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    Comercio Internacional

    La pesca mira adentro mientras el mundo cambia las reglas

    PescarePor Pescare9 de marzo de 20267 Minutos
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    El sector mira su propio quehacer, cuotificacion de langostino, cuotificacion de langostino, administracion de partes, nuevos esquemas de participacion, etc., etc., etc., pero hoy el eslabon mas debil es como les va a nuestros clientes. El cambio abrupto del comercio mundial por el impacto del conflicto de Medio Oriente parece dormido frente a los ojos del sector. Llegan las primeras consecuencias.
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    El dato más inquietante del nuevo escenario internacional no reside solamente en la suba del petróleo, en el salto del gas europeo o en el encarecimiento de los fletes. La señal de fondo es otra, mucho más severa: el comercio mundial empieza a redefinir las condiciones elementales bajo las cuales una actividad exportadora puede seguir siendo rentable. Allí, en ese punto exacto, es donde la pesca argentina corre el riesgo de quedar desfasada respecto del tiempo histórico que ya empezó a correr y que el armador argentino está más preocupado por la apertura vertical de la red de arrastre para poder embolsar mayor cantidad de calamar que de la realidad logística comercial y exportadora inminente y hacia adelante.

    Entre el inicio de la escalada bélica y el 9 de marzo, el Brent llegó a operar por encima de los US$ 119 por barril en la noche de hoy, mientras el gas europeo en el mercado TTF exhibió un salto de magnitud. La energía volvió a convertirse en el gran ordenador de costos del sistema económico internacional y Europa, dependiente del gas importado y del crudo externo, quedó expuesta a una presión que trasciende el plano industrial y empieza a filtrarse sobre el consumo, la inflación, la distribución y la capacidad real de compra. Cuando sube la energía, se encarece producir. Pero cuando además se debilita la demanda, se altera algo todavía más decisivo, la posibilidad misma de sostener negocios rentables en los mercados de destino.

    La vulnerabilidad europea tiene una raíz estructural conocida. Por el Estrecho de Ormuz circula una porción decisiva del comercio energético mundial, de modo que cualquier alteración sobre ese corredor impacta sobre el precio del gas, del petróleo, de los seguros, del transporte y de toda la arquitectura de abastecimiento. Ese encarecimiento no golpea sólo a las refinerías o a las usinas, golpea al consumidor final, que empieza a destinar una porción mayor de sus ingresos a energía, combustibles y gastos básicos. Y cuando eso ocurre en las principales sociedades compradoras, el consumo se enfría, la rotación se ralentiza y el importador se vuelve más defensivo.

    Ormuz sacude el comercio mundial

    Ese es el corazón del problema para la pesca argentina hoy y en caso de continuar este conflicto bélico, hacia adelante. No se trata sólo que el costo de cámaras de frío en España o el norte de Italia cueste más. Se trata de que el mercado compre menos, ajuste costos, reduzca stock y transfiera sus inconvenientes directamente al productor de origen.

    Una economía europea presionada por el encarecimiento energético puede derivar en un cuadro de inflación persistente con crecimiento y consumo muy debilitado, es decir, una forma de estanflación que erosiona poder adquisitivo, endurece las decisiones de compra y obliga a toda la cadena comercial a operar con mayor cautela. En ese contexto, pescados y mariscos dejan de venderse en un mercado dinámico para pasar a ofrecerse en un mercado que mira precio, plazo, rotación, tiempos de entrega y costo financiero con una severidad creciente.

    La consecuencia es directa. El importador compra menos, compra más tarde o compra bajo otras condiciones. Evita inmovilizar mercadería, reduce cobertura, posterga cierres y procura no asumir el costo de sostener stock en cámaras propias cuando el consumo no ofrece señales firmes de absorción. El abastecedor logístico europeo cuida caja, preserva estructura y traslada presión hacia atrás.

    Allí, una parte del costo empieza a recaer sobre el exportador de origen, (en este caso el argentino) que no sólo debe producir y colocar, sino también resistir tiempos más largos, costos de fletes onerosos e incertidumbre cierta del arribo de la mercadería, conservar los productos en el mercado local y absorber una rentabilidad cada vez más ajustada. Una ecuación difícil, que inexorablemente pasa a la bodega, siempre en última instancia la receptora de todos los ajustes.

