La muerte del jefe de máquinas del BP Arbumasa XVII en Puerto Madryn se suma a una serie de emergencias cardiovasculares registradas durante los últimos meses en la actividad pesquera. Aeroevacuaciones, asistencia médica a distancia y fallecimientos vuelven a poner en primer plano un reclamo que lleva tiempo planteado ante la Prefectura Naval Argentina: que los pesqueros de bandera nacional cuenten obligatoriamente con desfibriladores externos automáticos (DEA).
La actividad pesquera volvió a quedar atravesada por una noticia dolorosa. Un tripulante del BP Arbumasa XVII falleció este jueves luego de sufrir una descompensación cuando la embarcación realizaba las maniobras de ingreso y amarre en el Muelle Almirante Storni de Puerto Madryn.

El trabajador se desempeñaba como jefe de máquinas y, de acuerdo con la información conocida inicialmente, habría sufrido un infarto. Personal sanitario presente en el sector portuario acudió inmediatamente y realizó maniobras de reanimación cardiopulmonar durante varios minutos, aunque los esfuerzos no consiguieron revertir el cuadro.
El episodio vuelve a colocar sobre la mesa una problemática particularmente sensible para quienes desarrollan su actividad en el mar: la respuesta frente a una emergencia cardiovascular cuando un buque se encuentra a decenas o incluso cientos de millas de un centro de atención médica.
No se trata de una situación desconocida para la flota. Durante 2026, distintos episodios registrados a bordo de pesqueros obligaron a desplegar complejos operativos sanitarios y, en otros casos, tuvieron desenlaces fatales.
Uno de los antecedentes más recientes ocurrió en agosto a bordo del BP Magdalena. Un tripulante argentino de 47 años comenzó a presentar dolor en el pecho y un cuadro de hipertensión mientras el pesquero se encontraba afectado a la pesca de langostino en aguas nacionales, inicialmente a unas 105 millas náuticas de la costa de Chubut.
Tras una primera radioconsulta médica se indicó medicación, reposo y desembarco, pero la persistencia de los síntomas derivó en una segunda evaluación y en la decisión de concretar una aeroevacuación.
Prefectura desplegó un avión y un helicóptero, mientras el pesquero puso proa hacia la costa para reducir la distancia. El encuentro finalmente se produjo a unas 41,5 millas náuticas de Punta Ninfas. El trabajador fue izado mediante una canasta sanitaria y trasladado a tierra, donde quedó internado en cuidados intensivos.
Un cuadro similar se había producido el 25 de mayo en el BP Bogavante Segundo, cuando un tripulante de 45 años sufrió fuertes dolores en el pecho y abdomen mientras el buque operaba sobre langostino fuera de la Zona de Veda Permanente de Juveniles de Merluza.
La radioconsulta determinó un diagnóstico presuntivo de dolor precordial e hipertensión arterial. Ante la necesidad de atención hospitalaria, Prefectura dispuso una aeroevacuación que pudo concretarse durante la mañana, cuando el pesquero se encontraba aproximadamente a 12 millas náuticas de Viedma.
En ambos casos, la posibilidad de aproximar las embarcaciones hacia la costa y desplegar medios aeronavales permitió reducir los tiempos hasta el acceso a una atención médica de mayor complejidad.
Pero no todas las emergencias registradas este año tuvieron el mismo desenlace.
El 25 de abril, Matías Oscar Vilchez, de 37 años, fue hallado sin vida a bordo del BP Don Nicola cuando el pesquero se encontraba a pocas millas de arribar al puerto de Mar del Plata.
El trabajador había permanecido bajo seguimiento médico remoto durante la navegación luego de que desde el buque se informara inicialmente un cuadro que había sido considerado estable.
La autopsia conocida días después determinó que el fallecimiento se produjo por un paro cardíaco derivado de un aneurisma de arteria pulmonar, incorporando una conclusión médico-forense diferente al cuadro que había podido evaluarse mediante la asistencia sanitaria a distancia.
El caso dejó expuesta nuevamente una de las particularidades de la medicina en el mar: la distancia condiciona la respuesta y obliga a trabajar inicialmente con los elementos disponibles a bordo, los síntomas transmitidos por la tripulación y las indicaciones impartidas mediante radioconsulta.
La discusión sobre la disponibilidad de elementos para responder ante una emergencia cardíaca no es nueva.
