Un análisis de ADN realizado en Milano y Bruselas reveló graves fallas en el etiquetado de productos a base de calamar y una fuerte presencia de capturas provenientes de aguas lejanas, con riesgos de pesca ilegal y abusos laborales.
Un nuevo estudio de Oceana encendió alarmas en el mercado europeo del calamar: la mitad de los productos analizados en Bruselas y Milano no ofrece datos esenciales para los consumidores, como la especie o el origen de captura.
El informe, basado en 198 muestras recogidas en supermercados, pescaderÃas y restaurantes de ambas ciudades, también expone una realidad constante pero poco visible: gran parte del calamar que se vende como local o europeo proviene, en verdad, de pesquerÃas distantes con serios problemas de gestión y transparencia.
En la ciudad de Milano, 27 de los 30 productos frescos y congelados examinados incluÃan al menos alguna referencia a la especie o la zona de captura. Sin embargo, solo la mitad cumplÃa plenamente con los requisitos de etiquetado exigidos por la Unión Europea. La situación es aún más débil en los productos preparados y conservados —como anillas empanadas— donde casi el 60% no ofrecÃa ningún dato sobre especie u origen. En los restaurantes, apenas el 28% del personal pudo informar adecuadamente sobre qué tipo de calamar estaba sirviendo.
La comparación entre Milano y Bruselas muestra que, aun con ciertos avances, ambas ciudades mantienen una conformidad irregular con la normativa comunitaria. Cerca del 71% de los productos etiquetados como procedentes del Atlántico nororiental o del Mediterráneo resultaron ser en realidad especies capturadas en el PacÃfico o en el Atlántico sudoccidental, revelando errores graves —o directamente engaños— en la información al consumidor.
El estudio también confirma una tendencia que ya advierten organizaciones y especialistas: aunque los consumidores italianos prefieren calamar capturado localmente, la mayorÃa del producto que llega al mercado proviene del exterior.
Según los análisis genéticos realizados por el FishLab de la Universidad de Pisa, más del 85% del calamar vendido en Italia tiene origen en aguas no europeas. En muchos casos, se trata de capturas provenientes del Atlántico sudoccidental y del PacÃfico sudoriental, zonas donde operan flotas asociadas a prácticas de escasa trazabilidad, debilidades regulatorias e, incluso, antecedentes de trabajo forzado y pesca ilegal.
Entre las especies más frecuentes se encuentran el calamar argentino, el calamar indio y el calamar volador gigante, todas vinculadas a operaciones pesqueras que requieren mayor control internacional.
La legislación europea exige que el pescado fresco y congelado incluya información sobre especie, zona de captura y artes utilizadas. Pero estas obligaciones no alcanzan a la mayorÃa de los productos preparados o conservados, ni a los alimentos servidos en restaurantes y servicios de catering. Esta brecha normativa permite que una parte importante del mercado opere sin la transparencia necesaria para garantizar trazabilidad y responsabilidad.
“Sin un etiquetado claro, los consumidores de Milano terminan tomando decisiones a ciegas. Corren el riesgo de comprar especies importadas desde el otro lado del mundo pensando que son localesâ€, advirtió Marine Cusa, consultora polÃtica de Oceana en Europa. La organización sostiene que los calamares —una de las especies más vulnerables a cadenas de suministro opacas— requieren controles más estrictos y obligatorios.
Con base en sus hallazgos, Oceana reclama que la Unión Europea revise y actualice el reglamento del mercado pesquero para asegurar información completa y obligatoria en todo tipo de productos. La ONG destaca la necesidad de incluir detalles básicos en productos procesados, exigir datos también en restaurantes y revelar el Estado de bandera de los buques que capturan calamar y otras especies silvestres.
Según el informe de Oceana, el daño que padecen quienes se esfuerzan por convertir la pesca en un vector de desarrollo sostenible queda injustamente eclipsado por flotas enteras que operan al margen de todo control efectivo, incluso sin mecanismos claros de verificación de ingreso a la Unión Europea.
En la zona FAO 41, la pesca ilegal comparte sin pudor los mismos mercados internacionales de consumo con pesquerÃas que, sometidas a fiscalización estricta por organismos ad hoc y a marcos normativos y buenas prácticas propias de administraciones responsables —como la argentina y la peruana—, invierten recursos, tiempo y reputación en procesos de mejora para certificar su producto y diferenciarse.
Esa asimetrÃa es inaceptable: mientras unos cargan con auditorÃas, trazabilidad, observadores a bordo y costos crecientes, otros depredan “aguas afuera†con impunidad, amparados por la indiferencia o la protección directa de sus propios gobiernos. Y en ese escenario, las flotas de ultramar —chinas, coreanas, taiwanesas y de otros paÃses— no solo compiten: distorsionan, degradan y ensucian el mercado, arrastrando a todos a un contexto donde el cumplimiento parece una desventaja y la ilegalidad, un atajo rentable.
La organización señala que, sin normas más exigentes, se pierde la trazabilidad y disminuye la capacidad de autoridades, cientÃficos y periodistas para verificar la legalidad y transparencia de la cadena pesquera. En un mercado donde el 79% del calamar que consume Europa es importado —con Corea del Sur, Taiwán, India, China, Marruecos y las Islas Malvinas como principales proveedores—, la información precisa deja de ser un lujo y pasa a ser un requisito esencial para un consumo responsable.









