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    La pesca dijo basta tarde y ahora enfrenta el riesgo de quedar atrapada en la política partidaria

    PescarePor Pescare17 de junio de 202610 Minutos
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    El sector llevó sus reclamos al Congreso tras años de deterioro, pero la agenda pesquera empieza a ser usada como bastión de confrontación contra la política oficial.

    La actividad pesquera argentina dejó de ser un asunto limitado a la administración sectorial. Hoy está en el Congreso de la Nación, en el Poder Ejecutivo, en el Ministerio de Seguridad, en Cancillería, en la fiscalización pesquera, en los gobiernos provinciales, en cámaras empresarias y en sindicatos. El cambio no es menor. Hay proyectos legislativos, resoluciones administrativas, pedidos de informes, protocolos de control, discusiones sobre trazabilidad, cuestionamientos a cupos, planteos sobre el Consejo Federal Pesquero y una disputa creciente por la representación institucional del sector.

    La documentación es amplia y concreta. El Decreto 70/2023 abrió una etapa de revisión normativa sobre actividades reguladas. La primera versión de la Ley Bases incorporó modificaciones al Régimen Federal de Pesca. En Diputados ingresaron presentaciones sectoriales durante el tratamiento de distintos expedientes y en el marco de diversas comisiones. Luego avanzaron proyectos sobre trazabilidad pesquera. El Poder Ejecutivo impulsó la aprobación del Acuerdo sobre Medidas del Estado Rector del Puerto, tramitado en el Senado como expediente PE-8/26 y luego en Diputados como 0003-S-2026. También ingresaron iniciativas sobre el Observatorio Parlamentario para la Pesca en el Atlántico Sudoccidental, pedidos de informes sobre cupos, pesca ilegal, control marítimo, Registro de Pesca y modificación de la integración del Consejo Federal Pesquero.

    El Ministerio de Seguridad incorporó otra capa institucional con la Resolución Minseg Nro. 633/2025, dirigida a prevenir y detectar trata de personas a bordo de buques pesqueros extranjeros. La Subsecretaría de Recursos Acuáticos y Pesca dictó la Disposición SSRAyP Nro. 20/2026, que fijó criterios operativos para presumir actividad pesquera de buques extranjeros dentro de la Zona Económica Exclusiva Argentina cuando naveguen a menos de seis nudos y realicen patrones compatibles con maniobras de pesca. Prefectura Naval Argentina presentó en marzo de 2026 su estrategia de control contra la pesca ilegal en el Atlántico Sur, con participación de Cancillería, Fiscalización Pesquera y representantes diplomáticos de China, Corea, España, Portugal y Uruguay.

    La provincia de Buenos Aires también llevó el conflicto a un plano institucional más alto cuando rechazó el procedimiento vinculado al Fondo de Optimización Productiva de Merluza Común, impulsado desde el ámbito nacional, por entender que podía afectar a la flota fresquera, al trabajo en tierra y al sistema productivo de Mar del Plata. El Consejo Federal Pesquero retiró luego esa propuesta tras cuestionamientos provinciales, sindicales y empresarios. En paralelo, la Mesa Bonaerense de la Pesca reunió a ministerios provinciales, cámaras y gremios para ordenar una respuesta frente a decisiones nacionales con impacto sobre empleo, puerto, industria manufacturera y competitividad territorial.

    La base económica explica la magnitud del debate. El complejo pesquero cerró 2025 con US$ 2.010 millones exportados y 549.416 toneladas vendidas al exterior, el segundo mejor registro histórico. El calamar aportó US$ 550 millones y 193.385 toneladas. La merluza generó US$ 326 millones y 127.422 toneladas. El langostino alcanzó US$ 867 millones y 119.775 toneladas. China, España y Estados Unidos concentraron el 50,6% de las ventas externas. Ese volumen coloca al recurso pesquero dentro de una discusión de divisas, soberanía, empleo, puertos, industria, fiscalización y control público.

    Hasta allí, la secuencia institucional es verificable. El sector fue alcanzado por una reforma normativa, respondió ante la Ley Bases, llevó su defensa al Congreso, activó a cámaras y gremios, abrió discusiones sobre trazabilidad, control de pesca ilegal, seguridad marítima, cupos, Registro de Pesca, composición del CFP y soberanía sobre el Atlántico Sur. La actividad ganó visibilidad. El punto sensible es el costo político de esa visibilidad cuando la agenda sectorial no logra ordenarse con suficiente anticipación, unidad técnica y presencia institucional sostenida.

