La harina de pescado atraviesa un ciclo de demanda sostenida que ya no se explica solo por la lógica de commodities. El mercado está ordenándose alrededor de tres ejes: el crecimiento estructural de la acuicultura, el uso cada vez más estratégico de los ingredientes de origen marino para alimentos balanceados en las dietas, y la disponibilidad finita de materia prima con trazabilidad verificable.
Ese triángulo define precios, contratos, y sobre todo la segmentación entre harinas estándar y harinas con atributos diferenciales, pero además, los recortes y reordenamientos en la sostenibilidad del principal pesquero con destino harina y aceite de pescado, como Perú, ha impulsado una menor oferta y en consecuencia precios al alza y sostenidos.
La FAO ubica a los alimentos acuáticos en el centro de su agenda de “Transformación Azul”, con la acuicultura como plataforma de expansión productiva a escala global. Ese cambio ya es cuantificable: en 2022, la acuicultura superó por primera vez a la pesca de captura en la producción mundial de animales acuáticos (excluyendo algas), con 94,4 millones de toneladas y el 51% del total.
En el mismo año, cerca del 89% de la producción total de animales acuáticos se destinó al consumo humano, mientras que el remanente se orientó a usos no alimentarios, principalmente harina y aceite de pescado. (fao.org)
Ese marco ayuda a entender por qué la harina conserva centralidad, aun cuando las formulaciones evolucionaron. La tendencia dominante es la optimización: baja el porcentaje de inclusión, sube el volumen total utilizado, y crece el rol funcional del ingrediente. En los últimos veinte años, el consumo total de harina de pescado por parte de la acuicultura pasó de 3,2 a 4,1 millones de toneladas, mientras que la inclusión promedio descendió desde niveles cercanos al 23% (2000) a alrededor del 8% (2020).
En términos prácticos, la harina y el aceite aportan densidad nutricional, digestibilidad y atributos de palatabilidad, y cumplen un rol técnico que los formuladores preservan en etapas clave del crecimiento.
El otro vector del mercado es la materia prima. La industria global avanza hacia una matriz más circular y más auditable, con un peso creciente de subproductos provenientes del procesamiento para consumo humano. IFFO documenta que alrededor del 42% de la materia prima utilizada para producir ingredientes marinos proviene de subproductos como cabezas, esqueletos y vísceras. Esta base industrial tiene un efecto directo sobre el abastecimiento, el volumen disponible está condicionado por el ritmo del procesamiento y por la logística de recuperación y conservación de esos subproductos.
En Argentina, esa condición se traduce en un fenómeno nítido: sobredemanda de harina de pescado de origen externo, con foco en harinas certificadas cuyo origen se apoya en subproductos de la industria manufacturera que de a poco parece irse extinguiendo. En ese segmento, la oferta queda atada a una fuente única y material, cabeza, esqueleto y vísceras. La continuidad de abastecimiento depende de la continuidad del proceso y de una cadena de manejo que preserve calidad desde planta hasta la recepción en plantas de conversion de desechos en harina y aceite de pescado.
Mar del Plata concentra el punto neurálgico de esta dinámica por densidad de procesamiento y por estándar, pero además permite la conversión de desechos que de otra manera sería imposible sostener.
La certificación se convirtió en un atributo comercial determinante, eleva exigencias documentales, ordena la trazabilidad y habilita mercados que operan con umbrales de cumplimiento cada vez más altos. MarinTrust, por ejemplo, estructura públicamente su esquema de evaluación sobre materias primas y subproductos aprobados y verificados en auditorías, con criterios de trazabilidad y control asociados.
Por eso, en la plaza local los precios se sostienen y la presión de demanda persiste, el mercado compite por harina con atributos (origen verificable, continuidad, consistencia), producida sobre un flujo de materia prima físicamente limitado. La lectura sectorial es clara, la harina de subproductos certificada dejó de ser un derivado residual de la industria; se consolidó como un insumo premium dentro de un mercado que valora credenciales y repetibilidad tanto como proteína.
La demanda se explica por una convergencia de tracción estructural y restricción de oferta. La acuicultura sostiene un consumo creciente de ingredientes marinos como insumos funcionales, incluso con dietas optimizadas y menor inclusión porcentual, porque la harina y el aceite siguen aportando densidad nutricional, alta digestibilidad y estímulo de palatabilidad en etapas sensibles del ciclo productivo. Esa demanda opera con lógica de continuidad: los formuladores priorizan regularidad, consistencia y desempeño.
