El puerto de Mar del Plata volvió a mostrar este feriado una de sus verdades más persistentes: su ritmo no admite pausas cuando el mar entrega captura y los muelles reciben barcos. Desde las primeras horas del alba, el movimiento de prácticos, remolcadores, amarradores, estibadores, personal de alistamiento, camiones, grúas y medios logísticos fue dando forma a una escena que, detrás del arribo de varios poteros, expuso algo más profundo que una simple operatoria de descarga. Cada buque que toca muelle abre un nuevo tramo de trabajo genuino, inmediato y tangible.
La actividad se concentró desde temprano en el espigón 3, sección décimo tercera. Allí, el Ona Milagro abrió del muelle al potero Taisei Maru N.8 y al fresquero mayor Mellino VI, ambos en alistamiento y próximos de salida, con el objetivo de liberar espacio para el ingreso del potero Minta. Maniobra como parte del Tetris que se arma cada vez que el calamar asoma por el norte y da juego al puerto de Mar del Plata.
En rada, mientras tanto, aguardaban también el Arbumasa XXIX, el Huyu 906 y el Xin Shi Ji 95, a la espera de repetir esa misma secuencia entre la mañana y el mediodía. La postal operativa fue clara: el puerto entero ordenándose alrededor del arribo de calamar Illex y de la necesidad de darle velocidad industrial y logística a cada maniobra.
Ese movimiento, que para una lectura superficial podría presentarse como el tramo final de la actividad extractiva, en realidad revela otra dimensión. El arribo de un barco no cierra un ciclo: lo multiplica. En el muelle empieza una cadena que compromete a la estiba, al abastecimiento de combustible, a los mecánicos, al personal de limpieza de bodega, a las cuadrillas de descarga, al alistamiento general, a los transportes y a las autoridades que controlan documentación y condiciones de cada entrada. Durante la mañana de hoy, esa red movilizó al menos a unas 65 personas de manera directa, según las estimaciones recogidas en el propio ámbito portuario.
Allí reside uno de los datos más significativos de esta escena: el puerto funciona como un núcleo de generación de empleo que rara vez logra ingresar con toda su dimensión en la agenda de los medios nacionales. La descarga de un potero no es solamente mercadería que entra y sale. Es trabajo que se activa en tiempo real. Es empleo especializado que depende de la precisión de una maniobra. Es circulación económica que se reparte entre oficios, servicios y empresas que viven de esa continuidad. En jornadas como la de hoy, el muelle hierve de actividad y devuelve una imagen contundente de esa energía productiva: hombres entrando y saliendo de bodega con el frío aún prendido a la ropa, grúas en movimiento, logística coordinada al minuto y remolcadores preparando la próxima entrada.
El punto de mayor gravitación, desde luego, está en el calamar Illex. Ese recurso sostiene el pulso de una cadena exportadora que encuentra en el puerto de Mar del Plata una plataforma decisiva de salida. La mercadería descargada seguirá su recorrido por este mismo puerto con la próxima llegada del buque portacontenedores, en una secuencia que enlaza captura, muelle, transporte, eventual procesamiento y exportación. Pero detrás de esa trayectoria comercial, lo que verdaderamente se despliega es una arquitectura de trabajo. El valor del calamar ya no reside sólo en su precio internacional, sino en la cantidad de empleo que pone en marcha antes de dejar el puerto.

Una fuente de la empresa consultada describió con precisión el cuadro de demanda. Explicó que el destino principal de este calamar es China, mercado que absorbe de manera sostenida la producción. “Todo lo producido está ya vendido al mercado chino, quienes todos los años demandan lo que capturamos”, señaló. Sobre el nivel de precios y la firmeza de la plaza, la misma fuente agregó: “La demanda está siempre, estos últimos años han barrido con todo; por ahí no fue necesario vender sino que directamente te compran lo que se descarga”. Y completó: “Si bien no tiene el valor de las primeras semanas de enero, el mercado se muestra firme en demanda y precio sostenido. Es un muy buen precio, nos permite una buena reparación anual en nuestras unidades”.
En esa última observación aparece otro dato de enorme relevancia económica, muchas veces subterráneo para la mirada ajena al puerto. Cada buena temporada de calamar alimenta de manera directa el circuito de mantenimiento naval. La fuente precisó que cada barco potero, en un año sin intervenciones mayores, afronta al menos u$s 500.000 de mantenimiento entre carenado, pintura y reparaciones habituales de casco y chapas. Cuando el trabajo escala o aparecen necesidades de mayor complejidad, esa cifra supera rápidamente el millón de dólares. El dato tiene un peso específico propio: cada descarga exitosa no sólo remunera una marea; también sostiene talleres, diques, proveedores, metalúrgicas, pinturerías navales y mano de obra especializada.
Por eso, el arribo de barcos cargados trasciende el episodio portuario y se convierte en el primer eslabón de un encadenamiento más amplio. En algunos casos, parte del calamar seguirá hacia plantas que lo procesan para capturar mejor precio en exportación. En otros, la renta generada en la captura volverá al sistema en forma de reparaciones, alistamiento e inversiones de mantenimiento. El muelle, así, se afirma como un punto neurálgico donde confluyen la economía extractiva, la logística, la industria y el trabajo.
Mientras esa dinámica atravesaba la mañana, el resto del puerto también mantenía su expectativa operativa. Para las 10 estaba previsto el arribo del BP Lito, donde los Di Bona aguardaban recibirlo. Al mismo tiempo, el remolcador Remarsa, de Remolcadores Mar del Plata, calentaba máquinas para asistir el próximo ingreso de otro potero. La escena completa ofrecía una síntesis precisa del momento: un puerto en plena actividad, incluso en feriados, porque cada barco que llega activa mucho más que una descarga.
Mientras los grandes anuncios siguen esperando convertirse en muelle, bodega o trabajo concreto, el puerto vuelve a recordar, con una elocuencia casi cruel, quién lo sostuvo siempre. No aparecen los supplys prometiendo una nueva era petrolera ni una ciudad que quería ser la «Dubai sudamericana«. No asoma la épica industrial de Lamb Weston convertida en tráfico real, en remolques, en cargas o en operadores corriendo de punta a punta del espigón. Lo que sí aparece, una vez más, es la pesca, la que construyó la historia portuaria de Mar del Plata y la ciudad, la que sostuvo su continuidad en los años buenos y en los años malos, la que sigue llenando de hombres, maniobras, frío, combustible, estiba y reparación un puerto que algunos imaginaron reconvertido por promesas ajenas a su naturaleza. La imagen tiene una contundencia difícil de discutir, cuando hubo que poner trabajo real sobre el muelle, no llegaron las fantasías de prospecciones ni las inversiones declamadas; -más respeto-, llegó, otra vez, la pesca, la histórica, la actual y la futura.
En Mar del Plata, esa verdad vuelve a confirmarse una y otra vez. El puerto recibe mercadería, pero sobre todo produce trabajo. Es la actividad pesquera y cuando el pescado, cefalópodo o marisco entra por muelle, lo que empieza a moverse detrás del recurso es una cadena que sostiene oficios, ingresos, reparaciones, logística, procesamiento y exportación. En esa trama concreta, visible desde el alba, se juega una parte central de la economía real de la ciudad.






