Mar del Plata vuelve a ofrecer, en pleno receso estival, una de esas escenas raras en las que la ciudad se reconoce a sí misma en el espejo del agua: la ciudad, el puerto y el mar abierto laten en un mismo pulso. Quizá el paso cercano del atún barrilete sea hoy el hilo invisible que cose lo que a menudo se mira erróneamente como mundos separados, el vínculo entre ciudad y puerto, entre turismo y producción, y entre pesca comercial y pesca deportiva.
En esa confluencia, casi sin proponérselo, se impone la verdad contenida en una frase sencilla y, por eso mismo, esencial el mar nos une. Es la unión de los pueblos porque en su movimiento continuo hace circular bienes, historias, oficios y esperanzas, y devuelve a cada costa una identidad que se vive.
Desde hace algo más de una semana, las descargas de atún barrilete en la Banquina Chica de Mar del Plata comenzaron a delinear un panorama que no se repetía desde 1997, cajones que asoman con brillo metálico, miradas que se alinean con curiosidad sobre el muelle y un comentario que vuelve, insistente, con la misma mezcla de sorpresa y orgullo, entre pescadores, vecinos y visitantes de paso.
La explicación tiene, como casi todo en el Atlántico, un componente de geografía dinámica. El empuje de corrientes cálidas provenientes de Brasil, sumado al seguimiento natural de especies pelágicas que integran la cadena alimenticia del barrilete, terminó por acercar un recurso que cambia el color del desembarque y también el ánimo del puerto. Y lo hace por una razón concreta: para la flota histórica de la Banquina Chica, el barrilete reordena la ecuación de rentabilidad con valores sensiblemente superiores al variado costero habitual. En términos operativos, el trabajo “se parece” en la rutina —salir, buscar, volver, descargar—, pero difiere en lo esencial: el cardumen puede “verse” con mayor facilidad, aunque encerrarlo exige pericia, porque la especie suma inteligencia, velocidad y una capacidad de fuga que obliga a maniobras más finas. El resultado, cuando se logra, se nota en la bodega y en el muelle: calidad de descarga y un entusiasmo contagioso.
Ese movimiento, además, tiene un correlato gastronómico que al visitante le conviene subrayar. La demanda suele ser puntual y selectiva: parte se dirige a las pocas conserveras que aún perduran en la ciudad, y otra porción alimenta un circuito casi “gourmet”, con plantas que elaboran productos listos para góndola y formatos pensados para consumidores que buscan proteína noble, sabor limpio y trazabilidad inmediata. El atún barrilete, de altísimo valor nutricional y comercial, imprime un nuevo atractivo a la caminata portuaria: no es solo mirar barcos; es presenciar un hecho productivo vivo, raro, y por eso mismo memorable.
Como si el cuadro no alcanzara, el mismo fenómeno abrió una ventana adicional para quienes buscan experiencias en el agua. Desde hace algo más de diez días, la pesca deportiva embarcada empezó a entregar capturas que hablan de un mar argentino exuberante, con presencia de pez limón y barrilete en registros que se comentan en el ambiente náutico. En el motonáutico y en las marinas de los clubes, el tránsito de cañas, equipos y conservadoras confirma que no se trata de una anécdota aislada: hay una oportunidad real de practicar una pesca deportiva “de escala refinada”, de esas que muchos asocian a latitudes tropicales, pero aquí, a un salto relativamente corto de la costa balnearia.
En ese capítulo aparece una escena que, por su humanidad y solidaridad, merece contarse. El primer pescador que aportó información vía VHF fue Martín Sayago, hijo del querido Oscar Sayago, capitán histórico de la pesca comercial y lobo de mar en el sentido pleno del término, oficio, capacidad y olfato para encontrar especies que a veces niegan su presencia para el común del pescador.
Con su embarcación deportiva, Martín, prima facie pensando que era un cardumen de bonito, dio con una concentración con las mismas características pero ante la sorpresa de la presencia de atún barrilete, como se dice en la jerga atado al cocoliche de viejos e históricos pescadores italianos con una expresión de sobresalto: » u sciamme e pisce..!»; una vez detenido en medio de ese vergel, avisó vía VHF a las primeras lanchas que, no demoraron en llegar, cuando días atrás, concretaron descargas celebradas casi como una pequeña fiesta laboral. La alegría no se explica solo por el valor comercial: el atún barrilete es voraz, extremadamente veloz, “pez con mucha sangre y genio”, batallador; exige técnica, temple y lectura del mar. Y las tallas que se vienen observando —en torno a los 3 a 5 kilos— le agregan al relato un condimento deportivo que seduce a cualquiera que entienda de aparejos, líneas y manos firmes a la hora de pescar.
Ayer, 3 de febrero, con mar calmo y clima tormentoso bajo luna plena, el puerto volvió a confirmar la tónica, hacia la última hora de la tarde ingresaron nuevamente cuatro embarcaciones. En modalidad de pesca a la pareja lograron capturar y descargar algo más de 200 cajones —casi 5.000 kilos— de atún, en el muelle de la tradicional banquina de pescadores. No es un número menor, es un mensaje. Mar del Plata, incluso para el visitante que solo pasa por unos días, vuelve a mostrarse como lo que siempre fue cuando se la mira a fondo, una ciudad completa que no se agota en playa y rambla, sino que ofrece también puerto activo, cultura marítima, gastronomía con origen y experiencias náuticas de primer nivel.
Para el turista, el plan se arma solo y sin solemnidades, una tarde de caminata por la banquina para ver las descargas, una parada en la mesa donde el mar se vuelve plato con identidad, y —para quien tenga el equipo y el conocimiento— la posibilidad de salir a buscar, a menos de 35 millas, un pez rápido e inteligente que obliga a merecer cada captura. En un verano particular, Mar del Plata suma así una rareza valiosa, un espectáculo productivo y deportivo que se mira, se aprende y, si se puede, se vive.






