Cada 1° de octubre se conmemora en Argentina el Día del Mar y de la Riqueza Pesquera, una fecha que desde hace casi nueve décadas busca llamar la atención sobre una dimensión muchas veces distante de la vida cotidiana de buena parte del país: la importancia estratégica del mar y de los recursos que alberga.
La conmemoración se remonta a 1937, cuando la Liga Naval Argentina impulsó la institución de una jornada dedicada específicamente al mar y a la riqueza pesquera. La iniciativa estuvo vinculada desde sus comienzos con uno de los propósitos históricos de la entidad: promover una mayor conciencia marítima y poner en valor la importancia económica, social y ambiental de los espacios marítimos argentinos.
La elección no resulta menor para un país cuya geografía está profundamente vinculada con el Atlántico Sur. Desde la desembocadura del Río de la Plata hasta Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, el litoral argentino se extiende por más de 5.000 kilómetros y se proyecta sobre uno de los espacios marinos de mayor productividad biológica.
Dentro de esa inmensidad, la pesca constituye una de las expresiones más concretas de la riqueza del mar. Recursos como el langostino, el calamar Illex, la merluza hubbsi, la vieira, la merluza negra, la centolla y numerosas especies de peces y crustáceos sostienen pesquerías con características muy diferentes, pero vinculadas por una misma condición: dependen de recursos naturales renovables cuya continuidad exige conocimiento, administración y aprovechamiento responsable.
Hablar de riqueza pesquera no significa únicamente hablar de aquello que puede extraerse del mar. Alrededor de cada recurso existe una cadena productiva que comienza mucho antes que un buque zarpe y continúa mucho después que regresa a puerto.
Marineros, capitanes, maquinistas, observadores, estibadores, trabajadores de plantas procesadoras, fileteros, transportistas, técnicos, mecánicos, frigoríficos, astilleros y proveedores forman parte de una actividad que tiene una fuerte incidencia sobre numerosas ciudades del litoral marítimo argentino.
Puertos como Mar del Plata, Rawson, Puerto Madryn, Puerto Deseado, Caleta Paula y Ushuaia, entre otros, mantienen una relación histórica con esa actividad. En ellos, la disponibilidad de los recursos se confunde en mareas, desembarques, procesamiento, industria, servicios y exportaciones.
De allí que la riqueza pesquera tenga una dimensión que excede ampliamente el valor comercial de una captura. El recurso adquiere otra dimensión cuando genera producción, trabajo, agregado de valor y desarrollo en las comunidades vinculadas al mar.
La conmemoración también plantea inevitablemente la necesidad de preservar aquello que constituye la base de toda la actividad.
La riqueza del Mar Argentino no es inagotable. Su aprovechamiento depende del conocimiento sobre el estado de las poblaciones, sus ciclos biológicos y la evolución de los ecosistemas en los que se desarrollan, por eso es tan importante la labor del INIDEP y el CFP.
En ese proceso intervienen la investigación científica, las campañas de evaluación, el trabajo de los observadores a bordo, el seguimiento de las pesquerías y las distintas medidas de administración, desde vedas y áreas de protección hasta límites de captura y regulaciones específicas para cada recurso.
Producción y conservación, por lo tanto, no constituyen necesariamente conceptos contrapuestos. La posibilidad de mantener una actividad pesquera en el tiempo depende precisamente de conservar la capacidad de renovación de los recursos sobre los cuales se sostiene.
A 89 años de aquella iniciativa, el Día del Mar y de la Riqueza Pesquera conserva buena parte del sentido que motivó su creación: recordar la importancia que tiene el espacio marítimo para Argentina y fortalecer una conciencia sobre su verdadero valor.
Para el sector pesquero, esa riqueza tiene además una expresión cotidiana. Está en los buques que salen a trabajar, en sus tripulaciones, en quienes descargan y procesan las capturas, en las plantas, en los puertos, en la investigación científica y en toda una estructura productiva construida alrededor de los recursos marinos.
El 1° de octubre vuelve así a poner el foco sobre una riqueza que no reside solamente en lo que ofrece el mar, sino también en la capacidad de conocerlo, administrarlo, trabajarlo y preservarlo para que continúe siendo fuente de producción y empleo para las próximas generaciones.






