La merluza negra entró en Chile en una fase científica de alta exigencia. Un equipo del Laboratorio de Piscicultura y Patología Acuática del Departamento de Oceanografía de la Universidad de Concepción consiguió mantener con vida ejemplares silvestres en cautiverio, estabilizar un stock y avanzar hacia el estudio de su maduración reproductiva, un umbral decisivo para comprender la biología de la especie y abrir, con base experimental, nuevas perspectivas para el manejo pesquero y la acuicultura.
La relevancia del avance surge de la propia naturaleza del recurso. La Dissostichus eleginoides, conocida en la Argentina como merluza negra y en Chile también como bacalao de profundidad, habita aguas frías y profundas a lo largo de un amplio gradiente batimétrico, entre los 50 y los 3.800 metros. Es una especie de alto valor comercial internacional, con destinos de exportación como China, Singapur, Corea del Sur y México, y al mismo tiempo una de las más sensibles por su biología: crecimiento lento, madurez tardía y una dinámica poblacional que exige administración rigurosa.
Esa complejidad explica el marco en el que se inscribe el proyecto chileno. La presión pesquera llevó en años anteriores a que la especie fuera considerada sobreexplotada, con la posterior implementación de cuotas globales de captura para resguardar su sostenibilidad. Sobre ese telón de fondo, la posibilidad de estudiar su reproducción bajo condiciones controladas adquiere una dimensión que excede el interés académico: aporta conocimiento para una pesquería estratégica y para una especie cuya conservación depende de decisiones cada vez más precisas.
La iniciativa actual se apoya, además, en una decisión institucional concreta. La Subsecretaría de Pesca y Acuicultura de Chile autorizó a la casa de estudios a realizar una pesca de investigación destinada a capturar ejemplares vivos, aclimatarlos en cautiverio y conformar un stock inicial de reproductores. Allí quedó definido el corazón del programa: construir las condiciones biológicas y técnicas para pasar de la supervivencia postcaptura a una fase de investigación reproductiva sostenida.
El desafío operativo fue severo desde el inicio. La captura de merluza negra en mar abierto implicó trabajar a grandes profundidades —alrededor de 1.200 metros— y afrontar los efectos fisiológicos del ascenso, en especial el barotrauma. A ese cuadro se sumaron interferencias de fauna marina, con presencia de lobos marinos, tiburones y orcas durante las maniobras. El operativo, desarrollado entre agosto y diciembre, incluyó la captura, el transporte y la aclimatación de peces vivos hasta los estanques ubicados en Dichato, en la Región del Biobío, en el marco de un proyecto financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo a través de FONDEF, con apoyo de Salmones Antártica S.A. y Pesquera Litoral.
El dato central es que el equipo logró conformar un stock estable de ejemplares vivos en cautiverio, incluso con individuos de más de siete kilos, un rango asociado al inicio de la madurez gonadal. Superada la etapa crítica posterior a la captura, los peces presentan buen estado sanitario, comportamiento alimentario activo, adecuada condición física y ausencia de mortalidad reciente. Ese resultado desplaza el foco de la investigación hacia una plataforma experimental para estudiar procesos biológicos que hasta ahora permanecían en una zona de conocimiento limitada.
Ese corrimiento tiene un peso científico específico. La reproducción de la merluza negra sigue siendo uno de los capítulos menos resueltos de su biología. Estudios previos realizados en Chile permitieron estimar tallas medias de maduración y delimitar algunos rasgos del ciclo reproductivo natural, pero el acceso a ejemplares vivos en condiciones controladas abre una instancia distinta: observación directa de la maduración, evaluación fisiológica continua y generación de información integrada sobre crecimiento, condición corporal y activación reproductiva.
En esa nueva etapa se concentrará el trabajo de 2026. Los investigadores proyectan realizar análisis de maduración gonadal mediante ecografía, estudios hormonales, mediciones de crecimiento, evaluaciones de condición corporal y muestreos sanguíneos. A la vez, el programa abre una línea todavía más fina y ambiciosa: el estudio de la expresión genética de marcadores moleculares vinculados a la activación de la pubertad, tanto a nivel cerebral como gonadal, un terreno prácticamente inexplorado en esta especie.
La dimensión del avance quedó expuesta también en la valoración de los propios investigadores. Alberto Reyes, integrante del equipo, describió la complejidad operativa del proceso y remarcó que, pese a las dificultades de captura y al impacto del cambio de presión, fue posible consolidar un plantel vivo con ejemplares de gran tamaño. Ariel Valenzuela, director del proyecto, situó el logro en una escala mayor al señalar que este conjunto de peces constituye la base para los primeros análisis reproductivos en cautiverio. Sebastián Escobar, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile, subrayó el valor de la línea genética que se abre a partir de esta experiencia, mientras que Ciro Oyarzun puso el foco en la importancia de conocer los procesos larvarios y de crecimiento para futuros planes de cultivo y para medidas de conservación.
La trascendencia del avance reside precisamente en esa doble proyección. Por un lado, mejora la base científica para el manejo responsable de una pesquería sensible y de alto valor estratégico. Por otro, instala una plataforma de conocimiento que, en el largo plazo, podría contribuir a evaluar alternativas de cultivo y a diversificar la acuicultura nacional con criterios de sustentabilidad. En especies de esta complejidad, cada paso técnico reorganiza el horizonte de posibilidades.
La noticia tiene un núcleo claro. Chile consiguió mantener merluza negra viva en cautiverio y abrir una etapa decisiva para estudiar su reproducción. En una especie de aguas profundas, ciclo tardío y fuerte relevancia comercial, ese resultado modifica la escala del problema y también la escala de las respuestas posibles. El proceso seguirá durante 2026 con ajustes en protocolos de alimentación, termoperiodo y bienestar animal para inducir la maduración gonadal. Allí se juega el próximo umbral de una investigación que ya empezó a mover una frontera científica de alcance internacional.