    En productos pesqueros, ese corrimiento resulta especialmente delicado. El pescado no viaja solo, viaja con frío, con tiempo, con energía, con financiamiento y con riesgo. Cada día de demora vale dinero. Cada jornada de cámara de congelado en Europa pesa sobre la cuenta. Cada semana sin rotación erosiona margen. Por eso, cuando el consumo en destino se debilita, toda la cadena genera presión. El problema deja de ser puramente operativo y se transforma en un problema económico integral.

    A la vez, la suba de la energía no actúa sola. También empuja fletes, seguros, insumos industriales y fertilizantes, que a su vez presionan sobre alimentos, costos productivos y precios globales. Cerca de la mitad de la urea comercializada en el mundo atraviesa Ormuz, lo que introduce otra perturbación sobre la estructura de costos internacionales. La guerra no encarece una sola variable, encarece el sistema. Ergo, las actividades exportadoras dejan de depender sólo de la abundancia del recurso o de la eficiencia en planta. Empiezan a depender de algo más complejo, la capacidad de insertarse en mercados que todavía puedan comprar con fluidez pero inexorablemente la correctiva los condicionará.

    Es en ese punto donde la crítica al presente sectorial argentino se vuelve inevitable. Mientras el mundo empieza a discutir, de hecho, cuáles son las bases materiales de la rentabilidad, aquí buena parte de la conversación sigue absorbida por la cuotificación del langostino, por el reparto interno de posiciones y por el resplandor político o empresario de las luces en escenarios de cabotaje. La desconexión entre la discusión local y la vertiginosa mutación del comercio mundial empieza a ser demasiado visible como para que el empresario no lo capte.

    La cuestión no consiste en negar la importancia de esos debates. La cuotificación del langostino tiene densidad económica, política y empresaria. El cabotaje también integra una agenda legítima de intereses. Pero el problema aparece cuando esos asuntos ocupan casi todo el campo visual mientras afuera cambian las condiciones bajo las cuales el negocio puede seguir existiendo o no, dependiendo de costos que impactarán sin dudas sobre la renta. La salida no será de nuevo un ajuste al trabajador como enmienda por no ocuparse a tiempo de la problemática empresaria, exportadora y comercial.

    Discutir distribución interna de valor mientras se modifica la estructura externa que hace posible generarlo constituye, en el mejor de los casos, una miopía. En el peor, una distracción estratégica.

    La rentabilidad pesquera del próximo tiempo ya no dependerá solamente de cuánto langostino haya, de quién capture, de quién procese o de qué esquema administrativo prevalezca. Dependerá también de variables más ásperas y menos domesticables, costo de la energía, viabilidad logística, capacidad financiera para soportar demoras, conducta del importador, temperatura del consumo en Europa y resistencia de las cadenas comerciales a un escenario de estanflación. El recurso puede existir y, aun así, el negocio deteriorarse. Ese es el punto que debería encender todas las alarmas.

    La primavera europea añade un elemento de sensibilidad adicional. En esa fase del calendario cambian hábitos de compra, ritmos de reposición y decisiones de almacenamiento. Si el encarecimiento energético persiste y la economía del consumo pierde dinamismo, el mercado tenderá a protegerse. No habrá vocación por cargar sobre estructuras propias un frío caro para mercadería de salida incierta. Y cuando eso pase, la presión volverá a trasladarse hacia el proveedor. Más espera, más inmovilización, más riesgo, menos margen.

    Por eso, no ocuparse del futuro inmediato puede ser un error estratégico. No por una razón abstracta ni por un ejercicio de prudencia teórica, sino porque el escenario del comercio mundial que se está configurando ya empezó a redefinir qué actividades conservan componentes rentables y cuáles ingresan en zonas de vulnerabilidad. La pesca argentina, intensiva en energía, logística, tiempo y mercado externo, debería estar leyendo ese mapa con máxima atención.

    La discusión sectorial no puede agotarse en la administración de la coyuntura interna mientras el mundo altera la ecuación completa del negocio. El brillo de las luces propias puede resultar seductor, pero no ilumina el tamaño de la tormenta que se está formando afuera. Y en comercio exterior, ignorar a tiempo los cambios del contexto suele costar mucho más que cualquier disputa doméstica.

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