En Chile, el salmón dejó de ser un rubro “sectorial, y artesanal” para convertirse en un indicador país. En 2025, la salmonicultura exportó USD 6.550 millones, un 3% más que en 2024, y fue cerca del 6% de las exportaciones totales chilenas; además, los salmónidos se ubicaron como el segundo producto exportado del país, sólo detrás del cobre. No es poca cosa. Producción, industria, manufactura y exportación.
Cuando en Chile se habla de “salmón”, en realidad se habla de un conjunto de salmónidos de cultivo con perfiles distintos, que condicionan costos, ciclos y mercados.
El Salmón Atlántico o “salar” (Salmo salar). Es la columna vertebral del negocio exportador. En consumo suele asociarse a carne rosada, textura compacta y mayor tenor graso relativo (muy buscado para preparaciones frescas, sushi y sashimi). Aunque su origen natural es el Atlántico Norte, la industria lo adoptó como “estándar” global de volumen.
El Salmón coho o “plateado” (Oncorhynchus kisutch). Es un salmón del Pacífico. En general ofrece una carne de tono anaranjado, con una sensación grasa más moderada que el salar. Comercialmente se mueve muy bien en porciones y congelado, y en Chile ocupa un lugar clave para completar la canasta exportadora.
Trucha arcoíris (Oncorhynchus mykiss). Aunque se la nombre como “trucha”, integra el mismo universo comercial de salmónidos. En Chile suele quedar en un tercer escalón de participación, pero es relevante para ciertos formatos y destinos principalmente en filetes de hasta 1.5 kilos.
Las semejanzas de los modelos productivos de estas especies llevaron a la acuicultura de Chile a los máximos estándares internacionales, tanto el Salar, coho y trucha arcoíris son eurihalinos: combinan fases en agua dulce y en agua salada. Esa biología obliga a una cadena productiva dual (hatcheries/alevinaje y engorde marino) y explica por qué la discusión sanitaria, ambiental y logística pesa tanto como el precio internacional.
Diferencias que sí importan. En la góndola, el salar tiende a ser más “untuoso” y graso; el coho, más firme y magro. En el ciclo de vida, existen diferencias de comportamiento reproductivo (que en ambiente natural se traducen en estrategias distintas de retorno y desove), pero para el consumidor la brecha real suele definirse por manejo postcosecha, frescura y tipo de preparación.
Con esa aclaración hecha, se entiende mejor la foto dura del comercio, el salmón Atlántico (salar) concentró el 72% de las exportaciones chilenas; el coho, el 23%; y la trucha, el 5%. Por mercados, Estados Unidos compró el 40% del valor exportado, seguido por Japón (17%) y Brasil (13%).
El otro dato estructural es la concentración, cuatro compañías representaron el 50% de las exportaciones salmoneras de Chile y las 10 principales, el 78%. Es un esquema típicamente “productivo-industrial”, donde escala, financiamiento y permisos definen quién puede crecer y a qué ritmo.
Noruega como marca a alcanzar, cuota global, ritmo y potencia exportadora
A nivel mundial, la “liga mayor” se juega entre Noruega y Chile. Según datos informados, en 2025 ambos países concentraron cerca del 77% de la producción global de salmón, con participaciones aproximadas de 46,4% para Noruega y 30,5% para Chile. En el último año, Noruega incrementó su cosecha 12% interanual y Chile 14%.
Pero el diferencial aparece al mirar tendencia, en los últimos cinco años, Chile habría crecido en promedio 2% anual versus 4% anual de Noruega, lo que ayuda a entender por qué en Chile ya se habla de planes de largo plazo para sostener competitividad.
En exportaciones, la escala noruega también marca la diferencia. Con datos del Norwegian Seafood Council, Noruega exportó en 2025 un total de 2,8 millones de toneladas de productos del mar por el equivalente a USD 17,47 mil millones (récord), un 4% por encima de 2024. En ese marco, las exportaciones de salmón (específicamente) alcanzaron 1.414.909 toneladas por el equivalente a USD 12,01 mil millones, cifra que, medida en ‘potencia exportadora’, coloca a Noruega varios escalones por encima del resto de los países productores.
