La Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de Estados Unidos (NASA) registró en junio de 2026 33,6 millones de toneladas de sargazo distribuidas desde las costas de África occidental hasta el Caribe y el golfo de México. El volumen quedó apenas 10% por debajo del récord alcanzado en 2025 y convirtió a este año en el segundo de mayor biomasa desde el comienzo de las observaciones satelitales.
La magnitud del fenómeno marca una transformación de escala oceánica. Desde 2011, estas macroalgas pardas redujeron su presencia relativa en el tradicional mar de los Sargazos del Atlántico Norte y desarrollaron una nueva zona de proliferación en aguas tropicales. Allí se formó el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico, una franja irregular compuesta por miles de mantos, parches y líneas flotantes movilizados por corrientes y vientos.
La distribución regional de junio concentró 14,6 millones de toneladas en el Atlántico occidental, 9 millones en el Caribe oriental, 5 millones en el golfo de México, 4,3 millones en el Atlántico oriental y 3,6 millones en el Caribe occidental. El golfo prácticamente duplicó su récord anterior para ese mes, establecido durante 2025, mientras las dos regiones del Caribe también alcanzaron valores históricos.


En julio comenzó el descenso estacional y la biomasa total bajó a 25,5 millones de toneladas. El volumen permaneció, sin embargo, en niveles extraordinarios: 11,6 millones de toneladas en el Atlántico occidental, 6,2 millones en el Caribe oriental, 4,2 millones en el golfo, 3,5 millones en el Caribe occidental y 2,7 millones en el Atlántico oriental.
El último boletín del Laboratorio de Oceanografía Óptica de la Universidad del Sur de Florida confirmó que el golfo mantuvo en julio la mayor cantidad de su serie mensual y que las demás regiones quedaron solamente por debajo de los registros de 2025. Los modelos prevén una disminución progresiva hasta octubre o noviembre, acompañada por nuevos arribazones en el Caribe, las Antillas Menores y la costa sudeste de Florida.
Un ecosistema flotante convertido en problema costero
El sargazo es un género de macroalgas pardas. En el cinturón tropical predominan Sargassum natans y Sargassum fluitans, dos especies que viven flotando durante todo su ciclo, carecen de raíces y poseen pequeñas vesículas llenas de gas que las mantienen cerca de la superficie.
Su crecimiento ocurre principalmente por fragmentación vegetativa. Cada porción puede continuar desarrollándose mientras encuentre luz, temperatura adecuada y disponibilidad de nutrientes. El alga incorpora del agua nitrógeno, fósforo y minerales que utiliza para producir nueva materia orgánica.
En cantidades moderadas y en mar abierto, los mantos forman hábitats de alimentación, protección y cría. Peces juveniles, crustáceos, moluscos, tortugas y aves utilizan esa estructura flotante como refugio. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) reconoce áreas de sargazo como Hábitat Esencial para Peces en el Atlántico sudoccidental norte, el golfo y el Caribe.
Entre las especies pesqueras asociadas aparecen el dorado o mahi-mahi, diferentes serviolas y peces ballesta. Larvas y juveniles encuentran alimento entre los invertebrados adheridos a las algas y reducen su exposición frente a los predadores.
Ese beneficio ecológico cambia cuando millones de toneladas ingresan en áreas costeras y quedan retenidas en bahías, playas, lagunas y accesos portuarios. Los mantos bloquean la penetración de la luz, afectan los pastos marinos y perjudican a los corales. Cuando la biomasa muere, su descomposición bacteriana consume el oxígeno disuelto y puede generar hipoxia o anoxia, condiciones capaces de desplazar o matar peces y organismos bentónicos.
La acumulación también dificulta la navegación de embarcaciones menores, obstruye artes de pesca, complica el acceso a zonas de trabajo y deteriora la calidad del agua en caletas y áreas de desembarque. Para las comunidades pesqueras artesanales, el problema se traduce en costos operativos, pérdida de jornadas y alteraciones sobre los recursos costeros.
Después de aproximadamente 48 horas de permanencia en tierra, el sargazo en descomposición puede liberar sulfuro de hidrógeno y amoníaco. El primero es un gas tóxico y corrosivo, inicialmente reconocible por su olor a huevo podrido. La exposición prolongada puede provocar irritación respiratoria, náuseas, cefaleas, vértigo y alteraciones neurológicas.
