La industria del langostino enfrenta un escenario de márgenes más ajustados, mayor presión regulatoria y competencia internacional creciente. En ese contexto, el informe “100% Shrimp: Full Utilisation – An Industry Guide”, elaborado por la Global Shrimp Forum Foundation (GSFF), plantea un cambio de enfoque , dejar de tratar los restos del procesamiento como un pasivo operativo y transformarlos en una nueva unidad de negocio basada en el aprovechamiento integral de la materia prima.
En la nueva era del reciclado, de la transformación y de la economía circular; sin dudas, para la especie, este es el camino.
Según el estudio, en plantas que producen colas o productos pelados, hasta la mitad del peso del langostino puede convertirse en residuo, un volumen que hoy suele terminar en rellenos sanitarios, incineración o mercados de bajo valor. Además de su impacto ambiental, este esquema genera costos operativos y desaprovecha componentes con alto valor biológico.
El informe aporta una estimación inédita: solo en diez países analizados se generan más de 827.000 toneladas anuales de material residual, principalmente cabezas y caparazones. Estas fracciones concentran proteínas, minerales y quitina, insumo clave para la obtención de quitosano, un biopolímero con múltiples aplicaciones industriales.
Desde una perspectiva productiva, el aprovechamiento de estos subproductos permite diversificar ingresos, amortiguar la volatilidad de precios y mejorar la eficiencia del uso de insumos, como energía y alimentación. El documento identifica oportunidades concretas en tres grandes líneas: harinas y proteínas hidrolizadas para alimentos balanceados y pet food; quitosano para agricultura, tratamiento de efluentes, packaging y aplicaciones farmacéuticas; y desarrollos vinculados a bioplásticos y materiales biodegradables.
Lejos de tratarse de una hipótesis teórica, el informe documenta proyectos industriales en marcha que ya están transformando residuos en productos comerciales, con horizontes de recupero de inversión del orden de cuatro a cinco años, siempre que exista escala, planificación tecnológica y acceso a mercados.
El concepto de “aprovechamiento total” también dialoga con una tendencia regulatoria y comercial más amplia: restricciones al descarte de residuos orgánicos, exigencias ambientales de los mercados internacionales y creciente demanda de insumos de origen sustentable. En ese marco, la valorización integral del langostino comienza a consolidarse no solo como una estrategia ambiental, sino como una decisión económica e industrial de largo plazo mientras en Argentina, todo queda en la etapa de proyectos y en el mientras tanto, desperdicios de exoesqueletos y cabezas de langostinos como descarte de la industria procesadora quedan a cielo abierto o enterrados como si el camino a la solución sea tapar con tierra lo que por el momento sobra.
En las localidades con fuerte presencia de complejos procesadores a gran escala, esa distancia con el mundo no es una abstracción: es una costumbre. Se naturalizó el descarte como rutina operativa y se convirtió la inercia en cultura industrial: montañas de cabezas y caparazones tratadas como estorbo, acopios a cielo abierto, enterramientos “de compromiso” y una tolerancia social a prácticas que, afuera, ya serían inviables por regulación, por reputación y por economía.
Mientras en mercados competidores el residuo dejó de llamarse residuo para convertirse en insumo —con proyectos funcionando, tecnología aplicada, trazabilidad, financiamiento y retornos medibles—, en Patagonia como en universidades marplatenses se repite el libreto de los anuncios inconclusos, proyectos, plantas prometidas que no arrancan, pruebas pilotos que no escalan, estudios que se archivan y una industria que sigue pagando por esconder lo que podría procesar y vender, sumar cadena de valor y aportar en momentos donde la rentabilidad se pone en dudas (al menos para quienes «venden» ese dudoso equilibrio).
El contraste es brutal, donde el mundo cierra cadenas de valor y captura margen con proteínas, hidrolizados y quitosano, aquí se consolida la peor versión del “mientras tanto”; tapar con tierra el valor perdido y aceptar como normal lo que, en términos industriales, es atraso. Una materia pendiente para seguir creciendo en cómo Argentina maneja los propios desperdicios de una industria activa, pujante e innovadora en un ambiente impoluto y como reservorio mundial de belleza, armonía, ecología y respeto a la biodiversidad del aire, tierra y mar.






