Hay tragedias que clausuran una jornada y otras que alteran para siempre la forma en que una comunidad se mira a sí misma. El 17 de abril de 1990, el puerto de Mar del Plata quedó atravesado por una de esas fracturas irreversibles. Los pesqueros Amapola y Angelito desaparecieron en el mar y con ellos se perdieron 16 tripulantes, en un episodio que todavía hoy conserva una potencia emocional, social e histórica intacta.
Aquel día quedó fijado como una herida de escala mayor. La emergencia comenzó en medio de un escenario meteorológico muy adverso, con una maniobra de remolque en curso y una secuencia que, en cuestión de minutos, derivó en la pérdida total de contacto con ambas embarcaciones. El tiempo convirtió esa escena en memoria portuaria, pero jamás la redujo a un dato de archivo. El Amapola y el Angelito dejaron de ser sólo dos barcos, pasaron a nombrar un vacío compartido que a pesar del tiempo, cala hondo en la comunidad marplatense.
En el Angelito iban ocho tripulantes: Carmelo Agliano —patrón de la embarcación—, Daniel Patanía, Alfredo Segura, Hilario Preussler, Ernesto Bolisio, Osvaldo González, Carlos Barbero y Edgardo Balbiano.
En el Amapola iban ocho tripulantes: Roque Trípodi —capitán del barco—, Vicente Di Iorio, Jorge Alberto Lambrecht, Raúl Matías González, José Luis Celedonio, Miguel Cicilia, Enrique Solomín y Fabián Pardo.

Tenía el pelo lacio y largo, llevaba desde chico un corte taza con flequillo inconfundible de la época de Balá, y se movía por el barrio con esa mezcla de desparpajo, alegría y fulgor que termina volviéndose memoria de época. Nos unía la bolita, el carrito a rulemanes, la bajada por Elcano, el fútbol en la calle y la amistad desde niños. Daniel Sebastián Patanía, el “Loco Pata”, parecía condensar algo del pulso más vital del puerto marplatense en aquellos años de esplendor, donde a su paso, desde chico, dejaba siempre una inigualable estela de alegría.
En la primaria del Colegio La Sagrada Familia donde una joven maestra, Ana María Spina intentaba enseñar a un incontenible niño que siempre solía ocupar la última fila, la de los revoltosos, casi como si desde temprano hubiera elegido mirar el mundo desde un margen propio, risueño, encantador, con una manera singular de afirmar la lapicera en su mano izquierda entre los dedos índice y mayor, quizá anticipando su sana rebeldía. El estudio nunca llegó a seducirlo demasiado. La primaria fue, con el tiempo, la frontera académica que aceptó para sí, mientras la vida empezaba a empujarlo hacia otro horizonte.
Nacido en una familia de pescadores de la calle Rondeau, entre Elcano y 12 de Octubre, creció dentro de un universo en el que el porvenir tenía una lógica sencilla, severa, binaria, o trabajas o estudias. El agua lo llamó antes que cualquier otro destino. Y hacia allí fue, con la naturalidad de quien entra en un linaje, como uno más de esa gran estirpe de pescadores jóvenes que hizo de la pesca una forma de trabajo, de identidad y de pertenencia.
Risueño, transparente, dueño de un corazón generoso, dejó en quienes lo trataron la impresión de una humanidad limpia, sin dobleces. Durante la semana llevaba sobre el cuerpo la disciplina del esfuerzo; los fines de semana, en cambio, irradiaba una alegría expansiva que encendía cada lugar al que llegaba, casi siempre rodeado por su grupo de amigos del barrio. Su figura quedó unida a ese tiempo en que el puerto todavía respiraba plenitud, trabajo y juventud, y en el que algunos hombres, sin proponérselo, terminaban encarnando el espíritu entero de una ciudad. Proyectos de vida, familias, madre, padre, hermanos, ilusiones y una vida truncada por el duro trabajo en el mar.
Quizá en parte por esto, y porque habían desaparecido 15 tripulantes y un fallecido, Mar del Plata recuerda un día como hoy, hace 36 años atras, el marco de una actividad que siempre arriesgó y pagó caro su destino.
La dimensión del episodio excede la cronología del siniestro. En Mar del Plata, el naufragio quedó incorporado al sistema profundo de recuerdos con que el puerto organiza su propia identidad. Cada aniversario reactiva nombres, rostros, relatos familiares y preguntas que sobreviven a los años. La desaparición de 16 hombres en el mar permanece como uno de los hechos más dolorosos y más determinantes de la historia social pesquera de la ciudad.
Esa persistencia tiene una razón evidente: el mar nunca devolvió una explicación completa. Recuperó restos, devolvió apenas un cuerpo, sostuvo durante décadas la sombra de una tarde extrema y dejó en tierra una comunidad obligada a convivir con la ausencia. Allí se consolidó la verdadera magnitud del hecho. La tragedia no terminó con el hundimiento, empezó entonces una larga administración del duelo, de la memoria y de la intemperie.
Treinta y seis años después, el Amapola y el Angelito siguen ocupando un lugar singular en la conciencia del puerto. Sus nombres aparecen en los homenajes a los fallecidos en el mar, en la memoria oral de los muelles, en las conversaciones de las familias pesqueras y en la historia íntima de Mar del Plata. Cada 17 de abril, el puerto vuelve sobre esa ausencia porque allí reconoce una parte decisiva de su propia verdad.
El paso del tiempo ordena los hechos, pero hay dolores que conservan una temperatura original. La desaparición de aquellos 16 tripulantes sigue perteneciendo a esa categoría. En la superficie quedaron dos nombres y una fecha. En el fondo de la memoria portuaria quedó algo más vasto, la conciencia que el mar también escribe, a su manera, las páginas más severas de una ciudad construida frente a su horizonte y en su historia.
Un humilde recuerdo a cada uno de aquellos 16 tripulantes que perdieron la vida trabajando en el mar. Siempre están en el recuerdo de toda la comunidad pesquera marplatense y sobre todo, del barrio Puerto.






