Mar del Plata no se explica sin su puerto. Desde hace más de un siglo, la pesca fue mucho más que una postal, fue exportación y mercado interno, empleo industrial y logística, frío, astilleros y talleres, estiba, fileteado, cadena de proveedores, transporte y varios satélites del Estado viviendo del sector. Un engranaje sensible que aporta más de la mitad del PBI local y, al mismo tiempo, una de las identidades más profundas de la ciudad.
Y sin embargo, hay una pregunta que el propio sector —o, para ser justos, su conducción visible— casi nunca se animó a formular en voz alta, con crudeza: ¿cómo puede ser que una actividad tan decisiva no haya construido, de manera estable, una representación política proporcional a su peso real? Ni en el Concejo Deliberante del Partido de General Pueyrredon, ni en la Provincia, ni en el Congreso de la Nación. Mezquindad e ingratitud son dos escollos que afloran en la bajamar.
La respuesta fácil es apuntar al Estado, centralismo, desconocimiento, burocracia, indiferencia. Todo eso existe. Pero la respuesta seria y con espíritu de autocrítica obliga a mirar hacia adentro, porque el vacío de representatividad también se fabrica. Y se fabrica con un patrón que Mar del Plata conoce de memoria, cuando debiera haber construcción colectiva, apareció la lógica de concentración de tres vivos; cuando debería haber institucionalidad, predominó la administración de la rentabilidad -cuando la hubo- y cuando no -a través de operatoria al margen de las reglas-, como si la renta siempre debe ser garantizada, como si fuese un botín y no una responsabilidad sectorial librada al riesgo empresario y lo peor, en los últimos años cuando hacía falta reforzar la idea de fortaleza desde la propia aldea, una parte del vértice de la pesca marplatense, se embelesa con empresas que si bien gozan de la bandera argentina, los intereses los tienen en España, o en el exterior. Lamentable, o quizá, esa seducción «estocólmica» tenga que ver con la idea a futuro de entregar sus empresas a quienes saben que son mucho más poderosos y con mejor llegada de fondo.
Durante años, pocos actores en la Argentina acumularon demasiado poder de agenda, quizá por eso siempre se trató de esconder la actividad. En ese esquema, la atomización representativa fue tratada como amenaza; la institucionalidad, como estorbo; la deliberación, como pérdida de tiempo y las leyes y reglamentaciones como algo orientativo, simbólico. Mientras las cuentas cerraban, esa concentración funcionó como anestesia, se naturalizó el silencio, se desalentó cualquier intento de organización plural y se aisló —de hecho— a uno de los complejos productivos más intensivos en mano de obra del litoral marítimo y sostén de las economías regionales.
Pero la industria no es un refugio, es un sistema. Y los sistemas, cuando se tensan, muestran su verdadera arquitectura y necesidad mostrando la pobreza de fondo, entre principios y estilos de administración de empresas rayano a lo inescrupuloso.
Reflejo condicionado: en las buenas, aislamiento; en las malas, lobby corporativo
Cuando “las papas queman”, el mecanismo se activa con precisión. Basta con que asome una reforma, una discusión de fondo o una política pública que toque intereses reales, para que aparezca el aparato completo, reuniones express, dictámenes, nacimiento de especialistas en todo tipo de actividad que olvidan sus propios límites e idoneidad, intermediarios, CEOs y gerentes de cámaras tocando timbres que, en tiempos de bonanza, ni registraban incluso a medios de difusión.
En ese trance, incluso los archi rivales circunstanciales —a veces hasta gremios enfrentados— son convocados “codo a codo” para unificar un modelo defensivo. No necesariamente en defensa de la pesca como sistema, sino muchas veces en defensa de un esquema de poder: el que decide, el que reparte, el que administra la urgencia.
Lo más corrosivo no es el lobby en sí (toda industria lo hace, y está bien que lo haga cuando es transparente). Lo corrosivo es el contraste: en las buenas, aislamiento, puertas cerradas, agenda chica; en las malas, urgencia, representación tercerizada, épica de último minuto y peregrinación en racimo, en los más recónditos despachos de poder.
