El cierre de la temporada de calamar (Illex argentinus) en la Zona Económica Exclusiva Argentina no solo marca el final de la campaña para la flota nacional, sino que también empieza a reflejarse más allá de las 200 millas, donde la flota extranjera que opera sobre el límite de la ZEEA comienza a reducir su presencia por la estrepitosa caída del recurso.
Las imágenes satelitales de los últimos días muestran una disminución progresiva de buques poteros en la denominada “milla 201”, el área internacional adyacente al límite argentino donde cada temporada se concentra una importante flota extranjera atraída por la calidad y densidad del calamar illex argentinus.
El repliegue no es casual. Responde a la misma dinámica que se observó dentro de la ZEEA: una caída sostenida en la disponibilidad del calamar, particularmente en el tramo final de la campaña.
A medida que el recurso pierde concentración y disminuye su rendimiento, la operación deja de ser rentable, incluso para las flotas que operan fuera de jurisdicción argentina. En ese contexto, comienza el retiro progresivo de los buques que durante semanas formaron el característico “anillo” de luces en el borde de la plataforma.
Este comportamiento refuerza una lectura que ya era compartida por el sector: el stock de calamar disponible en tallas comerciales para el 2026 en esta etapa de la temporada se encuentra prácticamente capturado y agotado en la región.
La actividad en la milla 201 vuelve a poner en foco la presión pesquera que se ejerce sobre los stocks migratorios, especialmente en el caso del Illex argentinus, cuya dinámica trasciende los límites jurisdiccionales.
Sin embargo, en el área de influencia de las Islas Malvinas también se desarrolla una intensa actividad sobre el calamar loligo, una especie clave para la economía pesquera de las islas.
En ese sentido, la temporada 2026 muestra un comportamiento distinto para el loligo, cuyas capturas al promediar abril ya superaron las 38.000 toneladas registradas en toda la campaña anterior, consolidándose como una de las principales fuentes de ingresos en la zona.
Las últimas semanas evidenciaron una mejora en el estado del recurso, con rendimientos superiores a los del año pasado. No obstante, el sector mantiene cautela de cara a la segunda campaña anual, donde suelen registrarse ejemplares de mayor tamaño y valor comercial.
La imagen actual del Atlántico Sur ofrece una síntesis precisa del momento que atraviesa la campaña: menos luces, menor concentración de buques y un repliegue progresivo de la flota. La mayor parte de esas unidades deja el área por el Estrecho de Magallanes o al sur del Cabo de Hornos, en dirección al Pacífico oriental, hacia las aguas situadas frente al Perú y al sur de Islas Galápagos, donde comienza la siguiente etapa de la operatoria. Un grupo menor, en cambio, regresa a sus puertos de origen para tareas de reparación, alistamiento y reabastecimiento, tras cruzar el Atlántico por el sur de Sudáfrica antes de continuar rumbo hacia el océano Índico y el sudeste asiático.
Ese desplazamiento demuestra que el cierre de la temporada dentro de la ZEEA no agota la dimensión real del recurso, sino que la proyecta sobre el espacio adyacente. En pesquerías transzonales o altamente migratorias, el derecho del mar establece que la explotación en alta mar no puede leerse como un fenómeno escindido de la jurisdicción costera: la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar prevé que el Estado ribereño y los Estados que pescan en las aguas adyacentes deben procurar acuerdos para la conservación de esos stocks, y reconoce además un régimen específico de cooperación para las especies altamente migratorias.
Por eso, en una pesquería como la del calamar, el final de la temporada se confirma en el mar, pero también refuerza el interés jurídico, biológico y estratégico del Estado ribereño más allá de la milla 200. Allí no hay derechos soberanos equivalentes a los de la zona económica exclusiva, pero sí un título claro para exigir cooperación, conservación y compatibilidad de medidas de manejo sobre un recurso cuya dinámica no reconoce el límite cartográfico como frontera ecológica.






