Durante una década prodigiosa, el langostino argentino fue el emblema de una prosperidad inesperada. Bautizado con justicia como “oro rojo”, este recurso marino convirtió a los puertos patagónicos en motores de desarrollo y a miles de trabajadores en protagonistas de un ciclo virtuoso. El langostino argentino fue, durante años, sinónimo de trabajo, inversión y orgullo nacional.
Pero ese brillo se apaga. Lo que fue un ejemplo de éxito hoy se enfrenta al declive. La pesca, columna vertebral de una economía regional pujante, se hunde en su propio ciclo de contracción. La abundancia dio paso a la crudeza: no hay negocio, no hay mercado y —lo que es peor— ya no hay interés del comprador internacional por el langostino argentino, reemplazado por especies más baratas, aunque de menor calidad.
Los datos son implacables. El precio internacional del langostino argentino salvaje y natural cayó de 13.000 a apenas 5.500 dólares por tonelada, mientras los costos internos siguieron creciendo. El sistema, que alguna vez fue modelo de sustentabilidad, hoy es una trampa económica que ya no se sostiene. Durante los años dorados, los salarios se multiplicaban al ritmo de las exportaciones. Capitanes, marineros y operarios recibían ingresos inéditos. Las plantas procesadoras eran ejemplo de inversión y modernización. Pero el ciclo ascendente terminó siendo una burbuja: los costos, atados a un pasado de bonanza, no se ajustaron a la nueva realidad.
El desplome del langostino argentino no es solo consecuencia del mercado: es producto también de la indiferencia estatal. El Estado nacional, parapetado tras un dogma libertario mal entendido, decidió mirar hacia otro lado. Con un tipo de cambio irrisorio y políticas impositivas asfixiantes, dejó que el sector se desangre. El langostino argentino, que alguna vez generó más de mil millones de dólares anuales, fue expulsado de la agenda pública. Se lo castiga con derechos de exportación que no padecen otras economías regionales. Mientras tanto, las reducciones impositivas benefician al capital financiero y a los sectores improductivos.
El Estado dispone de instrumentos eficaces: reintegros, reembolsos, exenciones tributarias, políticas cambiarias diferenciadas. Sin embargo, permanecen inmóviles, como los buques amarrados en los muelles del Atlántico Sur. La falta de voluntad política es tan dañina como la crisis misma. La pesca, y en particular el langostino argentino, ha sido víctima de un revanchismo mezquino. La desidia nacional y los intereses provinciales cruzados condenaron a una industria que sostenía miles de empleos y generaba riqueza real.
El actual modelo económico sacrifica el trabajo productivo en nombre de la eficiencia. Pero lo que está en juego no es solo el futuro del langostino argentino: es la dignidad de quienes trabajan en el mar, en tierra y en frío. Porque, como siempre, no fue “la casta” la que pagó el precio, sino el trabajo. El langostino argentino, motor de desarrollo y símbolo de un país que supo producir, fue lanzado al sacrificio. Sin embargo, los ciclos se repiten. Cuando el tipo de cambio se equilibre y la oferta escasee, el oro rojo volverá a brillar. Y ojalá, esta vez, lo haga con políticas que aprendan del pasado. Sin darse cuenta, que la actual situacion, nuevamente es el indicio de un nuevo ciclo próspero, que implacablemente volverá a brillar.