La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos documentó que en 2018 los servicios sanitarios de Martinica y Guadalupe atendieron 11.402 casos de exposición aguda al sulfuro de hidrógeno generado por arribazones en descomposición.
Las masas flotantes pueden alcanzar entre 70 y 80 centímetros de espesor. Una vez varadas incorporan arena, residuos plásticos, organismos muertos y otros contaminantes, lo que eleva el volumen a transportar y reduce su calidad como posible materia prima.
La ciencia busca las causas de una expansión sostenida
El mecanismo completo que impulsa el crecimiento continúa bajo investigación. La evidencia disponible apunta a una interacción entre nutrientes, temperatura oceánica, circulación superficial, surgencias y actividad de microorganismos fijadores de nitrógeno.
Un estudio publicado en 2019 en la revista Science identificó al Gran Cinturón como una estructura recurrente de escala oceánica. En junio de 2018 alcanzó aproximadamente 8.850 kilómetros de extensión y superó los 20 millones de toneladas. Los investigadores relacionaron su formación con aportes de nutrientes procedentes de grandes ríos, surgencias frente a África occidental y condiciones de circulación favorables para concentrar y transportar la biomasa.
El trabajo señaló la influencia potencial de las descargas de los ríos Amazonas, Congo y Mississippi, junto con la mezcla vertical del océano y los aportes atmosféricos. El peso de cada fuente cambia según el año y la región. La aparición del cinturón requiere simultáneamente una población inicial de algas, circulación favorable y nutrientes suficientes para sostener el crecimiento.
Otra investigación publicada en 2021 en Nature Communications encontró que el contenido de nitrógeno del sargazo analizado aumentó 35%, mientras el fósforo disminuyó 44%. La relación entre ambos elementos pasó de 13:1 a 28:1, por encima de la proporción de referencia de Redfield, establecida en 16:1 para describir la composición media del material orgánico marino.
Las mayores concentraciones de nitrógeno se localizaron en aguas influenciadas por descargas fluviales y escorrentía terrestre. El resultado respalda el papel de una creciente disponibilidad de ese nutriente, aunque la ciencia mantiene abierta la determinación exacta de cuánto corresponde a procesos naturales y cuánto a aportes provenientes de actividades humanas.
A ese mecanismo se suma la presencia de bacterias capaces de fijar nitrógeno atmosférico. Estos microorganismos se asocian con los mantos y pueden suministrar nutrientes adicionales incluso en aguas oceánicas pobres.
El oceanógrafo de la Universidad del Sur de Florida Chuanmin Hu estimó que la cantidad total de sargazo en el Atlántico se ha más que duplicado cada cinco años desde 2011. La repetición de grandes temporadas durante 2025 y 2026 muestra que el fenómeno adquirió continuidad y obliga a incorporar su seguimiento a la gestión pesquera, ambiental y costera.
La medición actual procede del Instrumento de Color del Océano (OCI) instalado en el satélite de la misión PACE, lanzado en febrero de 2024. La información se integra con el registro histórico de MODIS, operativo desde marzo de 2000 en los satélites Terra y Aqua, y con los datos de VIIRS a bordo de plataformas de la NOAA.
Los sensores reconocen el sargazo por su respuesta a la luz solar. Su estructura vegetal y los pigmentos de clorofila reflejan más radiación en el infrarrojo cercano que el agua. Los algoritmos calculan cuánto supera esa señal al valor esperado del océano, estiman la fracción de cada píxel cubierta por algas y la convierten en biomasa húmeda.
OCI incorpora más de 200 bandas espectrales continuas. Esa capacidad hiperespectral permite distinguir el sargazo de Trichodesmium, una cianobacteria flotante que puede generar respuestas similares en instrumentos convencionales. El estudio dirigido por la oceanógrafa de NOAA Lin Qi confirmó que el nuevo sensor amplía la superficie observada y mejora la detección durante los meses de menor biomasa.