Del lado de la oferta, el componente decisivo es la materia prima. La harina certificada basada en subproductos depende de un flujo industrial físicamente limitado: cabezas, esqueletos y vísceras generados por fileteado, H&G y eviscerados. En consecuencia, el crecimiento del consumo no se traduce en expansión automática del volumen disponible, y el mercado ajusta por precio. A ese límite se suma el “costo de estándar”, trazabilidad, segregación de corrientes, control de calidad, logística y auditorías. El resultado es un escenario donde los mayores precios reflejan escasez relativa de harina con atributos y continuidad, y una competencia creciente por el abastecimiento que cumple con requisitos verificables de origen y proceso.
Mar del Plata es el único puerto del litoral marítimo argentino que reprocesa de manera sostenida los desechos de la pesca y del procesamiento industrial para elaborar harina y aceite de pescado. Esa infraestructura integra captura, manufactura y rendering [*] en un circuito contínuo que transforma subproductos (cabezas, esqueletos, vísceras y recortes) en insumos industriales con valor agregado, con impacto directo en abastecimiento, precios y disponibilidad local pero además goza de una certificación internacional que su base y materia prima es de origen de desechos y no de pescado entero, algo que algunos países e industrias comenzaron a requerir como condición sine qua non.
En otros puertos del litoral, aun con volúmenes relevantes de descarga y procesado, la ausencia de un circuito equivalente provoca que una parte significativa de esos desperdicios termine depositada a cielo abierto o enterrada, con pérdida de valor económico y exposición a problemas ambientales y sanitarios asociados al manejo de residuos orgánicos.
El diferencial de Mar del Plata se expresa en capacidad instalada, continuidad operativa y eficiencia en la recuperación de subproductos, tres atributos que sostienen la oferta nacional de harina y aceite y explican por qué el puerto concentra el segmento de mayor estándar Marin Trust después de 70 años de trayectoria.
Subproductos: Valor oculto del mar
MarinTrust es un programa internacional de certificación, orientado principalmente al “back-end” de la cadena de ingredientes marinos (harina y aceite de pescado, e insumos derivados), que verifica dos cosas: (1) que las fábricas que producen esos ingredientes operen bajo requisitos de trazabilidad, legalidad y buenas prácticas, y (2) que las pesquerías o las fuentes de materia prima asociadas cumplan criterios de abastecimiento responsable.
La certificación se obtiene mediante auditorías de fábrica y evaluaciones/verificaciones vinculadas a las materias primas, realizadas por entidades certificadoras independientes aprobadas por el esquema.
Dicha entidad, llevó a Tokio, el 22 de octubre de 2025, un mensaje central para la agenda global de ingredientes marinos, los subproductos ya no son un residuo inevitable, sino una palanca estratégica para sostener oferta, reducir presión sobre pesquerías y acelerar la transición hacia una economía circular con trazabilidad verificable.
Bajo la moderación de su CEO, Francisco Aldon, el taller “Subproducto Mito versus realidad” reunió a referentes de certificación, industria y sostenibilidad (Seafood Legacy, Maz Industrial, ASC Japón y Skretting) para discutir, con enfoque asiático, cómo capturar valor donde antes había merma y complejidad operativa.
Aldon abrió con una cifra que redefine la conversación, los subproductos pueden representar hasta el 70% del pescado fresco. Recuperarlos, subrayó, » exige gestionar una red heterogénea de actores —desde plantas integradas hasta procesadores, supermercados y restaurantes—» , lo que explica la dificultad de asegurar consistencia, control y origen. En ese marco, MarinTrust se posicionó como un vector de ordenamiento, 107 fábricas certificadas ya utilizan subproductos y su estándar ha evaluado más de 120 especies vinculadas a esos flujos.