Y así, a espaldas de buena parte del propio entramado —tripulaciones, plantas, pymes satélite, proveedores, trabajadores, talleres— se gestiona el lobby en despachos comunales, en el Concejo, con ex intendentes, referentes y legisladores, como si la pesca fuera un asunto privado de pocos y no una industria vertebral de toda una comunidad.
Eso explica una parte del problema de fondo: la pesca marplatense, que reclama política de Estado, nunca sostuvo una política sectorial adulta. No una mesa permanente; no una estrategia legislativa sostenida; no un seguimiento con métricas, con continuidad, con voceros legitimados por el conjunto, leales a las convicciones del sector y sobre todo con autoridad e idoneidad y no sólo por el peso económico de algunas pocas firmas.
Después llega la queja conocida: “no tenemos representatividad”. Y la queja tiene algo de cierto… pero también algo de coartada. La representatividad no cae del cielo: se construye. Y se construye en doble vía en las buenas y en las malas.
Cuando el vínculo se asume como tarea pública, con nombre y costo
A partir de acá, conviene cambiar el foco, porque la realidad, el sector la conoce; porque hay una diferencia clave entre “usar” la política y hacer política: lo primero es ir cuando hay incendio y necesidad; lo segundo es sostener una agenda incluso cuando no hay intermediarios.
En los últimos dos años, aparece un ejemplo concreto de ese segundo modelo, Maximiliano Abad. No como salvador ni como fetiche, sino como lo que la pesca marplatense rara vez consigue de manera estable: un puente legislativo explícito, con postura pública y con costo político, porque el Estado ya conoce a cada participante del sector como miembros acomodaticios de la política de turno.
Abad no “menciona” la pesca para quedar bien, insiste porque es su modelo de gestión, una convicción que es la esencia de la identidad de una ciudad que representó y una provincia que representa en el Senado de la Nacion. En sus intervenciones —incluida la discusión del Presupuesto 2026 de la semana pasada— coloca a la pesca junto al turismo como binomio productivo central para Mar del Plata y para la Argentina exportadora. Subraya la dimensión de divisas, empleo y competitividad; pone sobre la mesa el debate de retenciones e incentivos, “lo que para el Estado puede ser “un vuelto”, para el sector puede ser diferencia entre sostener barcos, plantas y salarios o apagar motores”; y describe el momento complejo de la actividad que transitó tiempos difíciles hasta alcanzar su objetivo; sin camuflarlo en eufemismos pero muchas veces sin conocer que cuando la actividad es superavitaria, los mismos empresarios que tocan el timbre o hacen sonar los celulares, se esconden.
Ese gesto no es menor: cuando un senador marplatense decide invertir tiempo político en pesca, está comprando un conflicto con el poder central, porque el centralismo suele tratar a la pesca como nota al pie (por algo será); y sin embargo, lo sigue haciendo.
Una secuencia de hechos, no una foto
Abad jamás estuvo en Conxemar para la foto, pero si se mira el recorrido completo, el patrón es consistente y mucho más loable. Haciendo tributo a los pensadores de la antigua Roma, que profesaba «Acta, non verba»; hechos, no palabras.
Verano 2024: el primer choque grande — frenar cambios en la Ley Federal de Pesca, cuando el capítulo pesquero de la “ley ómnibus” encendió alarmas, Abad apareció en la mesa política local articulando rechazo, posición y escalamiento del tema. La pesca no se defendió sola: necesitó espalda legislativa, contactos, traducción política. Ahí estuvo.
Abril 2024: institucionalidad pesquera — Consejo Federal Pesquero
Defender a la pesca no es sólo pelear medidas: también es sostener los órganismos que ordenan el sector. En ese punto, Abad acompañó el reclamo para que el Ejecutivo designara autoridades del Consejo Federal Pesquero, advirtiendo que la falta de nombramientos bloquea decisiones y previsibilidad para una industria generadora de divisas, empleo y desarrollo regional.
Verano–otoño 2025: crisis del fresquero — reuniones y presión pública
Con la crisis del fresquero arriba de la mesa, combinó recorridas, recepción de cámaras, y un mensaje insistente: la pesca genera empleo, abastece el mercado interno y compite afuera. Sumó además una defensa identitaria: historia, legado, subsistencia para la ciudad. Y cuando el cuadro se agravó, elevó el tono con demandas urgentes y un paquete integral (retenciones, combustibles, carga impositiva, competitividad).