    El sector reaccionó cuando varios problemas ya estaban acumulados. Durante años, una parte de la estructura pesquera convivió con pérdida de rentabilidad, costos crecientes, precios internacionales rígidos, presión fiscal, financiamiento limitado, diferencias entre flotas, disputa entre puertos, tensiones laborales, incertidumbre sobre cuotas y dependencia de decisiones administrativas tomadas en ámbitos cada vez más reducidos. Cuando ese deterioro alcanzó a segmentos enteros de la actividad, la reacción salió del plano técnico-sectorial y buscó contención en la política.

    Esa intervención política puede ser necesaria cuando están en juego empleo, producción, soberanía, recursos naturales y divisas. Pero también abre una zona de riesgo. La actividad pesquera, regulada por ciencia aplicada, régimen biológico, sustentabilidad económica, administración federal y aprovechamiento racional del recurso, queda expuesta a espacios que ven allí una plataforma de confrontación contra la política oficial del Gobierno nacional. El reclamo privado, empresario, sindical y territorial puede ser absorbido por una disputa partidaria que necesita banderas, aun cuando no siempre exhibe conocimiento técnico suficiente para intervenir sobre la complejidad del sistema pesquero.

    El sector llegó a la política por necesidad. Algunos espacios políticos llegaron al sector por oportunidad. Esa diferencia ordena el problema.

    La Ley Federal de Pesca 24.922 no fue concebida como herramienta de disputa partidaria. Ordenó un sistema de administración del recurso sobre principios de aprovechamiento racional, protección de intereses nacionales, conservación, desarrollo industrial, máximo valor agregado y empleo de mano de obra argentina. El Consejo Federal Pesquero fue diseñado como ente colegiado para adoptar decisiones de alto impacto sobre capturas, cuotas, permisos, vedas, reservas sociales, especies estratégicas y equilibrio federal. Allí se define política pesquera nacional, no posicionamiento electoral.

    Durante décadas, las decisiones de la política pesquera se apoyaron, con mayor o menor acierto, en una base reconocible. Ciencia aplicada, estado del recurso, sustentabilidad económica, régimen biológico de las especies, informes técnicos, equilibrio federal, capacidad de captura, estructura industrial y máximo aprovechamiento productivo sin comprometer el caladero ni destruir valor en tierra. Ese fue el sentido de la Ley Federal de Pesca y del CFP como ámbito de representación de distintas partes en la misma mesa donde se define el trazado de la política pesquera nacional.

    Ese equilibrio está bajo presión. El debate ya no gira solamente sobre cómo administrar mejor el recurso. También se discute quién representa el reclamo, quién lo transforma en bandera, quién lo usa para condicionar a la política oficial y quién intenta bloquear o acelerar decisiones por conveniencia de facción. Allí la agenda pierde precisión técnica y gana utilidad partidaria.

    La industria pesquera empieza a convertirse en un espacio de recuperación para dirigentes, bloques y sectores que habían perdido centralidad en otros ámbitos. El sector ofrece volumen económico, empleo, puertos, territorio, soberanía y conflicto regulatorio. Ese combo resulta atractivo para la política partidaria. El problema aparece cuando el caladero, la flota, las plantas, los puertos y el trabajo terminan funcionando como soporte de reposicionamientos ajenos a la administración responsable del recurso.

    La representación política tiene valor cuando defiende empleo, soberanía, producción, transparencia y federalismo. Ese valor se debilita cuando cada expediente se transforma en una trinchera. Trazabilidad, Registro de Pesca, control de la milla 201, integración del CFP, cupos, fiscalización, defensa del sistema fresquero y administración de cuotas requieren conocimiento técnico, lectura económica y comprensión biológica. Utilizar esos instrumentos como piezas de confrontación degrada la calidad de las decisiones.

    El recurso pesquero exige previsibilidad. Vedas, cuotas, permisos, prospecciones, transferencia de cupos, régimen de captura, control satelital, trazabilidad comercial y administración portuaria dependen de ciencia, evidencia, información verificable y equilibrio federal. Cuando esas decisiones quedan subordinadas a la lógica de acompañar o trabar lo que impulsa una facción, el sistema pierde racionalidad. La decisión deja de buscar el mejor resultado para el caladero y empieza a servir al cálculo político.

    Ese es el riesgo principal. El sector tiene problemas reales y graves. Rentabilidad, costos, empleo, mercados, competitividad, presión tributaria, infraestructura portuaria, conflictividad gremial y adaptación regulatoria. Ninguno de esos problemas encuentra solución en el uso partidario del reclamo sectorial. La politización facciosa agrega ruido, demora definiciones, endurece posiciones y reduce la previsibilidad que necesita cualquier esquema productivo.