Incluso en destino de ventas se nota la ventaja de diversificación, para el conjunto de productos del mar noruegos, los mayores mercados de 2025 fueron Polonia, Estados Unidos y China; y Estados Unidos llegó a representar 9% del valor total, la mayor participación desde 1989.
Argentina, con una acuicultura chica pero con tasas que hablan del crecimiento constante y como modelo de rebalse de Chile, donde emprendimientos importantes en varias provincias sureñas son inversiones de capital chileno, que con su know how, mercado y calidad de agua de nuestro país, la ecuación da para grandes inversiones y desafíos que lamentablemente la mayoría de los grupos económicos argentinos no alcanzan a ver.
Si Chile muestra lo que ocurre cuando la acuicultura se vuelve “macro”, Argentina muestra por qué la acuicultura queda muchas veces en voz baja, el Mar Argentino y la pesca de captura dominan la economía sectorial. La cadena pesquera argentina está fuertemente orientada al mercado externo, donde las exportaciones en los últimos años rondaron los U$S 2000 millones mientras el origen de las mismas es la captura salvaje y natural del Atlántico Sur y difícil de superar siendo la cuarta parte de lo que exporta Chile con la acuicultura.
Ahí está el punto clave, con semejante máquina exportadora basada en recurso salvaje y natural, la acuicultura compite contra un “gigante inmediato”. Sin embargo, cuando se miran los datos propios de cultivo, la historia cambia de tono, en 2024 la producción acuícola argentina alcanzó 12.175,37 toneladas, con un crecimiento de 120,74% respecto de 2023.
Esa expansión, hoy, tiene una matriz muy concentrada. La trucha arcoíris (Oncorhynchus mykiss) representó el 86,99% de la producción nacional, con 10.591,20 toneladas, y el pacú (Piaractus mesopotamicus) aportó el 11,39% (1.387,18 toneladas). Por regiones, la Patagonia Norte explicó el 86,97% del total (Neuquén 51,92% y Río Negro 34,83%), mientras el NEA aportó 11,18% (con Misiones 8,08% y Chaco 3,09%).
En comercio exterior acuícola, también hay números que sirven para dimensionar: en 2024 las exportaciones argentinas de trucha de cultivo sumaron 3.429,25 toneladas por USD 19,683 millones FOB, con subas de 327% en valor y 335% en volumen versus 2023. Y un detalle muy “de mercado”: Chile y Estados Unidos concentraron juntos el 95% del volumen exportado (71% y 24%, respectivamente).
Conclusión, dos modelos, un contraste, y una oportunidad argentina sin “techo”
Chile ya discute cómo sostener una industria que pesa 6% de sus exportaciones nacionales, con canasta definida (72% salar, 23% coho, 5% trucha) y mercados ancla (EE.UU. 40% del valor). Noruega, en paralelo, marca el benchmark global con 46,4% de la producción mundial y cifras exportadoras que, sólo en salmón, llegan a más de USD 12 mil millones. (6 veces las exportaciones de total del complejo exportador pesquero argentino en una sola especie).
Argentina, en cambio, tiene una paradoja, potencial acuícola sin techo, es ilimitado su potencial, pero una agenda pública y financiera absorbida por el rendimiento del caladero y la pesca exportadora tradicional. Precisamente por eso, la acuicultura local no debería leerse como “competencia” de la pesca, sino como seguro estratégico, estabilidad de oferta, construcción de marca, valor agregado y expansión territorial, además de especies con precios varias veces superior a las especies ofrecidas por el mercado argentino. Y los datos duros del 2024 (12.175 toneladas; +120,74%) indican que, cuando se alinean condiciones económicas, precio, demanda y previsibilidad, la curva de inversión aparece.






