La instalación de plantas procesadoras de langostino en Paraguay abrió una discusión concreta dentro de la industria pesquera argentina. El movimiento empresario tiene una particularidad que obliga a mirar la cadena completa: un país mediterráneo, sin puertos marítimos ni recurso langostinero propio, empieza a captar inversiones orientadas al procesamiento de un producto que se desembarca principalmente en la Argentina.
La decisión se explica por costos, régimen fiscal, energía y previsibilidad industrial. El langostino conserva su valor comercial por calidad, volumen y demanda internacional, pero su transformación requiere mano de obra intensiva, frío permanente, energía continua, clasificación, empaque, acondicionamiento sanitario, logística y capacidad exportadora. En esa etapa, Paraguay ofrece una estructura más liviana que la argentina en tres frentes centrales, tributación, costo laboral y tarifa eléctrica.
Una de las inversiones anunciadas corresponde a South Atlantic Company (Grupo Wofco-Conarpesa), empresa de capital español que proyectó una planta de procesamiento de langostinos en el Parque Industrial Pradera Alta, en Hohenau. La iniciativa contempló una inversión del orden de los 35 millones de dólares, una capacidad de producción estimada en 25 toneladas diarias y más de 500 empleos previstos, con destino exportador hacia Estados Unidos, Canadá, Europa y otros mercados. La materia prima será importada desde Argentina por vía terrestre.
La radicación proyectada en Puerto Fénix, en el área de Asunción, marcó uno de los primeros movimientos visibles de una empresa pesquera argentina hacia una plataforma industrial paraguaya orientada al reprocesamiento y la exportación. Conarpesa fue pionera en observar que el régimen paraguayo podía aplicarse a una necesidad concreta de la cadena langostinera argentina, transformar materia prima nacional fuera del país bajo un esquema de menor costo y mayor flexibilidad operativa.
Esa decisión anticipó una lógica que hoy empieza a consolidarse. Paraguay aparece como base fabril para procesar langostino capturado en aguas argentinas, incorporar presentación comercial, empaque, congelado, calibrado y acondicionamiento final, y luego reexportarlo hacia mercados internacionales. La empresa buscaba una alternativa regional frente a esquemas de reprocesamiento más lejanos, especialmente en Asia, donde el agregado de valor implicaba mayores distancias, tiempos logísticos más extensos y menor control directo sobre la mercadería.
Ese antecedente colocó a Conarpesa entre las primeras compañías argentinas que evaluaron el régimen de maquila como una herramienta aplicable al negocio pesquero. Para una firma con volumen exportador, clientes internacionales y demanda de presentaciones diferenciadas, Paraguay ofrecía una vía regional para reducir costos, sostener control logístico, acortar circuitos de reprocesamiento y aprovechar beneficios fiscales y aduaneros sobre mercadería destinada al comercio exterior.
El concepto central para entender esta operatoria es el régimen de maquila. Para el lector argentino, la explicación es directa, la maquila permite que una empresa ingrese materia prima extranjera a Paraguay, la procese dentro de ese país y exporte luego el producto terminado. En la práctica, Paraguay funciona como una plataforma industrial. Recibe el producto, incorpora trabajo, energía, frío, empaque y acondicionamiento, y lo coloca nuevamente en el circuito internacional.
El sistema está diseñado para operaciones industriales de exportación. La producción se realiza por cuenta y orden de una empresa domiciliada en el exterior, con beneficios fiscales y aduaneros específicos. El régimen contempla un tributo único del 1% sobre el valor agregado nacional o sobre el valor de la factura de exportación, según corresponda, además de mecanismos de suspensión de tributos aduaneros, exoneraciones impositivas y recuperación de IVA para determinadas operaciones.
Para el langostino argentino, el mecanismo tiene una consecuencia directa, la captura y el desembarque permanecen en origen, mientras el pelado, clasificación, envasado, congelado, empaque y preparación exportadora pueden realizarse en otro territorio. Allí aparece el punto que inquieta a la industria nacional, el empleo fabril y una porción del valor agregado se trasladan hacia la jurisdicción que ofrece mejores condiciones de transformación, (y menores dolores de cabeza para los emprendedores por conflictos de toda índole).
La energía completa la ecuación. Una planta de langostino necesita cámaras, túneles de congelado, frío industrial, iluminación, bombeo, continuidad operativa y estabilidad en la cadena de frío. Paraguay cuenta con una matriz eléctrica competitiva para la industria y con costos que, en distintos relevamientos regionales, aparecen por debajo de los valores argentinos. Para una planta de congelado y procesamiento, esa diferencia incide directamente sobre el costo final del producto exportable.