El avance permite elaborar mapas diarios y semanales casi en tiempo real. Aun así, la cantidad presente en alta mar funciona como un indicador regional y carece de capacidad para predecir por sí sola qué playa o puerto recibirá un arribazón. La dirección del viento, las corrientes locales y la forma de la costa determinan el punto final de acumulación.
Una materia prima valiosa que todavía no resuelve el problema
El sargazo contiene alginatos, fucoidanos, celulosa, pigmentos, compuestos fenólicos, potasio, nitrógeno y distintos micronutrientes. Esa composición abre posibilidades comerciales en biofertilizantes, materiales biodegradables, cosmética, productos farmacológicos, energía y construcción.
Los alginatos pueden utilizarse como espesantes y para fabricar películas, envases, papel o materiales industriales. Los fucoidanos y compuestos fenólicos presentan propiedades antioxidantes y despiertan interés en la industria cosmética y farmacéutica. La fucoxantina aporta un pigmento natural con aplicaciones potenciales en productos de mayor valor.
La materia orgánica restante puede destinarse a biogás, biochar, combustibles o materiales compuestos. El potasio, el nitrógeno y otros minerales permiten evaluar su transformación en compost, acondicionadores de suelo y biofertilizantes.
El modelo industrial con mejores perspectivas consiste en una biorrefinería capaz de separar sucesivamente los componentes de mayor precio y utilizar el residuo final para energía o materiales. Destinar toda la biomasa exclusivamente a compost o combustible ofrece un retorno reducido frente a los costos de extracción, transporte, lavado y secado.
La principal barrera sanitaria y comercial es el arsénico. El sargazo puede acumularlo junto con cadmio, pesticidas, hidrocarburos, sales y microplásticos. Su concentración varía según la especie, el origen geográfico y el tiempo de permanencia en el océano.
Esa condición restringe su aplicación directa como alimento, suplemento animal o fertilizante para cultivos. Cada lote necesita análisis químicos, separación de residuos y tratamientos capaces de retirar o inmovilizar los contaminantes. El lavado produce además efluentes cargados de sal, materia orgánica y metales que requieren una gestión específica.
La composición variable complica el abastecimiento industrial. Una planta necesita materia prima homogénea y relativamente constante, mientras los arribazones cambian de ubicación, volumen y calidad a lo largo del año. También debe procesarse con rapidez porque la descomposición comienza poco después de su ingreso en aguas someras.
La mejor materia prima es el sargazo fresco recogido cerca de la costa antes de alcanzar la playa. Presenta menos arena y residuos, conserva mejor sus compuestos y evita parte de la liberación de gases. Su extracción exige sistemas selectivos que permitan escapar a peces, tortugas y demás fauna asociada.
La cosecha indiscriminada en alta mar puede retirar un hábitat pesquero, capturar organismos acompañantes y alterar áreas de alimentación y cría. La alternativa técnicamente más segura consiste en interceptar las masas próximas a ingresar en zonas sensibles, guiándose por observaciones satelitales y evaluaciones locales.
La explotación comercial puede reducir el impacto en playas, puertos y caletas determinadas, además de recuperar parte de los costos de limpieza. Su capacidad para modificar el cinturón completo resulta limitada frente a una biomasa que en junio alcanzó 33,6 millones de toneladas.
Retirar sargazo tampoco elimina los aportes de nutrientes que sostienen su crecimiento. La cosecha extrae una parte del nitrógeno y el fósforo contenidos en las algas, mientras los ríos, las surgencias, la atmósfera y los procesos biológicos continúan alimentando el sistema.
La consecuencia para el sector pesquero exige una lectura equilibrada. El sargazo constituye un hábitat esencial mientras permanece disperso en mar abierto y se convierte en una amenaza cuando su acumulación desborda la capacidad de los ecosistemas costeros. La respuesta requiere monitoreo satelital, captura selectiva, control químico y plantas regionales capaces de procesar una materia prima compleja.
El Gran Cinturón se desarrolla en el Atlántico tropical y carece de incidencia directa inmediata sobre los caladeros argentinos. Su evolución ofrece, sin embargo, una advertencia de alcance pesquero internacional, una modificación sostenida en la disponibilidad de nutrientes y en la circulación oceánica puede transformar un hábitat productivo en millones de toneladas de biomasa capaces de alterar recursos, costas y economías enteras.






