Mar del Plata tiene una vieja costumbre: navegar contra la corriente. Como el salmón, muchas veces eligió avanzar en sentido contrario al cauce dominante, el objetivo no siempre es el deseado. Lo demuestra en cada elección, cuando define candidatos, conducciones y representaciones para la Nación, la Provincia y la ciudad con un perfil propio, incluso frente a gobiernos centrales de otro signo.
Esa decisión pertenece a la mayoría. La democracia funciona así: una comunidad vota, elige, ordena legitimidad y asume su rumbo.
El problema aparece cuando esa identidad partidaria entra sin filtro en una actividad estratégica como la pesca. Allí, un reclamo productivo puede perder precisión, quedar teñido por la coyuntura política y terminar usado como herramienta de confrontación. Ese desvío empobrece la discusión. La pesca fresquera necesita datos, representación, agenda, estrategia y poder institucional. La consigna llega tarde cuando el daño ya atravesó la línea de flotación.
Un video reciente ayuda a mirar la escena con crudeza. Un profesor expulsa a una alumna frente a toda la clase. Luego pregunta para qué existen las leyes. Los alumnos responden con palabras correctas: orden, derechos, confianza, justicia. El profesor lleva la clase al punto real, todos vieron una arbitrariedad y nadie actuó. La enseñanza queda servida. El silencio también decide.
La pesca fresquera marplatense atraviesa esa misma escena. Durante años vio cómo perdía representación, influencia y centralidad dentro de la política pesquera nacional.
Vio crecer otros intereses. Vio consolidarse agendas de otras latitudes. Vio negociar precio de especies en Vigo o en Barcelona. Vio a cámaras con mayor disciplina de lobby ocupar espacios de decisión. Vio a sus propios referentes históricos administrar poder lejos de la banquina que les dio origen. Vio a la Provincia llegar a la mesa nacional con menor eficacia que la exigida por el principal puerto pesquero del país.
Ahora reclama. Por supuesto que nunca es tarde el reclamo cuando lo fundamentan quienes lo padecen. El reclamo tiene base en la industria. La flota fresquera opera con costos altos, rentabilidad muy reducida y negativa incluso en algunos costeros que decidieron trabajar por zafras y no todo el año, menor previsibilidad y plantas en tierra con menor continuidad de materia prima. Cada buque que queda amarrado golpea sobre estibadores, fileteros, cámaras, transporte, frío, talleres, proveedores y empleo costero. Cada tonelada que pierde el circuito formal reduce industria, valor agregado y arraigo.
La pregunta de fondo resulta más incómoda: por qué el sector tardó tanto en expresar lo que quería.
La flota fresquera sabe lo que padece, aunque muchas veces carece de lenguaje político para convertir ese padecimiento en una estrategia. Reacciona cuando la crisis ya se hizo visible. Grita cuando otros escribieron parte de las reglas. Reclama cuando las sillas ya están ocupadas. Ese retraso explica una porción del deterioro actual. En política pesquera, el espacio vacío siempre lo ocupa otro.
Durante más de una década, Mar del Plata tuvo empresas con espalda, cámaras con llegada, nombres con peso nacional y una historia productiva e industrial imposible de discutir. Ese capital se fue gastando por comodidad, por cálculo y por fragmentación. Los viejos impulsores de la pesca marplatense construyeron poder desde el fresco, desde el cajón de madera con tapa y gancho de inoxidable, desde la descarga diaria, desde la planta y desde el trabajo en tierra. Luego administraron ese poder con distancia creciente respecto de la base que lo había creado.
Allí aparece una responsabilidad que el sector necesita asumir. La vieja dirigencia empresaria marplatense permitió, por acción u omisión, que el modelo fresquero quedara cada vez más expuesto. Algunos priorizaron negocios individuales. Otros eligieron una diplomacia sin consecuencia. Otros se acomodaron a la rentabilidad del momento. Otros miraron hacia modelos operativos con mayor defensa institucional. El resultado quedó a la vista: la pesca fresquera llegó al presente con menos fuerza para condicionar decisiones nacionales.
La salida de una firma histórica con arraigo marplatense y fundadora de CEPA profundiza esa señal. El dato excede un movimiento interno de cámara. Expone una fractura de representación. Una empresa nacida en la historia pesquera marplatense, al retirarse de un espacio nacional de peso, deja una pregunta institucional severa, ¿quién defiende hoy, con continuidad y poder real, la política pesquera de Mar del Plata, incluso en el sector congelador?.
Ese retiro deja espacio libre. Y el espacio libre se ocupa. Lo ocupan instituciones con mayor decisión política. Lo ocupan puertos con objetivos definidos. Lo ocupan cámaras más ordenadas. Lo ocupan grupos con intereses claros y con otras banderas distintas a la argentina. Lo ocupan actores que entienden que la política pesquera se disputa antes del acta, antes de la resolución y antes del conflicto.
CEPA nació ligada a la historia empresaria marplatense expresando con mayor nitidez a la flota congeladora. Esa evolución tiene peso político. Marca una distancia entre origen y presente. La banquina chica, el fresco, la planta, el cajón, el filetero y la materia prima diaria quedaron con una defensa menor frente a modelos de mayor evolución que consolidaron mejor su representación.