    El sector privado también tiene una responsabilidad concreta. La presentación ante el CFP mostró una reacción institucional clara, pero también dejó expuesto un déficit de anticipación. Durante años se aceptaron respuestas parciales, se toleraron desequilibrios, se postergaron debates de fondo y se sostuvieron silencios funcionales frente a problemas estructurales. El escenario actual obliga a una presencia institucional permanente, con propuestas técnicas, información sólida, unidad mínima de diagnóstico y capacidad de anticipación. Cuando el reclamo aparece recién con el conflicto instalado, el sector queda más expuesto a actores que pueden ocupar ese espacio sin conocer en profundidad la dinámica que dicen defender.

    La política oficial también enfrenta una obligación concreta. Cualquier reforma sobre la pesca debe respetar la estructura técnica, biológica, económica y federal de la actividad, con escucha previa a los actores que operan sobre el recurso, invierten, embarcan, procesan, exportan y sostienen empleo. La actividad no se administra con criterios generales aplicados de manera lineal. Opera sobre recursos renovables, mercados externos, flotas heterogéneas, plantas industriales, empleo embarcado, trabajo en tierra y provincias con intereses directos sobre el litoral marítimo. Alterar esa arquitectura sin lectura sectorial activa rechazo empresario, presión sindical, conflicto territorial, judicialización y politización de una actividad que necesita reglas técnicas, no disputas de facciones.

    La agenda legislativa puede ser útil si ordena información y fortalece controles. Los proyectos sobre trazabilidad pueden mejorar competitividad. La apertura del Registro de Pesca puede aumentar transparencia. El Acuerdo del Estado Rector del Puerto puede fortalecer la lucha contra la pesca ilegal. El observatorio parlamentario puede aportar seguimiento estratégico sobre el Atlántico Sudoccidental. Los pedidos de informes pueden dar luz sobre decisiones sensibles. La discusión sobre el CFP puede revisar representación federal. Todo eso exige seriedad, conocimiento y finalidad pública.

    El desvío aparece cuando esos instrumentos se usan para acumular poder partidario. Allí el sector queda atrapado. La misma agenda que podría fortalecer institucionalidad puede transformarse en herramienta para confrontar con el Gobierno nacional, desgastar adversarios, bloquear decisiones o reconstruir carreras políticas sin aporte técnico real. Esa utilización desplaza el centro de gravedad desde la política pesquera hacia la conveniencia partidaria.

    La actividad pesquera no necesita tutores improvisados. Necesita reglas, ciencia, fiscalización, transparencia, rentabilidad, trabajo y mercados. Necesita un Congreso que legisle con conocimiento, un Ejecutivo que administre con criterio sectorial, provincias que defiendan producción con mirada federal, sindicatos que protejan empleo sin afectar la competitividad, cámaras empresarias que hablen con datos y un Consejo Federal Pesquero concentrado en el recurso, no en alineamientos políticos partidarios que hoy intentan ingresar a la mesa de discusión.

    La solución pasa por más decisión privada, más información técnica, más eficiencia empresaria, más control estatal inteligente, más biología y ciencia del recurso, más trazabilidad, más fiscalización y menos uso faccioso de una actividad que ya soporta demasiadas cargas. El reclamo sectorial debe ordenar política pesquera, no alimentar una pelea ajena.

    La actividad llegó al Congreso porque el sector se defendió cuando el conflicto ya estaba abierto, porque el Estado volvió a mirar el mar y porque la crisis expuso problemas que la administración ordinaria no resolvió. Ese ingreso puede abrir una etapa de madurez institucional. También puede convertirse en una captura partidaria del reclamo sectorial. La diferencia estará en el método.

    Si la agenda se procesa con ciencia, datos, transparencia y equilibrio federal, el sistema puede recuperar previsibilidad. Si se convierte en bastión para facciones que buscan golpear a la política oficial sin comprender la estructura pesquera, el resultado será más desorden. El recurso quedará en medio, la industria pagará el costo y el empleo volverá a ser usado como argumento de ocasión. Será el sálvese quien pueda.

    La pesca argentina necesita política pesquera de Estado. Necesita defensa del recurso, sustentabilidad económica, sostenibilidad biológica, desarrollo empresario, empleo argentino, valor agregado, puertos activos y control del Atlántico Sur. Convertir esa agenda en bandera partidaria sería un retroceso institucional. La crisis ya dejó una advertencia suficiente. El sector pidió representación porque llegó al límite. Usar ese límite como oportunidad de facción agravaría el problema que se dice venir a resolver.

    cfp Congreso de la Nación Decisiones empresarias política partidaria política pesquera
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