Pasadas las celebraciones navideñas y el ritual inevitable de los balances de fin de año, el puerto de Mar del Plata recupera su pulso más antiguo: el de las amarras que se sueltan, las bodegas que vuelven a oler a hielo y sal, y una flota que, fiel a su calendario no escrito, reinicia temporada. Como ocurre cada año, el 2 de enero marca el punto de partida formal de una nueva zafra, con la merluza como eje productivo y con el paralelo 42 como primer escenario de trabajo para los movimientos inaugurales.
El primer gesto de esa continuidad fue del BP Marbella que zarpó por la tarde del 1 de enero pasado; propiedad del «lobo de mar«, Juan Taranto, la embarcación se hizo a la mar sin demoras y firmó la primera salida efectiva desde el puerto marplatense con destino a pesca de merluza. Le siguió el Padre Pío, asociado a nombres de arraigo y experiencia en el muelle como Cicciotti y Di Costanzo, exponentes de una vieja guardia que conoce el mar por hábito y por oficio.
Lo concreto es que el inicio no ofreció complacencias. A una semana de pesca, la meteorología se mostró variable en la zona del paralelo 42, allí donde ambas embarcaciones iniciaron esfuerzos de pesca para capturar merluza. El regreso a puerto se produjo durante el transcurso del domingo, reactivando la mecánica de ingreso, descarga y clasificación que define el ritmo del muelle.
En términos de marcas, el dato saliente lo aportó el Padre Pío que descargó 1.400 cajones de merluza, un producto fresco de buena calidad que, más allá de no constituir una marca definitiva —porque una golondrina no hace verano—, termina estableciendo la apertura de precios en el muelle local para la especie. Sin embargo, el elemento central del inicio quedó expuesto en el mismo acto: el precio no tuvo variantes significativas. El cierre de la temporada anterior había mostrado operaciones cercanas a $850 a boca de bodega, mientras que las dos primeras descargas de 2026 se ubicaron con un techo en $900 por kilo, más como continuidad que como quiebre de un modelo de tendencia.
Esa aparente quietud, sin embargo, no describe estabilidad: describe tensión, preocupación y ya costumbre. La brecha entre un precio casi inmóvil y una estructura de costos crecientes —atados al IPC y al tipo de cambio, en insumos, combustibles, mano de obra y, de manera particularmente gravosa, en reparaciones navales— erosiona la actividad en su dimensión financiera y económica. Los $850 fueron fijados por oferta y demanda hace algo más de 19 meses, cuando el escenario económico se estabilizaba relativamente en el primer tramo de gestión de las actuales autoridades políticas y económicas nacionales. Desde entonces, el costo avanzó superlativamente; el precio, de venta de la merluza, no
Con este nivel de referencia, la unidad productiva enfocada en merluza y en fresco aparece como la más castigada de los últimos años. No por falta de trabajo, sino por la dificultad creciente de defender márgenes en un eslabón primario que absorbe incrementos y demora en trasladarlos. Aun así, el sector responde con esfuerzo, eficiencia y dedicación férrea, y busca compensar por volumen, dinamismo y eficiencia operativa ese déficit.
La ampliación de cuota dispuesta en dos oportunidades por la actual gestión pesquera introduce una lógica defensiva para que el componente “cantidad” intente suplir al “precio”. Pero esa salida no se distribuye de modo homogéneo y deja una asimetría nítida, la situación se vuelve casi dramática para quienes dependen exclusivamente de la merluza modalidad fresco y no cuentan con cuota de langostino u otras especies capaces de sostener mejor la rentabilidad, por eso el calamar -con buen precio- comienza a ser la especie buscada por ahora al sur del paralelo 44 donde algunos fresqueros ya operan a la par de congeladores.
Por eso, los $900 con los que abrió el año —en embarcaciones que ya descargaron y navegan rumbo a su segunda marea— no constituyen una señal tranquilizadora. Más bien sugieren que, otra vez, el período quedará atado a un equilibrio rígido entre oferta y demanda, mientras la discusión real se desplaza hacia el interior de la cadena comercial. Y en voz baja, como sucede cuando las cifras no cierran, vuelve una idea incómoda: cuando un problema persiste, a veces deja de ser problema y se convierte en negocio, probablemente para segmentos más próximos a la exportación y más alejados de la actividad primaria que se juega, marea tras marea, en cubierta.
Así, el inicio de temporada confirma una verdad dura: no hay novedad, hay continuidad. Un reinicio formal, sí, pero dentro de un marco complejo para el espigón 2, donde se concentra la actividad de los fresqueros de altura con mayor esfuerzo sobre la merluza. Allí, entre grúas, cajones, hielo y planillas, se define el termómetro del año: no sólo cuánto se pesca, sino cuán sostenible resulta seguir pescando cuando el mar responde y la cuenta, en tierra, se vuelve cada vez más exigente.