En enero de 2025, la Asociación Argentina de Capitanes, Pilotos y Patrones de Pesca presentó ante el Prefecto Nacional Naval una solicitud formal para que se estableciera la obligatoriedad de contar con un Desfibrilador Externo Automático (DEA) en todos los buques pesqueros de bandera argentina.
El planteo fue impulsado por el secretario general de la entidad, Jorge Frías, luego del fallecimiento de Germán Gustavo Ferro, capitán del BP Euro II, quien sufrió una afección coronaria mientras se encontraba a bordo, poco antes de la zarpada desde Puerto Rawson.
La presentación propuso concretamente que Prefectura estableciera la obligatoriedad del DEA para las embarcaciones pesqueras y desarrollara, además, un protocolo para su utilización por parte de las tripulaciones.
El pedido no surgía por primera vez: la propia Asociación señaló entonces que la incorporación de estos dispositivos ya había sido planteada anteriormente ante la Autoridad Marítima.
Más de un año y medio después, los episodios registrados durante 2026 vuelven a darle actualidad al planteo.
El desfibrilador externo automático es un equipo portátil capaz de analizar el ritmo cardíaco de una persona que se encuentra en paro y determinar automáticamente si corresponde aplicar una descarga eléctrica.
Su importancia radica fundamentalmente en el tiempo
Ante determinados tipos de paro cardíaco, la desfibrilación temprana, combinada con maniobras de reanimación cardiopulmonar, puede incrementar considerablemente las posibilidades de supervivencia. El propio equipo analiza el ritmo y solamente indica o habilita la descarga cuando detecta una arritmia desfibrilable.
Esto no significa que un DEA pueda resolver cualquier infarto o emergencia cardiovascular, ni reemplaza la asistencia médica, la radioconsulta, una aeroevacuación o el desembarco urgente del paciente.
Su incorporación permitiría, sin embargo, sumar una herramienta inmediata durante los primeros minutos de determinados paros cardíacos, precisamente cuando el buque puede encontrarse a varias horas de navegación de un puerto y cuando incluso el despliegue de un helicóptero requiere tiempo, condiciones meteorológicas adecuadas y una distancia compatible con su autonomía operacional.
En tierra, la Ley Nacional 27.159 estableció un sistema de prevención integral de eventos por muerte súbita mediante la instalación y utilización de desfibriladores externos automáticos en determinados espacios públicos y privados de acceso público. La normativa que data del año 2015, fue posteriormente reglamentada y dio origen al Registro Nacional de Desfibriladores Externos Automáticos.
La realidad a bordo presenta, sin embargo, características diferentes. En un pesquero no existe una ambulancia a pocos minutos ni un hospital cercano. La primera respuesta depende necesariamente de quienes integran la propia tripulación.
Las aeroevacuaciones realizadas por Prefectura demuestran la capacidad operativa disponible para responder ante emergencias en alta mar. Helicópteros, aviones, nadadores de rescate, médicos y centros de gestión de tráfico marítimo conforman un sistema que permite alcanzar embarcaciones a decenas de millas de la costa.
Pero también muestran el desafío que impone la geografía. Entre el momento de la descompensación, la comunicación con la Autoridad Marítima, la radioconsulta, la evaluación médica, el alistamiento de las aeronaves, el desplazamiento del pesquero hacia un punto de encuentro y finalmente la evacuación transcurre un período que, frente a determinadas emergencias cardíacas, puede resultar decisivo.
Por eso, el fallecimiento registrado ahora en el BP Arbumasa XVII vuelve a trascender el episodio individual y recupera una discusión pendiente dentro de la seguridad marítima.
La incorporación obligatoria de DEA, acompañada necesariamente por capacitación periódica en reanimación cardiopulmonar, protocolos de utilización, mantenimiento de los equipos y entrenamiento de las tripulaciones, no eliminaría los riesgos inherentes a una emergencia cardiovascular en alta mar, pero suma a la batalla contra el tiempo en momentos críticos en materia cardíaca en alta mar. Una herramienta más para intentar garantizar la vida del personal embarcado.
Sí podría agregar una herramienta crítica durante aquellos primeros minutos en los que, a cientos de kilómetros de tierra, la respuesta depende exclusivamente de los recursos disponibles a bordo.