El componente laboral tiene el mismo peso estructural. El procesamiento de langostino demanda muchas horas hombre en tareas manuales de selección, acondicionamiento, pelado, clasificación y empaque. En ese tipo de actividad, salarios, cargas sociales, ausentismo, productividad, estabilidad normativa y costo total por puesto ocupado integran la cuenta que define una inversión. Paraguay aparece ante los empresarios como una plaza de menor costo operativo para una etapa industrial donde el trabajo directo conserva una incidencia alta.
La distancia con los puertos argentinos queda absorbida dentro de esa cuenta. El traslado terrestre del producto congelado desde Argentina hacia Paraguay suma logística, seguros, tiempos, controles sanitarios y coordinación operativa. Aun así, la combinación de maquila, energía barata, menor carga laboral y menor complejidad fiscal puede compensar ese costo. La localización cerca del recurso pierde incidencia cuando el costo total de procesar resulta más competitivo en otro punto de la región.
El caso también muestra una diferencia de política industrial. Paraguay viene utilizando la maquila como herramienta para atraer capital extranjero, generar empleo formal y diversificar exportaciones. La instalación de plantas procesadoras de langostino se incorpora a esa estrategia: captar materia prima regional, transformarla con costos competitivos y colocar producto terminado en mercados externos.
Argentina conserva una posición decisiva en el origen del producto. Tiene el recurso, la flota, los puertos, la experiencia operativa, los permisos, el conocimiento pesquero y una cadena exportadora consolidada. La dificultad aparece en la etapa posterior al desembarque, donde la competitividad depende de impuestos, energía, costo laboral, infraestructura, financiamiento, previsibilidad regulatoria y velocidad administrativa.
El movimiento hacia Paraguay instala una advertencia concreta para el sector pesquero argentino. El valor de un langostino destinado a exportación se forma en varias etapas. La captura define el origen. El procesamiento define presentación, precio, empleo industrial y margen. La exportación final captura una parte relevante de la renta comercial. Cuando una de esas fases migra, también migra actividad económica asociada.
La discusión adquiere mayor relevancia en un contexto de márgenes ajustados para la pesca argentina. Las empresas enfrentan costos crecientes, presión fiscal, negociación salarial permanente, exigencias sanitarias, financiamiento caro y mercados externos que presionan precios. En ese marco, cada dólar de costo industrial incide sobre la posibilidad de competir contra proveedores de otras regiones.
Paraguay ingresa en esa cadena desde un lugar preciso, ofrece una plataforma para procesar y reexportar. Su ventaja surge de un régimen fiscal especialmente diseñado para operaciones industriales de exportación, energía competitiva y una política activa de captación de inversiones. La ausencia de costa marítima queda relativizada por la logística regional y por la capacidad de reducir costos en la fase fabril.
Para la Argentina, el punto económico está en la retención del valor agregado. Si el langostino argentino se procesa afuera, el país conserva la captura y el abastecimiento, pero resigna empleo industrial, actividad de planta, servicios asociados, aprendizaje tecnológico y parte de la renta exportadora ligada al producto terminado.
La síntesis económica es tan precisa como elocuente, con diferencias que hacen a la rentabilidad final del producto terminado. Paraguay ofrece maquila al 1%, IVA del 10%, renta empresaria del 10%, energía industrial cercana a USD 41/MWh, carga patronal básica del 16,5% y salarios promedio en torno de USD 700 mensuales. Argentina aporta el recurso, los puertos y la experiencia pesquera, pero enfrenta IVA del 21%, Ganancias empresarias de hasta 35%, energía industrial cercana a USD 92/MWh, contribuciones patronales básicas superiores y un salario registrado promedio que supera los USD 1.200. En el procesamiento de langostino, donde mano de obra, frío y carga fiscal definen el margen, esos números explican por qué una planta puede elegir Paraguay aún lejos del mar y el caladero argentino.
La instalación de plantas en Paraguay deja una conclusión económica precisa, el origen del recurso ya no garantiza por sí solo la permanencia de toda la cadena de valor. El país que ofrece mejores condiciones para transformar materia prima en producto final empieza a capturar la etapa industrial. En el langostino argentino, esa disputa ya comenzó a verse en la región.