Agosto–septiembre 2025: retenciones — insistencia y denuncia de discriminación, cuando el sector pesquero que siempre fue considerado como economía regional, quedó afuera de la categoría y como tal no recibió ningun incentivo de baja en las retenciones.
Pidió eliminar retenciones y cuestionó que reducciones para otros sectores dejaran afuera a la pesca. La palabra “discriminación” no fue un exabrupto: fue la síntesis política de un reclamo que, sin voz, se disuelve.
Diciembre 2025: Presupuesto 2026 — crecimiento con pymes, pesca y turismo
Volvió a vincular crecimiento local para Mar del Plata y la región con sectores que generan empleo y divisas (pymes, pesca, turismo) y marcó límites frente a recortes simbólicos y estratégicos en educación y ciencia.
No hace falta convertir eso en hagiografía. Pero sí reconocer lo obvio, hay registro, hay continuidad, hay voluntad de sostener el tema. Y eso, en un país donde la agenda productiva suele ser decorativa, vale.
El sector pesquero marplatense, o segmentos de su dirigencia corporativa, tienden a activar el vínculo con sus representantes cuando la crisis los deja sin aire: ahí aparecen reuniones, fotos, comunicados y urgencia. Después, cuando la espuma baja, el puente se descuida, no hay mesa permanente, no hay agenda común, no hay estrategia legislativa sostenida, no hay seguimiento. Solo ingratitud.
Y más tarde, inevitablemente, llega el lamento: “no tenemos representatividad”.
Dicho de otro modo —y sin vueltas—, si cada crisis encuentra tocando timbre en el despacho de un legislador para que medie en el Congreso de la Nación, no es culpa del Congreso si no hay política de Estado para la pesca, también es porque el sector no consolidó una política de presión, propuesta y control. Ceo´s gerentes y lobistas que solo defienden sus propios intereses, no los del sector y menos los de sus empresas; ya han perdido lo más sacro que tiene el individuo, su credibilidad.
La pesca marplatense necesita una agenda nacional seria, competitividad, costos, retenciones, combustible, previsibilidad, ciencia aplicada, infraestructura, puertos, control y desarrollo. Pero antes necesita algo más básico: una relación adulta con la política pero con una generación nueva de empresarios que busquen un bien común, no la mezquindad de su negocio en particular. Con interlocutores que empujen, sí, y con un sector que no desaparezca cuando deja de quemarle la papa.
Y acá sí vale la excepción, porque no todo es cinismo ni oportunismo. En medio de un mapa donde demasiados aparecen sólo en la urgencia, la participación de Maximiliano Abad y su grupo mostró otro registro: presencia sostenida, vocación de puente y disposición a pagar el costo de insistir.
Y dentro de ese armado, se destaca —sin pedir permiso y con pocos pelos en la lengua— Nicolás Maiorano, uno de esos dirigentes marplatenses que no suelen acomodar el discurso para caer simpáticos: dicen lo que creen, aunque incomode, así lo hizo siempre en el HCD del partido de Gral.Pueyrredon donde libró duras batallas legislativas imponiendo el equilibrio por sobre el atropello. En tiempos de lobby de pasillo y silencios interesados, esa clase de voz tiene un valor particular, obliga a discutir de frente, sin el barniz de la conveniencia.
La pesca marplatense puede seguir repitiendo el rito de siempre —aislarse en la bonanza, correr en la crisis— o puede, por fin, hacer lo que corresponde a una industria que sostiene a una ciudad: organizarse con legitimidad, sostener una agenda estable y construir representación proporcional a su peso, maxime en el prefacio de una posible cuotificación de langostino, la especie de mayor monto exportable en argentina, y donde quienes en sus principios defendían los intereses sectoriales de Mar del Plata, hoy comulgan con capitales externos que por detrás denostan, pero que en sus intimidades emulan, envidian y admiran.
Porque si no, seguirá ocurriendo lo inevitable, el Estado no mira a la pesca, la pesca no sostiene a sus interlocutores, y al final todos terminan confirmando la profecía de la “no representatividad”… que, en parte, el propio sector ayudó a fabricar.