El caso práctico de México, presentado por Armando Coppel (Maz Industrial), aportó materialidad industrial al debate, cualquier porción no destinada al consumo humano directo —cabezas, vísceras, espinas, recortes, piel, descartes— puede convertirse en ingredientes para balanceados, fertilizantes, alimentos, suplementos o cosmética, con un argumento adicional de peso, en ciertos casos, los subproductos pueden contener igual o mayor potencial bioactivo que las partes comerciales. El volumen potencial es elocuente, con 225 millones de toneladas de producción pesquera en 2024, se estiman 115 millones de toneladas de subproductos posibles. Maz procesa más de 65.000 toneladas anuales, con predominio del atún (63%) y del agua de cocción (17%), transformadas en harina de pescado, harina de hueso, hidrolizados y aceites, entre otros.
Pero la oportunidad convive con fricciones operativas que suelen definir la viabilidad económica. Coppel lo resumió con precisión: el 90% de los subproductos proviene de sus propias plantas; la complejidad está en el 10% restante, que requiere recolección externa y trazabilidad hasta origen, con un dilema frecuente: a veces la logística cuesta más que el subproducto.
Desde la óptica de la demanda, Skretting —a través de la presentación expuesta por Libby Woodhatch en nombre de Job van Mil— colocó el foco donde hoy se dirimen las decisiones de compra, los requisitos para subproductos deben ser equivalentes a los del pescado entero en nutrición, calidad y sostenibilidad. La industria, advirtió, no aceptará insumos asociados a pesca INDNR ni a especies en peligro, y por eso la consigna operativa es contundente: la trazabilidad es clave. En términos prácticos, se necesita una “triple garantía”, mezcla de especies, origen de la pesca y certificación. El dato de tendencia refuerza el cambio estructural, el uso de subproductos en ingredientes base para alimentación de peces en cultivo creció 40% en los últimos años.
Koji Yamamoto (ASC Japón) encuadró el debate en los costos y huellas que definen la acuicultura moderna, el alimento puede representar 50% del costo total de una granja y hasta 80% de la huella de carbono en mariscos, además de riesgos sociales. ASC, explicó, busca objetivos de mejora para ingredientes marinos y exige estándares sociales y ambientales “dos pasos” hacia atrás en la cadena.
En Japón, aunque hay pocas pesquerías de cultivo dentro de programas reconocidos por ASC (FIP, MarinTrust, MSC), el uso de subproductos en ingredientes marinos ya es dominante; 70–80%. El desafío, insistió, » es demostrar bajo riesgo frente a INDNR y especies amenazadas, y pidió a los minoristas empujar activamente el uso responsable de subproductos, como en un futuro cercano aquel que se haga con desechos de las propias plantas manufactureras e industriales de pescados y mariscos«.
Aiko Yamauchi (Seafood Legacy) aportó el contexto japonés, una cultura de economía circular y reciclado consolidada y un debate creciente desde 2013 sobre el rol de subproductos en la alimentación de granjas de cultivo nacionales. Sin embargo, el estándar de la nueva etapa no es solo recuperar desechos, sino es transparentar los origenes de su materia prima.
Persisten desafíos en materia de pesca ilegal, especies en peligro, condiciones laborales, priorización de productos certificados (o equivalentes) y sistemas robustos de trazabilidad. Con una estrategia pública que promueve la acuicultura como industria de crecimiento y exige avances en reciclaje alimentario, Japón aparece también como laboratorio de soluciones, siempre que el mercado asuma su rol en mejoras operativas y transparencia.
En el cierre, la discusión sobre la versión 3 del estándar MarinTrust y la interacción con normas ASC (Farm y Feed) confirmó el punto de llegada del taller, la batalla no es tecnológica únicamente; es de la administración de datos e información. Aldon sintetizó la tesis con un criterio de innovación, trazabilidad avanzada y colaboración entre sectores —pesca para consumo humano y pesca para acuicultura— como condiciones de competitividad. La frase final, más que un eslogan, funcionó como línea editorial del encuentro: “No hay desperdicio: solo recursos mal utilizados”.
[*] Rendering es el proceso industrial por el cual subproductos orgánicos (recortes, vísceras, cabezas, espinas, piel, grasa, etc.) se someten a cocción, separación y secado para obtener ingredientes estables y comerciables como harinas, aceites y otros derivados. En el mundo de ingredientes marinos, “rendering” suele referirse a esa conversión de subproductos de pescado en harina y aceite de pescado (y a veces hidrolizados u otros coproductos), controlando temperatura, tiempo y condiciones sanitarias para asegurar inocuidad y calidad.