La escena del aula vuelve con fuerza. La estudiante expulsada representa al sector que queda fuera del centro de decisión. Los alumnos que miran representan a quienes detectaron el deterioro y eligieron esperar sin protestar. El profesor representa al hecho que desnuda la verdad, conocer la injusticia carece de valor cuando nadie actúa para impedirla. Levantar la voz oportunamente porr algunos fue interpretada incluso por propios como «tirabombas«. Acá está el resultado.
En la pesca, el fresco fue quedando afuera mientras otros ordenaban el aula. Provincias patagónicas consolidaron poder. Chubut, Puerto Madryn, Rawson y otros nodos construyeron influencia desde la rentabilidad, la organización política y la defensa territorial. ¡No es una crítica, es un halago!. Desterraron a «carcamanes» de la discusión de la política pesquera con anacronismos difíciles de insertar en el actual modelo de demanda mundial de productos de origen marino natural y salvaje argentino. Mar del Plata respondió tarde, dividida y con una representación sin volumen suficiente para sostener su peso histórico. ¿Acaso los representantes de la provincia los denominó el sector representado?.
Entonces, la responsabilidad bonaerense también queda bajo examen. Buenos Aires debía defender con mayor firmeza al principal puerto pesquero argentino. Su silla en el Consejo Federal Pesquero debía funcionar como una posición de defensa técnica permanente del empleo, las plantas, la flota y el valor agregado en tierra. La acumulación de resultados muestra una defensa débil frente al avance de intereses con mejor organización. Buenos Aires en el CFP juega su partido político partidario, el sector shokeado por la realidad no ve que puerta está golpeando para exponer su representatividad, por el momento, parece la puerta equivocada, a las pruebas se remite.
La política partidaria agravó el cuadro. Cuando un reclamo fresquero llega vestido de oposición coyuntural impulsada por la industria naval, pierde espesor y peso sectorial. El problema deja de ser la representación del trabajo, la planta, la flota y el puerto. Pasa a ser una pulseada contra la administración central. Esa lógica convierte una crisis estructural en consigna. Y la consigna carece de capacidad para reparar años de silencio en complicidad con quienes hoy intentan defender los intereses que durante años masacraron.
También hubo permisividad frente a circuitos que lastimaron al procesamiento formal. Materia prima proveniente de puertos sureños alimentó esquemas informales, con controles desiguales y trazabilidad discutible. Las plantas habilitadas, con cargas laborales, inversión sanitaria, personal registrado y exigencias exportadoras, compitieron contra canales que operaron con menor exposición. Allí hubo responsabilidad empresarial, gremial, municipal, provincial y nacional. La frase “al menos hay trabajo” terminó funcionando como coartada para naturalizar una degradación.
El daño se mide en tierra. Un fresquero que descarga en puerto sostiene una economía más amplia que la captura. Activa estiba, planta, fileteado, frío, transporte, envases, reparaciones, combustible, logística y comercio exterior. Ese recorrido justifica una política específica. La merluza fresca procesada en tierra tiene impacto social, industrial y territorial. Ese argumento debió convertirse en poder. Durante años quedó reducido a defensa tardía.
La flota fresquera necesita emergencia, aunque necesita algo más profundo, autodeterminación. Autodeterminación significa saber qué quiere, decirlo con precisión, sostenerlo con datos y defenderlo todos los días desde el corazón representativo de la industria pesquera del fresco. Significa recuperar agenda propia, ordenar voluntades, exigir controles, separar el interés productivo del uso partidario, reconstruir representación bonaerense y disputar presencia real en cada decisión nacional pero sin solapados intereses de participantes de otro sector.
El sector debe dejar de hablar sólo cuando se siente expulsado. La política pesquera se construye antes de la expulsión. Se construye en la mesa, en la técnica, en la estadística, en la ley, en las cuotas, en los permisos, en las actas, en los puertos, en las plantas y en la capacidad de explicar por qué un modelo productivo merece ser preservado.
Los viejos referentes marplatenses deben mirar su propia obra. Fundaron cámaras, levantaron plantas, renovaron flota, abrieron mercados y generaron empleo. También dejaron que el poder se diluyera. Permitieron que otros actores ordenaran la agenda. Toleraron una pérdida progresiva de centralidad. Aceptaron reglas escritas lejos de Mar del Plata. Administraron intereses particulares mientras el fresco perdía voz colectiva. Permisividad mientras no se toque su interés.
El reclamo actual puede servir si se convierte en reconstrucción. Debe abandonar el grito tardío y transformarse en un programa sólido, alineado, claro, contundente. Debe ordenar responsabilidades, nombrar omisiones, revisar pactos silenciosos, exhibir circuitos opacos, recuperar representación y reconstruir una política pesquera marplatense con vocación nacional.
La escena del profesor deja una pregunta final para la flota fresquera. Si todos vieron cómo el sector perdía espacio, materia prima, influencia y poder, por qué tantos permanecieron sentados y callados. Esa respuesta será dura. También será indispensable. La pesca fresquera puede pedir emergencia. Debe, además, recuperar el gobierno político de su propio destino.
Como siempre, se expone la opinión sobre un pensamiento actual al criterio del lector, anticipando que no son cuatro los puntos cardinales como tampoco siete los colores del arco iris, dejando las consideraciones de ésta temeraria dinámica a su juicio, y sugiriendo que no la desconozca…
Buen domingo para todos..!
Por DMC






