La imprudencia también puede tener costo público. En medio de un temporal severo, con alerta meteorológica vigente y prohibiciones operativas por condiciones de mar y viento, dos hombres ingresaron al agua frente al Torreón del Monje, en Mar del Plata, para practicar parawing. La decisión terminó con intervención de Prefectura Naval Argentina, despliegue de medios de emergencia y una denuncia formal ante la Justicia.
El episodio ocurrió cuando el Centro de Gestión de Tráfico Marítimo local recibió el aviso de un empleado de un club náutico. Según esa comunicación, dos deportistas que habían salido con tablas tipo parawing se encontraban con dificultades para regresar a la costa. Las condiciones hidrometeorológicas vigentes habían convertido la actividad náutica en una maniobra de alto riesgo.
La respuesta fue inmediata. Prefectura Naval Argentina activó un protocolo de emergencia que incluyó el desplazamiento de una embarcación semirrígida, patrulleros terrestres y el alistamiento del guardacostas GC-66 Río Luján, previsto para intervenir ante una eventual operación de rescate de mayor complejidad.
Los dos hombres, de 53 y 47 años, lograron arribar a la costa y fueron recibidos por personal de Prefectura. Allí se constató que se encontraban en buen estado de salud, por lo que resultó innecesaria la asistencia médica. La emergencia personal terminó sin lesiones. La emergencia personal terminó sin lesiones. Lo que quedó abierto fue un problema mucho más serio; que el Estado haya debido movilizar recursos, embarcaciones y personal en pleno temporal por una conducta irresponsable debería derivar, como mínimo, en la imputación de todos los costos del operativo a quienes provocaron esa intervención evitable.
Porque el riesgo mayor quedó del lado de quienes debieron asistirlos. Una vez finalizada la intervención, la embarcación de Prefectura tuvo que regresar a su base en medio de ráfagas intensas y oleaje severo. La maniobra expuso a la dotación y al medio naval a condiciones críticas generadas por una decisión individual incompatible con el escenario meteorológico vigente; así queda expuesto que sea el bolsillo el órgano más inteligente para la toma de decisiones.
El caso deja una lectura elemental, primaria, en un temporal, el mar deja de ser un espacio deportivo y se convierte en un sistema de riesgo. Quien ingresa al agua bajo alerta vigente compromete su vida, activa recursos públicos, expone a rescatistas y desplaza capacidades que podrían ser necesarias para una emergencia inevitable.
La conducta fue denunciada por la Autoridad Marítima. La intervención quedó en manos de la Unidad Fiscal de Mar del Plata, cuyo fiscal de turno dispuso la toma de declaraciones testimoniales y la elevación de las constancias correspondientes al operativo desplegado por Prefectura.
El hecho ocurrió en un contexto especialmente sensible. Durante las últimas jornadas, el litoral marítimo bonaerense soportó fuertes vientos, crecidas de marea, daños en infraestructura costera y condiciones de navegación restringidas. En ese cuadro, ingresar al mar para practicar una actividad náutica de superficie excede la temeridad recreativa y alcanza una forma de irresponsabilidad grave.
La libertad deportiva termina cuando una decisión individual expone la vida propia y la de terceros. Durante más de una semana, el Servicio Meteorológico Nacional y la Prefectura Naval Argentina habían advertido sobre condiciones severas de viento y mar, con prohibición de actividades marítimas, náuticas y deportivas. Ignorar ese cuadro fue una falta ciudadana y de pésimo sentido común.
La épica personal frente al temporal dura pocos minutos; el peligro real queda en manos de quienes deben salir a buscar al imprudente.
En este caso, dos adultos tomaron una decisión evitable y obligaron a movilizar personal entrenado, embarcaciones y recursos institucionales en un mar que ya había dado señales suficientes de peligrosidad.
Parafraseando a Albert Einstein, que alguna vez ironizó sobre la dificultad de medir la estupidez humana frente a la inmensidad del universo, este episodio ofrece una versión costera y brutalmente concreta de esa idea, ante un mar embravecido, con alerta vigente y rescatistas obligados a exponerse por una aventura absurda de dos inconscientes, la ignorancia deja de ser una limitación privada y se transforma en peligro público. Sin dudas, la estupidez humana, no tiene límites Sr.Einstein…






