto valor simbólico, actividad industrial intensa en convivencia con turismo, paisaje urbano y vida popular.

    El crecimiento tecnológico y la profesionalización de las operaciones cambiaron esa fisonomía. La operatoria que antes se resolvía con recorridas a pie, anotaciones manuales y comunicación radial limitada fue reemplazada por esquemas de inspección permanente, guardias continuas, movilidad operativa y coordinación en tiempo real. La llegada de nuevas embarcaciones, el aumento de exigencias logísticas y la especialización de servicios consolidaron una estructura más compleja, más precisa y más demandante.

    En ese proceso, la seguridad portuaria adquirió centralidad. La aplicación de protocolos internacionales vinculados a la protección de buques e instalaciones portuarias redefinió accesos, cerramientos y controles. En un puerto exportador, esos estándares dejaron de ser un requisito formal para convertirse en una condición de continuidad operativa. Sin seguridad certificada, se comprometen el ingreso de buques, las exportaciones, la estiba, el transporte terrestre y toda la cadena de trabajo asociada.

    También persistieron desafíos históricos, con el dragado en primer plano. La gestión de estas obras exige una ingeniería administrativa y técnica extensa, consultas a empresas, disponibilidad de dragas, evaluación de costos, licitaciones, estudios ambientales y autorizaciones múltiples. A eso se suma el problema estructural de la dinámica sedimentaria, un factor que atraviesa desde hace décadas la discusión sobre accesos, escolleras y acumulación de arena. El equilibrio entre navegabilidad, protección costera e impacto sobre las playas continúa siendo uno de los debates técnicos más delicados del sistema portuario local.

    La historia portuaria también está atravesada por su dimensión laboral. Estibadores, tripulantes, personal de muelle, operarios e inspectores sostuvieron durante generaciones tareas de alto riesgo, exposición climática y esfuerzo físico extremo. El puerto se construyó con infraestructura, pero se sostuvo con oficios. Esa experiencia acumulada explica buena parte de su resiliencia, su cultura de trabajo y su capacidad de adaptación frente a cada cambio normativo, tecnológico o comercial.

    Hoy, el puerto mantiene un perfil marcadamente pesquero, con un volumen exportador dominado por pescados, mariscos y harina de pescado, mientras busca fortalecer su condición multipropósito mediante contenedores y nuevos operadores. La tensión entre especialización y diversificación sigue abierta, con una certeza estructural: su identidad productiva continúa anclada en la pesca.

    En más de un siglo de desarrollo, el puerto de Mar del Plata pasó de obra fundacional a sistema estratégico. Su trayectoria combina muelles históricos, ferrocarril, dragado, industria frigorífica, expansión pesquera, reorganización institucional, normas internacionales y una memoria obrera que aún organiza el presente. La historia del puerto es, en rigor, una forma de leer la historia económica, social y cultural de la ciudad.

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