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    Crisis Pesquera

    Por escalada de costos y quebranto operativo los pesqueros podrían quedar amarrados en el muelle

    AntonellaPor Antonella6 de abril de 20266 Minutos
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    El puerto retoma su ritmo tras la Pascua en medio de una ecuación que se estrecha: suben los costos, cede la competitividad exportadora y cada salida a pesca queda sometida a una revisión extrema de viabilidad y para algunos de quebranto.
    Foto de archivo.

    Terminado el receso pascual, la actividad en el puerto comenzó a reordenar el trabajo cotidiano. Sin embargo, detrás de ese movimiento de muelles, descargas y preparación de unidades, volvió a instalarse con toda su dimensión la preocupación que hoy atraviesa al sector pesquero en su conjunto, la continuidad operativa de cada buque en un escenario donde los costos se aceleran, la rentabilidad se desvanece y la incertidumbre se proyecta sobre toda la cadena productiva.

    Cada armador carga con su propia estructura, su escala, sus compromisos financieros y sus particularidades de captura. Pero sobre esa diversidad se impone una inquietud común, la presión creciente de los costos en pesos, impulsada por el combustible y por una indexación generalizada de precios, mientras el deterioro del tipo de cambio profundiza una inflación en dólares que vuelve cada vez más frágil la inserción exportadora de los productos de origen marino. Allí se ubica hoy el núcleo del problema, producir cuesta más, vender afuera rinde menos y el margen operativo se estrecha hasta niveles que comprometen la salida misma de los pesqueros menores.

    En ese contexto, la discusión paritaria, que en cualquier otro momento ocuparía el centro de la escena sectorial, quedó desplazada por una urgencia todavía más elemental y terminal. Hay empresas que ya evalúan prescindir de la actividad extractiva porque el quebranto operativo empezó a convertirse en una condición efectiva de trabajo.

    La pregunta ya no gira exclusivamente sobre cuánto cuesta operar, sino sobre si existen condiciones mínimas para seguir haciéndolo, una decisión binaria, salir a pescar o parar el barco.

    Desde luego, el mapa pesquero no presenta una realidad uniforme. Existen segmentos cuya dimensión empresaria, diversificación productiva, composición de capturas o incidencia del calamar dentro de la cadena anual de descargas les permite atravesar este momento con herramientas diferentes. Esa disparidad, sin embargo, no resuelve el cuadro de fondo. Que algunas pesquerías dispongan de mayor capacidad de absorción no corrige el déficit estructural que golpea a otras flotas ni vuelve razonable compensar una actividad deficitaria con los mejores resultados de otra campaña o especie. Las realidades son distintas y esa diferencia, lejos de simplificar el diagnóstico, lo vuelve más exigente.

    En la flota intermedia, en la fresquera de altura, el impacto se siente en la zona más sensible del negocio. Los costos genuinos superan en numerosos casos la capacidad de producción de valor, y esa distorsión empuja a las empresas a revisar cada marea con un criterio de supervivencia. A partir de ahora comienza, además, el tramo más duro del año. La demanda estacional de Semana Santa quedó atrás y tampoco dejó, en términos generales, precios capaces de recomponer la ecuación, especialmente en especies como la merluza, una de las más dirigidas al consumo interno bajo la modalidad de filet. El cierre de esa ventana de mayor movimiento comercial deja al descubierto una estructura que llega al invierno con menos defensa y con más exposición.

    El deterioro no se detiene en la captura. También alcanza a la industria naval, uno de los termómetros más precisos y significativos para medir la salud real del sector. Cuando la rentabilidad cae, los primeros rubros que retroceden son la renovación de flota, la inversión de largo plazo y los programas de mantenimiento más ambiciosos. Sin rentabilidad en la pesca, todo es imprevisible. La falta de ahorro, junto con la imposibilidad de prever qué condiciones económicas regirán en los próximos meses, empuja a muchos armadores a reducir decisiones estratégicas al mínimo indispensable. De ese modo, la conservación de las unidades de trabajo comienza a ajustarse a una lógica defensiva, donde el mantenimiento se concentra en sostener la operatividad inmediata y posterga toda mejora estructural.

    Sobre ese fondo ya cargado de inconvenientes se suma ahora otro elemento de peso; la imprevisibilidad del rumbo económico general. El segundo trimestre suele concentrar un importante ingreso de divisas por liquidación de exportaciones agropecuarias, una dinámica que suele ejercer presión sobre el tipo de cambio y, con ello, deteriorar todavía más la competitividad de las exportaciones pesqueras. Para una actividad cuyo destino está fuertemente asociado al mercado externo, esa combinación puede resultar particularmente corrosiva, costos internos en alza, ingresos medidos en una moneda que pierde potencia relativa y mercados de destino donde, además, los productos competidores pueden ingresar bajo esquemas de apoyo o subsidio indirecto.

    Esa convergencia de factores obliga a pensar el presente en términos de decisiones rápidas, claras y de alto impacto. La pesca siempre estuvo montada sobre una dosis inevitable de riesgo vinculada a la captura, se la denominó la aventura de pescar, por el clima, la biología y disponibilidad del recurso y al comportamiento de los mercados. Pero en esta etapa, la aventura ya no se limita a la operación en el mar, se trasladó de lleno a las cuentas de cada empresa, a su capacidad de sostener tripulaciones, mantener unidades activas y preservar capital de trabajo, es decir, antes de poner en marcha el motor principal, el agua llegó a la nariz, por lo tanto, la capacidad de seguir avanzando a veces se frena.

    En ese marco, desde la administración pública y desde las distintas cámaras empresarias persiste una agenda pendiente de definiciones. Una reunión aparece como inminente, con la expectativa de explorar algún punto de equilibrio entre el sector público y el privado en un escenario donde la orientación general del Estado privilegia la autonomía empresarial. Sin embargo, el margen de espera se acorta y algunos interlocutores bailan siempre con la misma música incapaces de reflejar lo que la actividad exige.

    Cuando los costos quedan por encima de la producción, la inactividad empieza a reflejarse en barcos amarrados, talleres con menor ritmo, plantas con menor volumen de pescado para procesar y puertos que sienten el rebalse de la crisis sobre su trama social.

    El cuadro que se abre hacia los próximos meses es delicado. Si no emergen respuestas concretas, la presencia de pesqueros menores en muelle tenderá a convertirse en una constante, con impacto directo sobre la cadena de valor y sobre las ciudades cuya vida económica depende, en una porción decisiva, del movimiento de la actividad pesquera. Ahí se juega por estos días la decisión del momento, no sólo la rentabilidad de una campaña, sino la continuidad de un sistema productivo que sostiene empleo, industria, logística, comercio y tejido social a escala territorial.

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    Universidad Nacional de Mar del Plata — Facultad de Derecho. Abogada - Periodista - Dirección PESCARE

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